La fotografía de la despedida de Fernando Robleño ya era grande por sí sola, pero con el paso del tiempo ha ido ganando un peso que quizá entonces no se advirtió. Tenía que producirse la vuelta de Morante de la Puebla para que la imagen cobrara su verdadera dimensión y para que la carrera del madrileño quedara sellada con la dignidad que la marcó desde el principio. En mi caso no hay oportunismo: fuimos de los primeros –por no decir los únicos– en entrevistarlo tras aquella tarde del 12 de octubre, iluminando una retirada que quedó prácticamente eclipsada por la espontánea declaración de Morante, fruto más del arrebato que de una despedida real. Los focos se giraron hacia él, y me permitirán decir sin prepotencia que aquello era simplemente el síntoma de un motor gripado, no un punto final (siempre lo dije).
Siempre he sostenido que Morante no sabe vivir sin el toreo, ni el toreo sabe vivir sin Morante. Y no estoy seguro de equivocarme si afirmo que Morante morirá en la plaza. Suena duro, pero los toreros de arte y valor como José Antonio tienen todas las papeletas para ello, salvo que una cornada gravísima los aparte antes. Dicho así, quien lea este editorial podría pensar que quien firma es uno de esos “antimorantistas” que ahora tanto proliferan. No es el caso. Morante ha logrado dividir el toreo en dos bandos —como antaño— y eso sólo lo consiguen los grandes. Curro Romero tuvo sus curristas: José Antonio tiene los suyos.
Quien esto escribe se ha roto la camisa —en sentido metafórico— viendo torear a Morante. La pasada temporada fue, sencillamente, el mejor de todos, y eso es una evidencia. Pero un crítico o analista tiene la obligación de medir a todos con el mismo rasero. Y por mucho que admire a Morante, no puedo aplaudirle todo ni justificar cualquier comportamiento.
Ni siquiera él es el culpable principal. Bastante carga arrastra ya con sus problemas de salud mental, sobradamente conocidos. La responsabilidad recae en un entorno egoísta, en un empresariado incapaz de confeccionar carteles sin él y en una afición que tampoco ha aprendido a vivir sin el cigarrero. Y en ese punto, la afición no es responsable: cuando se ha visto una grandeza, cuesta conformarse con menos.
Lo triste es que a Morante se le ha presionado sin descanso durante todo el invierno. Y no sólo por Garzón: varios empresarios han acudido a su casa para forzarlo a volver, dándole incluso plazos de quince días para responder. Esto duele por dos razones. Primero, porque resulta devastador imaginar lo que supone para él, mentalmente, verse imprescindible para un toreo que no puede permitirse su ausencia. Y segundo, porque evidencia la incapacidad del sector para tirar de la juventud del escalafón y armar ferias con competencia real. Cuando Morante se vaya de verdad, todo hace pensar que el toreo quedará inerme. Y no debería ser así, porque talento hay. Falta confeccionarlo con sentido, sin manos a manos absurdos ni ternas previsibles, que obliguen a los toreros emergentes a dar el golpe y abrir el camino hacia nuevas figuras. Igualar a Morante será imposible o casi, pero intentarlo es una necesidad.
Mientras tanto, la vuelta del Domingo de Resurrección se presenta áspera, con una afición dividida que lo tacha de “peliculero” por lo del 12 de octubre y que pretende rebajar una imagen que, lejos de perder historia, la ha ganado. Aquel gesto en los medios, arrancándose la castañeta, no fue una retirada: fue el agotamiento de quien cargó durante toda la temporada con el peso de un toreo debilitado por los propios taurinos. La fotografía será histórica por eso, porque habla del cansancio, no de la huida.
En Sevilla estará, pero en los despachos de Plaza 1 arde Madrid. La situación es incómoda: San Isidro está cerrado —y va después de Sevilla—, y queda la presión de meter a Morante, o al menos intentarlo, con apenas quince días antes de la presentación oficial. Porque si va a Sevilla, debe ir a Madrid. ¿Se hará un cartel “monstruo” con dos toros añadidos? ¿Se cambiará a alguien? Sería feo esto último. Todo está en el aire y pronto habrá respuesta.

