Desde hace más de diez años que partió de La Puebla del Río, Águilas es su casa. En su entrevista más íntima, Carlos Fernández nos abre las puertas de su corazón para tratar su delicada situación, los primeros pasos en la profesión, sus comienzos en casa de Morante de La Puebla y la proyección de una nueva temporada que ya aguarda.
La primera vez que supe de él se hallaba en una arrinconada mesita junto a su familia. Su nombre era Carlos Fernández y se encontraba acartelado como uno de los novilleros participantes del festival al que acudí a presentar. Me habían hablado de él a las puertas del salón: “Es un chico de La Puebla del Río que, por motivos familiares, tuvo que hacer vida en Águilas”, “Lleva aquí más de diez años”. “Tiene buena carrera, pero por circunstancias ajenas lleva un par de temporadas sin torear”, “El chaval tiene buen corte”. Cuando lo conocí, estreché su mano. Se encontraba sereno, risueño, arropado por sus familiares. Ya saben: con el temple y la compaña propicia de las grandes citas. Lo saludé con especial interés. Al tiempo de conversar con él supe que este festejo en una humilde diputación lumbrerense resultaría su presentación como novillero en la Región de Murcia, ahora también su Murcia. Aunque no sabemos aún si Murcia dice su Carlos. Pude charlar brevemente con él y concertar un encuentro mayor a futuro; no comprendí su situación. A la semana de este primer contacto me acerqué con mayor interés, si cabe, a dicho festival. Ante el más complicado astado manifestó su concepto y, en aditivo, dio una clase de ética y valores. Me comían las preguntas, como la indignación.
En un borrascoso martes, veintisiete de enero de dos mil veintiséis, me desplazo a la vecina localidad de Águilas para charlar largo y tendido junto a nuestro protagonista con la intención de conocer a la persona, que en este caso es el torero. Para más literatura, Carlos nació en Donauwörth, Alemania —esquina con calle Pureza— allá por 1999, ya que su familia se encontraba desplazada de la península por motivos laborales. Rápidamente, antes de que se acabaran los chocos fritos, tornaron a La Puebla del Río, donde Carlos divisó su primer festejo taurino: “En ese momento estaba en el fútbol, tenía diez años y, como un niño caprichoso, quise ver mi primer festejo taurino. Me pasé todo el festival callado, observando lo que ocurría en el ruedo, y después de que torearan Morante y Espartaco me eché a llorar”. “Mi padre creyó que me había asustado o dado pena el toro”. “Realmente, en ese momento fue cuando supe que quería ser como ellos”.
Y aquí comienza nuestra historia, sobre el mimbre de una conocida terraza de la costa aguileña, bajo el ocaso que cierne la actividad portuaria, mientras el vaporoso silbido de las cafeteras se encuentra en auge. Nos recibe Fernández de La Puebla.
Gracias por acogernos, Carlos. En primer lugar, cuéntenos cómo fueron sus inicios en la afición:
- Fue en ese festival, con diez añitos, cuando supe que quería ser torero. A partir de ahí empecé a escaparme del fútbol para irme a la finca del maestro (Morante). El entrenador llamaba a mi padre y él no daba crédito, no sabía dónde me metía.

Morante le acogió
Así es, me tendió la mano y me cambió la vida. Mis comienzos, estos primeros pasos del camino, están basados en Morante. Los primeros lances los di junto a él. Gracias a ese entorno empecé a ver la profesionalidad del toro, tal vez antes de tiempo, y me di cuenta de que no era un simple entretenimiento: te jugabas la vida. Tuve la suerte de comenzar en el entorno de La Puebla, que es un privilegio. La inocencia del principio, esa primera vez, esos primeros pases… ahí no era consciente de lo que era el maestro para la historia del toreo. Me ha dado todo.

¿Y a partir de ahí?
- De los once a los catorce años que estuve por allí fue intenso. Luego ingresé en la Escuela de Camas y en dos mil catorce debuté como becerrista. A los dos años, en dos mil dieciséis, me presenté con caballos en el festival de La Puebla, en mi pueblo. Fui el triunfador. Morante me regaló un capote. Fue una etapa muy bonita, toreé mucho: dos años seguidos en La Algaba siendo triunfador, semifinalista en el ciclo de Canal Sur, fui a Sevilla y di una vuelta al ruedo; también gané el Bolsín de Pozoblanco. El COVID frenó esta dinámica.
Ese periodo resulta clave para definirse como artista. ¿Cómo fue tu evolución mental frente al toro?, ¿cuáles eran tus preocupaciones?, ¿a qué aspirabas?
- En mi etapa de sin caballos tuve una guerra interior. Siempre quise conectar con la gente y plasmar la belleza de la expresión, la sonrisa, la armonía perfecta, pero me engañé un poco a mí mismo. Siempre se decía y se dirá que hay que cortar orejas y triunfar; con el tiempo uno se da cuenta de que no es así. Hice cosas obligado donde no me sentía cómodo: rodillazos cuando no tocaba, buscar el aplauso fácil, lo numérico… Me di cuenta de que no me quiero engañar más: te estás jugando la vida y hay que ser sincero con uno mismo. Habrá días buenos y malos, pero siempre estaré triunfando porque no me fallo a mí mismo, y así soy feliz.

A principios de la temporada pasada cambió de apoderado.
- Así es, comencé con Carlos de Mendoza y el maestro Morenito de Maracay a principio de año. Fue una temporada complicada, solo toreé en El Esparragal. También te digo que con dinero hubiera toreado más, pero estoy en contra, prefiero quedarme en mi casa. No me quiero vender. No es coherente entrar por ahí para hacerse un hueco.
Esa madurez, pureza y compromiso con uno mismo lo demostraste en El Esparragal.
- Fue mi presentación en la región, en mi segunda tierra. Lo viví con mucha intensidad por eso mismo. Fue muy importante emocionalmente, una alegría y, sobre todo, una oportunidad para mí mismo. Necesitaba torear para comprobar si podía anteponerme a mis pensamientos; porque no me ponen, valdré o no… Resultó un día de crecimiento personal, no en lo artístico porque no se pudo hacer, pero mentalmente, de las mejores tardes de mi carrera. La recordaré siempre.
¿Cómo ves el panorama en la Región? ¿Cómo lo afrontas?
- En la región me gusta aspirar a lo grande, ojalá sea el año que cuenten conmigo. Me consta que hay aficionados que quieren verme y mi idea es ir a todo lo que se haga aquí. Calasparra, por ejemplo, es un pueblo que me encanta, voy de vez en cuando por el ambiente que se siente y con ilusión de que, si Dios quiere, cuenten conmigo. Otro caso es el de Lorca. Lorca me encanta, es una plaza muy bonita, con muchos aficionados; me encantaría que apostaran por las novilladas y estar algún día. Ojalá le den el sitio que merece. Quiero estar en todos los lugares de la Región.
¿Te ofreces a Calasparra?
- Sí. Llevo años intentando que cuadrase y este me veo capaz. Me haría ilusión ir en la de Rehuelga. Me encantaría ir conociendo la afición de esta región, que la quiero y la siento muy cercana. En Águilas ya estoy escuchando un runrún, estoy intentando darle la vuelta a la tortilla. Hace veinticinco o treinta años que no hay toros en Águilas, es mi segunda casa y quiero darle lo que merecen. Ojalá que vuelvan los toros aquí. Ellos se están empezando a desplazar para ver al torero del pueblo y es de valorar.

En relación a Lorca, se sabe que ha rechazado la novillada clasificatoria a la Feria de Murcia que se celebra en Cehegín. ¿Qué nos puedes contar? ¿Contarán contigo?
- Parece ser que se hará en Cehegín. No sé nada aún, pero sí que Juan Reverte estuvo interesado en mí y mi historia. Fue a verme a El Esparragal. Sería un honor y un placer.
¿Carlos, cómo se prevé esta importante temporada?
- Hay mucha ilusión por parte de este nuevo equipo. Nuestra intención como primera de la temporada es Sevilla. Hemos estado en contacto directo con Garzón y dijo que iba a tratar mi tema con delicadeza porque llevo desde 2019 sin torear en mi tierra. Garzón es el idóneo y va a hacer las cosas bien. He hablado con él personalmente; con un poco de romanticismo las cosas salen. También hemos visto Madrid en verano: “Cenate Las Ventas”. Mi ilusión es que me dejen enseñar mi toreo; llevo tres años con picadores y no he toreado nada.
Hablando de oportunidades, el circuito de Andalucía. ¿Qué ha pasado?
- Estoy mosqueado. Se ha intentado tres años seguidos, pero no quieren; pensarán que no encajo con ellos. Creo que tengo méritos suficientes para estar ahí y creía que este año sería el mío. Pero algo ocurre. Me hubiera encantado estar, pero si Dios me ha quitado de ahí será mejor.
¿Cómo es el día a día de Carlos Fernández en Águilas?
- Ahora mismo me tengo que buscar la vida. Me levanto por la mañana para ir a trabajar, me dedico a la hostelería y busco mi hueco para entrenar. Si no entreno en la playa, entreno en “Los Casucos”, y la gente se asombra; es muy bonito cómo me tratan. Me siento como en casa, tengo amigos, mi novia está siendo fundamental y me está integrando muy bien.

Cómo se dio la salida de La Puebla:
- Fue muy duro: es mi infancia, mi tierra, mi sitio, mis amigos, todo lo que por entonces conocía. La vida es así. Aunque me haya ido, yo sigo sintiendo lo mismo por mi tierra; eso sí, tengo el corazón dividido y me alegro de haber encontrado en Águilas mi segunda casa.
¿Crees que por no pertenecer a una escuela y tener este doble origen te cuesta más torear?
- Están tardando más en darme una oportunidad por eso mismo. Pasó en Purias: apretaron para que el novillero fuera murciano y me quitaron del cartel, y yo también soy de aquí. Carlos está feliz porque ha encontrado su sitio y su gente. No quiero torear aquí porque me pilla de paso; mi casa está aquí y quiero torear por y para la región. Águilas es mi sitio, estoy muy pleno.
La temporada es fundamental, Carlos:
- Sí, es muy importante para lo que pueda pasar. No pierdo la ilusión, pero hay que ser realista y pensar que todo lo que ocurra esta temporada es clave. Con esto no te quiero decir que voy a torear en Calasparra y me vaya a poner de rodillas; voy a ser fiel a mí mismo y que salga lo que Dios quiera. Soy consciente de la importancia de este año.

¿Cómo te definirías ante la gente, cuál es tu pretensión?
- Que la gente me vea transparente, puro; que el que salga de la plaza diga que lo que ha visto ha salido desde el corazón y del alma, para bien o para mal. Para mí el toreo es eso: la verdad y la pureza de la expresión. Yo soy feliz toreando, es uno de los pocos momentos de mi vida donde soy feliz de verdad.
Sobre los arrebatos y las genialidades. La importancia de los toreros educadores.
- Creo que el torero se está esquematizando mucho, se hacen faenas predecibles y premeditadas. Hay que fluir y el aficionado poco a poco se va dando cuenta. Dicen que si te engancha el final del muletazo no vale; es que igual lo que importa es el embroque. Lo más bello del mundo es lo imperfecto, y cuando el toreo se convierta en perfección ya no vale.
Es un animal bravo que no sabemos cómo piensa ni actúa, y así mismo también debemos ser nosotros.
Ruiz Muñoz le ayudó mucho.
- Así es. Me hizo ver que lo más bonito era irte a la cama sabiendo que eras feliz. No puedes taparte, hay que ser fiel a uno mismo. Aquí todo el mundo se tapa. No diré nombres, pero hay novilleros muy bien llevados que tienen más dinero que yo, torean más que yo y tienen el sueño más cumplido que yo, pero ¿crees que se van a la cama más felices que yo? No hay que venderse. Están transmitiendo algo equivocado.

Para finalizar, Carlos. ¿Cómo se trata lo que conocemos como “taurineo” desde dentro?, ¿De qué formas lo sufres?
- Lo detesto. El objetivo de la vida es ser trascendente y el 99 % de lo que ocurre actualmente en la vida es artificial y superficial. Hay compañeros que son robots y yo tengo miedo hasta las trancas todos los días, y quince días antes de torear ya estoy pensando en la tarde. No se puede ocultar eso, y ahí está la grandeza del toreo, en la naturalidad y mostrar que es un hito ponerse delante del toro. Hay que mostrar esa parte humana. Muchos novilleros se ponen un fueguito en redes sociales, una fotito juntos, y luego torean quince tardes juntos y se ponen caras… son falsos. Si no os caéis bien, no vais a ser amigos por torear quince tardes juntos. Si no me caes bien, no te voy a comentar. Vidas de engaño, vidas de tapadera.

