Queridos lectores: desde aquel eterno trance en el que fui los pies del Señor y evoqué la grandeza del genio jerezano que se nos fue en días previos, no he vuelto a sentir en torero. Llegó el frío invierno y, con él, la cotidianidad de un muchacho frente a los exámenes, que cada vez resultan más finales. A ello se deben las ausencias.
Pasado esto, en estos días, a la hora de abrir el armario, la guayabera ya me hace ojitos; la purera ansía cruzar el Atlántico y del incensario malviven pavesas como resquicios de una época mejor. Una leve brisa me percata.
Mentiría si os dijera que este periodo de desconexión taurina no me ha venido bien. Vaya añito hemos llevado. Sé de alguno que sigue en el Doce de Octubre. Además, después de Morante, naide. Y nada ha pasado. Al menos, nada que no sepamos ya.
Olga Casado prosigue su deriva al otro lado del charco, en corridas mixtas premeditadas, sin enfrentamientos de igual a igual con jóvenes prometedores. Ya sabemos que a ella le van mayores —Manzanares y Castella—. Para mayor énfasis novelesco, se le van los toros vivos. La ganga francesa domina la superproducción, y los estragos ya se dejan ver.
En la misma línea, los carteles de este inicio de año continúan con una casposidad eterna. Rafael García Garrido ha diseñado una Feria de Fallas perfecta para quedarse fuera, tirando petardos y sin preocuparse de lo que ocurra dentro de la Monumental de la calle Xàtiva.
Se salva La Quinta, y también Castellón, con uno de los carteles del año: Zulueta, Palacio y Ginés Marín. Ya lo decía el Fary: “Dejad que los chavales camelen”.
Y pese a todo, el año es prometedor. Lo confieso desde mi punto dramático habitual: será la temporada de la consolidación de los nuevos toreros. Prueba de ello es la noticia del año: José María Garzón gestionará durante los próximos cinco años la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.
Garzón revitalizó Almería y Málaga, modernizó la comunicación, ajustó precios, atrajo al público joven y dio sitio a figuras que el taurineo quiso ocultar. La gran revitalización del toreo lleva su firma, y con ella, volverá Morante.
Ese mismo espíritu alcanzará a la Real Venta de Antequera, que de humilde punto de avituallamiento pasó a ser epicentro cultural y taurino. Fundada en 1916 por Carlos Antequera, vivió su esplendor tras su traslado a Bellavista y su papel en la Exposición Iberoamericana de 1929.
Allí se celebró el primer encuentro de la Generación del 27, y en 1930 recibió al rey Alfonso XIII, origen de su título real. Sus corrales fueron punto de partida de toros hacia la Feria de Abril hasta 1987, cuando Espartaco lidió la última corrida, de Miura.
Gregorio Corrochano ya subrayó la dimensión cultural de la Venta de Antequera, que Garzón pretende recuperar:
“La Venta de Antequera es la puerta taurina de Sevilla, y aquí sale a recibirlos la ciudad”.
Ya no serán los toros del ganadero. Serán los del niño que espera en los tapiales. Garzón recuperará tradiciones, olores y rutinas perdidas. Creará afición, saciará al erudito y alimentará la ilusión de quien sueña con ver salir esos pitones rumbo al dorado ruedo maestrante.
Un saludo, Comunidad de Madrid.
Un saludo, Batán.

