Hoy Sevilla abre sus puertas en una nueva era de cambios y con un regreso ansiado, que nos ha mantenido activos todo el invierno, y es que el de Morante de la Puebla no es un regreso cualquiera. Es el de un torero que nunca se fue del todo, porque hay toreros que, aunque se quiten la castañeta, siguen habitando en la memoria del aficionado como si aún estuvieran en el ruedo.
Aquel 12 de octubre en la Plaza de Toros de Las Ventas no fue una retirada más. Fue un gesto. Un arrebato. Una confesión en voz alta de quien, entre lágrimas, dijo que ya no podía más. Salió a hombros, pero dejó al toreo huérfano. Y, sobre todo, dejó una pregunta flotando en el aire: ¿era un adiós o una pausa?
Han pasado seis meses. Tiempo suficiente para que el silencio pese, para que la ausencia se note, para que el aficionado entienda que hay toreros que no se sustituyen. Y por eso, este Domingo de Resurrección, en la Real Maestranza de Sevilla, no vuelve solo un torero. Vuelve una forma de entender el toreo.
Porque Morante no es un nombre más del escalafón. Es, probablemente, el último eslabón de una forma de torear que no entiende de estadísticas ni de números. Un torero que ha hecho del capote una oración y de la natural una forma de detener el tiempo. Un torero que, en una época dominada por la regularidad y la eficacia, ha seguido apostando por la emoción y el misterio.
Su vuelta no es casual. No podía ser en otro sitio que en Sevilla, ni en otro día que no fuese este. El Domingo de Resurrección tiene algo de rito, de inicio, de renacimiento. Y el toreo, que tantas veces ha convivido con la liturgia, encuentra en este día su metáfora perfecta. Porque si algo ha demostrado Morante a lo largo de su carrera es que su relación con el toreo es cíclica, emocional, casi inevitable. Se va cuando no puede más… y vuelve cuando no puede vivir sin ello.
Lo hará, además, en un cartel de los que marcan época, junto a Andrés Roca Rey y David de Miranda, con toros de Garcigrande, en una corrida que ha despertado una expectación máxima y que abre la temporada sevillana como un auténtico acontecimiento . No es una corrida más. Es una cita que define el pulso del toreo en 2026.
Pero más allá del cartel, lo importante es lo que representa su figura. En un momento en el que el toreo se debate entre la modernidad y la tradición, entre el negocio y el arte, Morante sigue siendo un verso libre. Un torero que no responde a lógicas empresariales ni a estrategias de despacho. Un torero que puede fallar diez tardes y, en una sola, justificar toda una temporada.
Y eso, hoy, es más necesario que nunca. Porque el toreo actual, en su intento por ser eficaz, corre el riesgo de olvidarse de emocionar. Y Morante, con todas sus luces y sus sombras, sigue siendo el recordatorio de que el toreo no es solo hacer las cosas bien, sino hacerlas sentir.
Su regreso también tiene algo de contradicción. Algunos no han entendido que vuelva tan pronto. Que aquel adiós fuese tan intenso y este regreso tan cercano. Pero quizá ahí reside su grandeza —o su locura—: en no responder a lo que se espera de él. En no ser previsible. En no ser, en definitiva, un torero al uso.
Morante no vuelve para cumplir. Vuelve porque lo necesita. Y cuando un torero vuelve por necesidad, el toreo lo nota.
Este Domingo de Resurrección no empieza solo la temporada. Empieza algo más. Empieza la posibilidad de que el toreo vuelva a sentirse distinto. De que una tarde cambie el rumbo de muchas. De que el arte vuelva a imponerse al cálculo.
Porque mientras exista un torero capaz de hacer que todo tenga sentido en un solo muletazo, el toreo seguirá teniendo futuro. Y ese torero, hoy, vuelve a vestirse de luces.

