Consummatum est. Morante vuelve. Domingo de Resurrección, en la Maestranza, junto con David de Miranda y Roca Rey, y ganado de Matilla, según adelantaba El Mundo hace apenas unas horas.

Las despedidas son duras, bien lo supimos en octubre. No sólo el impacto del momento, la pastilla más difícil de tragar es el vacío que viene después. El “¿ahora qué?”.

Pues ha tardado poco en llenarse el vacío. ¿Qué verdad tuvo lo que hizo José Antonio? Me cuesta pensar que un torero de su categoría tuviera tal falta de sensibilidad como para, tras desbordar Madrid con su retirada, volver en abril como si nada hubiera ocurrido. No se sabe si Garzón ha conseguido seducir al cigarrero con sus esfuerzos, o si la intención nace en primer lugar del de la Puebla. A priori, todo esto recuerda mucho a aquel periplo del Manuel Benítez “El Cordobés” en 1967, cuando el “adiós” le duró menos que un telediario por la persuasión del empresariado. ¿Qué iban a hacer si no? Si la gallina de los huevos de oro se corta, habrá que hacerle la jaula más grande.

Ojalá me equivoque, pero dudo que estemos cerca de ver al mejor Morante de nuevo. Un lapsus en su salud mental como el sufrido recientemente no es moco de pavo, y su recuperación debería ser paciente. No es el caso, y además de volver, lo hará con galones, ocupando cuatro puestos en el abono sevillano (entre Domingo de Resurrección, Feria, Corpus y San Miguel), todo esto a la espera de lo que ocurra con un Madrid que por seguro llamará a su puerta de nuevo. ¿Está realmente preparado el diestro para asumir el peso que conlleva una temporada así? Yo, personalmente, lo dudo.

Las cosas, o bien hechas, o mejor no hacerlas. Mejor sería esperar lo necesario para no tener que vernos las caras con un Morante descafeinado, en medias tintas. Que el número uno de esto se dejase ver en el momento en el que estamos sin sus plenas facultades podría suponer el regreso a una senda de varapalos que, incluso a plaza llena, está lejos de beneficiar a la Fiesta. Ya lo decía Juncal: “las prisas, para los delincuentes, y para los malos toreros”.

Todo cuanto aconteció lo recordamos ahora bajo un prisma distinto, más como una pantomima, que como una verdad sangrante como la que aparentaba. Ni hablar ya de la por ende injusticia cometida contra Fernando Robleño, que tuvo que ver opacado el último día de su carrera profesional, su día, por la ahora endeble decisión de Morante, que, si tuvo alguna verdad en su momento, es ahora una traición al aficionado que lloró su pérdida y también, a sí mismo. Maldita suerte la de Robleño. Quien tanta verdad tuvo durante sus años de luces, salió por la puerta de atrás ensombrecido por un hasta luego dicho a media voz y con los dedos cruzados.

Ya no sólo por su propio bien, también por justicia, Morante tendría que haber sido coherente con su decisión, y respetar los tiempos y las formas en infinita mayor medida. Lo que hizo, y está por hacer, es muy poco torero por su parte, y más que impropio de su persona (suponiendo que esta decisión haya sido tomada en plenitud por su parte).

Tocará esperar a abril para ver qué nos comienza a deparar una temporada distinta a la que nos planteábamos en un principio. No me malinterpreten, creo que cualquiera quiere ver la mejor versión de Morante este año, y a ello me sumo. Pero no está de más cantarle tanto como ha hecho mal, ni recordarle lo difícil de la empresa que plantea. Ojalá me cierre la boca, seré el primero en celebrarlo. Porque así y con todo, yo también le he echado de menos.