Las Fallas de 2026 han dejado una cosa en evidencia: la lluvia del invierno ha afectado más a los toreros que a los toros. Así, la parte alta del escalafón anduvo en Valencia bajo mínimos, y no parece casualidad atendiendo a lo sucedido en Castellón, feria en la que, salvo un pletórico Daniel Luque, ninguna de las llamadas “figuras” demostró ni de lejos su condición de tal. Sólo las buenas maneras de Pablo Aguado en la Magdalena y una notable faena de Emilio de Justo en Valencia se salvan de la medianía general.

Metiendo en ese grupo de “toreros de ferias” a Tomás Rufo y al joven Marco Pérez, una Puerta Grande conquistada en Castellón y otra saboteada en Valencia para el talaverano; y dos salidas a hombros por parte del salmantino, suponen también un notable balance, más allá de la huella que hayan podido dejar sus triunfales actuaciones. En líneas generales, creo que se les ha valorado menos de lo que merecían.

Pero Las Fallas han tenido un protagonista por encima de todos llamado Samuel Navalón. De este joven valenciano tengo varios recuerdos, todos sorprendentes. La primera vez que le vi torear sin picadores parecía un novillero con caballos. El día que debutó con los del castoreño, se desenvolvió como un matador de toros. Y en su alternativa en Albacete ya arrolló con la contundencia de una figura del toreo. Al mes siguiente confirmó su doctorado en Madrid y cortó una oreja. Era octubre de 2024.

La pasada temporada sumó un buen número de corridas y triunfó con una regularidad también impropia de un torero tan nuevo, pero parece que le pasó factura el hecho de no triunfar ni en su presentación en Sevilla, ni en su primer San Isidro. Como no hay ni paciencia ni una mínima visión a medio plazo, de Samuel Navalón no hablaba nadie acabando la temporada, hasta que la terrible cornada que un utrero despuntado le infirió en el cuello en un festival de banderilleros en Algemesí lo volvió a poner de actualidad.

Después de unos días angustiosos en los que se temió lo peor, Samuel salvó la vida, rompió con su apoderado, Nemesio Matías, pese a lo bien que había llevado su carrera, y se fue con Manuel Amador, quizá buscando la seguridad que otorga un hombre con plazas de toros. Si sigue así, no le hará falta escudo alguno.

Porque, casi medio año después, su reaparición en Valencia ha sido colosal, y de nuevo, como cuando toreó sin caballos en Sevilla; o como cuando debutó con picadores; o como cuando se doctoró en Albacete o confirmó en la Feria de Otoño, adelantando plazos, ganándole tiempo a la vida. Ni desde un punto de vista físico ni mucho menos sicológico, es normal de la manera en que se desenvolvió Samuel Navalón en el coso de la calle de Játiva, una especie de tsunami que no dejó títere con cabeza. Porque, con una ambición sin límites, con una madurez impropia de un torero tan nuevo, y lo que es más sorprendente, con un sitio en la cara del toro que no corresponde a un muchacho que reaparecía de un percance casi mortal, exprimió a sus dos toros en sendas faenas inapelables, redondas, avasalladoras.

Y lo hizo con un toreo mandón, ligado, poderoso y también de buen estilo. Lo hizo además sin que el caballo desbocado que llevaba dentro le impidiese torear con total limpieza y, por momentos, muy despacio. Lo hizo ante dos figuras del toreo a las que aplastó de manera inmisericorde. Lo hizo por desgracia sin el altavoz que supone la televisión, pues de ser así el bombazo hubiese sido definitivo. Y lo hizo para colmo ante un público que venía a ver a la figura de moda, Roca Rey, y que apenas tenía conciencia de las circunstancias delicadísimas en las que llegaba este joven torero. En realidad, la mayoría no sabía ni quién era Samuel Navalón.

Es decir, no fue un triunfo obtenido a favor de obra, sino que Navalón conquistó a la plaza lance a lance, muletazo a muletazo, bocado a bocado. De ahí que los gritos finales de “torero, torero” proferidos al unísono por toda la plaza tuvieran un valor doble o triple. No eran fruto de ninguna actitud premeditada, sino la reacción espontánea ante la contemplación de un joven torero que se había llevado a la gente de calle de principio a fin de la tarde gracias a su inteligencia, valor, entrega y buen toreo. Sólo la espada le privó de un triunfo apoteósico, aunque en otros tiempos incluso con los pinchazos previos Samuel Navalón hubiera cortado cuatro orejas y dos rabos. En otros tiempos, también esa misma noche hubiera firmado cuarenta corridas de toros.