Los italianos son buena gente. Es la conclusión a la que llegué tras mi incipiente viaje a Roma. Nunca he tenido como meta eso de coger un avión. Me imagino como en aquella escena de “La ciudad no es para mí” en la que un magnífico Paco Martínez Soria arremete contra el caos de la capital con su gorra campera y una gallina bajo el brazo. Además, la idea de recorrer medio mundo visitando países que no tienen ni un mísero colín que untar en el tomate de la magra se me antoja reacia. Porque sí, la proeza de un lugar se mide por la calidad culinaria de su magra con tomate. Nunca os fiéis de un pueblo o país que no la sirva. Herejes.
Ya dispuestos, aprovecho para confesar mi afición por aquello que hoy denominan “turismo gastronómico”: comer. Según TasteAtlas, Italia sugiere la mejor gastronomía del mundo con sus parmigiano reggiano, sus tartufi bianchi d’Alba y demás lindezas. Ahora, para ir al bar, hace falta estudiar; y, siendo catedrático del barrio del Arenal, tengo mucho que objetar —me ha rimado; se nota que estamos en carnavales. Sirva de entradilla para un cuplé del Bizcocho—. Y es que qué difícil es viajar siendo español.
Comparto la opinión de nuestro gran monarca Felipe II: los ingleses lo tienen más fácil en estos casos, pues “su cerveza es tibia, sus mujeres feas y su comida infame”… Aquí pretendo desarrollar otra idea: la imperial, primero con Roma y, después, con su heredera moral, la Monarquía Hispánica. Se forja un gran yelmo histórico que nos resguarda de condiciones adversas y del que España es herrero.
Acudí a la osteria Da Fortunata en una prueba de fuego; allí lo comprobé. Mi pareja y yo, inducidos por unos cuantos TikToks y las buenas palabras de una pareja amiga, reposamos sobre sus mimbres. Tras treinta minutos en una cola plagada de norteños españoles y camaradas lusitanos del viejo tercio de Flandes, nos acomodaron en una pequeña mesa, con hule de cuadros y en paralelo a una familia de nativos italianos. La peor pesadilla de un holandés. Nada más llegar, marcharon una barra de pan de medio kilo, pidieron la botella de aceite y la devoraron como preludio del primer plato. Ahí respiré aliviado.
El alcance de nuestras tradiciones supera lo gastronómico, empapa al Tirreno, del mismo modo que se extiende por el Atlántico. Y con ello, el espectáculo social más grande de nuestra historia: la tauromaquia. Porque sí, en Italia se dieron toros.
Recurro a Fernando Cisneros, miembro de la Unión de Bibliógrafos Taurinos, quien relata que, antes de que Calixto III fuese proclamado papa en 1455, ya se celebraban festejos taurinos en Italia, aunque su llegada a Roma impulsó notablemente estas celebraciones. Los espectáculos taurinos se vinculan principalmente al carnaval y a la festividad de la Asunción (15 de agosto), aunque también se celebraron por acontecimientos políticos y dinásticos, como la toma de Granada en 1492 o la segunda boda de Lucrecia Borgia. Durante el periodo de influencia de los Borgia se documentan numerosos festejos en Roma, incorporando elementos propios de la tauromaquia española.
Las celebraciones tenían lugar en grandes plazas urbanas, como el Campo de Siena, la plaza de San Pedro antes de su remodelación por Bernini, la Plaza Navona y el Mausoleo de Augusto (Anfiteatro Correa) donde se organizaron corridas al estilo español e incluso carreras con toros por las calles, similares a los encierros de San Fermín. Aunque Italia contaba con tradición taurina desde el siglo XIII, la influencia de la Iglesia católica propició prohibiciones progresivas. En 1567, el papa Pío V prohibió los espectáculos taurinos bajo pena de excomunión. Posteriormente, la bula fue atenuada gracias a la presión de Felipe II, pero el interés popular ya había disminuido. Durante los siglos XVI al XVIII se celebraron festejos esporádicos, cada vez menos frecuentes. La pujanza de una monarquía en declive y la entrada de los borbones tuvieron bastante que ver.
Los últimos festejos documentados en Italia tuvieron lugar en 1924, con uno previo en 1923, en un contexto en el que Benito Mussolini promovía espectáculos de masas. Según algunas crónicas, también buscaban recaudar fondos para hospitales tras la Primera Guerra Mundial. Se celebraron corridas al estilo español —con picadores y banderilleros— lidiando reses de Albaserrada en el Estadio Olímpico, aunque los toros no eran sacrificados en la plaza. Participaron los diestros Pedro Basauri “Pedrucho de Eibar” y Rafael Rubio “Rodalito”. Los festejos, celebrados en junio, congregaron a cerca de 50.000 espectadores y despertaron gran curiosidad. El último vínculo normativo relevante entre Italia y la tauromaquia se produjo en 1994, cuando se abolió el decreto de 1940, prohibiendo espectáculos taurinos y “peleas de animales”.
En este clima imperial de calles sombrías por donde discurren altivamente portugueses, italianos y españoles, resulta inevitable recordar aquella cita de Gualterio Malatesta sobre la figura del capitán Alatriste, y por ende; España:
—Ya sé por qué domináis el mundo, capitán —dijo Malatesta—. Sois unos fanáticos. Fanáticos y valientes. Una mezcla peligrosa.

