Lo ocurrido con las audiencias de Canal Sur el pasado Domingo de Resurrección en Sevilla invita, o más bien obliga, a una reflexión profunda. No tanto sobre la vigencia del toreo, que quedó sobradamente demostrada, sino sobre nuestra incapacidad —como sector— para hacerlo viable en términos reales.
El toreo lleva años priorizando los intereses económicos por encima de los estrictamente taurinos. No es una novedad. Lo preocupante es que, pese a ello, los resultados son peores que en el pasado: menos público en las plazas y más dificultades para que quienes viven del toro puedan hacerlo con estabilidad. Se quiere ingresar más, pero muchas veces a costa de una estructura más débil y menos sostenible que la de hace apenas unos años.
Las cifras televisivas son rotundas: cerca de un millón de espectadores conectaron en algún momento con la corrida de la Maestranza, y más de medio millón la siguieron íntegra. Eso no es una anécdota. Es la prueba de que el toreo interesa, y mucho. Pero quedarse en la autocomplacencia de esos números sería un error. La clave está en entender por qué.
La respuesta es incómoda, pero evidente: la televisión en abierto es gratuita. Y ahí radica la diferencia. Existe interés por el espectáculo, pero no siempre capacidad para acceder a él en directo. Vivimos en una sociedad económicamente tensionada, aunque a menudo queramos disfrazarlo. Para muchos, destinar 50 euros —o más— a una entrada resulta sencillamente inviable. Y este es un debate que rara vez se aborda con la seriedad que merece.
El problema de la falta de público en las plazas no puede desligarse del precio de las localidades ni del coste global del espectáculo. No se trata de defender la gratuidad, sino de asumir que el modelo actual ha encarecido el acceso hasta límites que excluyen a una parte importante de la afición potencial. Si desaparece el público, desaparece todo. Siempre se ha dicho que si cae el toro, cae la fiesta. Pero hay una verdad igual de contundente: si muere el público, muere el toreo.
Urge repensar el modelo económico. Buscar vías de financiación externas, reducir costes innecesarios y profesionalizar aspectos que durante años se han mantenido inalterables por inercia. Resulta difícil justificar, por ejemplo, determinados gastos de gestión en la venta online que encarecen aún más el precio final sin aportar valor real. Son detalles, sí, pero suman. Y el resultado es una barrera más para el espectador.
La televisión en abierto es un aliado, pero no puede convertirse en el único sostén indirecto del sistema. El toreo necesita diversificar sus ingresos y abrirse a nuevas fórmulas. Se repite con frecuencia que no hay patrocinadores dispuestos a apostar por este sector. La cuestión es si realmente se les ha sabido ofrecer proyectos atractivos, modernos y bien estructurados. Si se ha hecho, desde luego no ha trascendido.
El mundo del toro arrastra un histórico hermetismo, anclado en clichés que hoy resultan obsoletos. Esa falta de adaptación ha contribuido a su aislamiento y, en buena medida, a su situación actual. No todo es culpa externa. Existe también una responsabilidad interna que conviene asumir.
Y, sin embargo, pese a todo, el toreo resiste. Lo hace gracias a la afición, muchas veces sostenida por auténticos “locos” —entre los que nos incluimos— que siguen creyendo en esto más allá de cualquier cálculo. Porque si se tratara únicamente de números, hace tiempo que las cuentas no saldrían.
Quizá por eso este sea el momento de dejar de mirar hacia otro lado. De analizar sin complacencia y de tomar decisiones valientes. Las audiencias han demostrado que el interés existe. Ahora falta demostrar que el toreo sabe estar a la altura de ese interés.

