Es difícil no perder la fe en esto del toro de cuándo en cuándo. Sea por los taurinos y sus propias gestiones, por quienes esporádicamente se sujetan sobre la piedra, que no la llenan, sea por el aislamiento que nosotros nos imponemos frente a la intolerancia desconocida, o por incluso el juego de algunas ganaderías o el desempeño de muchos que están hasta en la sopa, como quien se mantiene fijo tras haber una oposición que, en este caso, es pasar por el aro o ser el aro en sí mismo. Pero hoy no vengo a ponerles tristes. Porque, aunque a veces sea complicado para un servidor seguir caminando hacia delante en esto, también se recupera la fe en ciertas ocasiones, gracias a una faena, un toro, o algunas personas extraordinarias.
Este fin de semana he estado en La Carlota, el primer pueblo que se encuentra tras abandonar Sevilla y entrar en Córdoba. Por primera vez, he podido presenciar la final del Bolsín Taurino que organiza la Juventud Taurina de la localidad, este año en su décima edición. La entidad, aunque sitúa su sede en la población cordobesa que le da nombre, abarca mucho más territorio de lo que aparenta, y todos los años aúna a socios y no socios venidos de todos los puntos de España, y hasta parte del extranjero.
Este lugar poco tiene que envidiarle a la monumentalidad de Roma, o a los resorts de Miami. La cita se produce en el Hotel El Pilar, que entre sus instalaciones, cuenta con una plaza de toros, de buen tamaño, y muy presumida. Temprano, el sábado, día del festejo, se veía a los distintos operarios ponerla a punto hasta el último detalle con todo el cariño del mundo, como si de su niña se tratase. Los novillos, de Fermín Bohórquez, muy bien presentados, se encontraban en los corrales listos para ser enchiquerados. La matinal estaba por llegar.
Doce de la mañana. Abrió el día, hasta calor hacía. Sonaron clarines y comenzó el paseíllo. Lo trenzaron Javier Torres “Bombita”, Luis Montero y Juanmi Vidal. Ambientazo en los tendidos, “no hay billetes” colgado.
El encierro de la divisa jerezana (3 novillos, ojalá puedan ampliar a 2 por chaval próximamente) exigió a los tres novilleros, a unos de forma más agradecida que otra. Destacó especialmente el que tocó en suerte a Juanmi Vidal, que supo verlo por el pitón izquierdo y dejó buenos pasajes al natural. Tal fue la fiesta que le dio al novillo que terminó por cortarle el rabo a petición del público y voluntad de la presidencia, que desgraciadamente olvidó sacar el pañuelo azul para otorgar la vuelta al ruedo al magnífico eral. Siendo el abreplaza el más desagradecido de todos por su escasa humillación y corta casta, Bombita buscó el balance entre recursos valientes y un gran toreo fundamental, cuyo poso, rubricado con una buena estocada, le concedió las dos orejas de su novillo. Luis Montero cortó una oreja a su contrincante, dejando detalles de buen gusto pero acusando la falta de rodaje. Tras la votación del jurado, Juanmi Vidal fue declarado ganador del Bolsín, completando podio Bombita y Luis Montero, respectivamente.
Y aunque el eje de esto es lo que ocurre en el albero, permítanme mirar a los tendidos por una vez, y no precisamente para reprocharles. Más allá de trofeos, quien triunfó verdaderamente fue la Fiesta (y más de uno en el after de la novillada). No, ya en serio. La cantera se construye así, haciendo las cosas con mimo, acercándose a lo que la sociedad necesita y quiere, facilitando las cosas, el acceso a nuestra Fiesta, que debe ser la de todos. Así fue el fin de semana pasado. La plaza rebosaba de gente joven, que no se perdía ni media de lo que acontecía en el ruedo, puesto que era de interés. Había verdad, había hambre. Había mucha ilusión. Y sobre todo, había, hay, y espero que haya por muchos años más, un equipo de gente maravillosa haciéndolo posible. No puedo dejar de nombrar a José Antonio Tamarit, presidente de la Juventud Taurina de La Carlota, y a Diego Pineda, que todos los años se desviven por aumentar una familia que sigue y sigue creciendo todas las temporadas. Creo que los aficionados les debemos mucho, aunque muchos de ustedes no les pongan ni cara. Y es porque iniciativas así, ajenas por completo al sistema, que beben de lo que generan y viven de la verdadera afición, son las que nos salvan.
Ser aficionado a los toros es mucho más que ir a la plaza. Es reencontrarte con los tuyos en el tendido, cada uno de su padre y de su madre. En el tendido, bueno, y en el pre y el post, con una o dos bien frías en la mano. Es participar de la Fiesta, de primera mano. Es conocer a quienes comparten una misma pasión, y contagiársela a quienes se inician. Es picarte con un colega por dos visiones distintas de una misma faena, de un mismo animal. Es aprender, cada día, cada toro. Es la leche. Les animo a que lo prueben, sea en su plaza o en La Carlota (allí les espero el año que viene).

