La temporada ha echado a andar. Poco a poco el número de carteles anunciados, sobre todo los fines de semana, va creciendo progresivamente. Y las ferias empiezan a solaparse. Algún coche de cuadrillas ya ha cruzado la geografía española de oeste a este, inaugurando la estadística de 2026, esa que cuando llegue octubre nos arrojará quiénes han sido los triunfadores (por lo menos numéricos) del año.

Por delante, ocho meses plagados de festejos y de plazas que bullen en fiestas con mayor o menor actividad, con más o menos días de toros, pero teniendo claro que el epicentro de cada feria en una ciudad taurina son los días en que hay que acudir al coso taurino. Y aquí va una reflexión en voz alta… ¡qué “fácil” (entre comillas) es ser aficionado en una ciudad donde hay plaza de toros! Me explico, lo complicado, lo complejo de verdad, es mantener viva la llama de la afición cuando no tienes cómo nutrirte de ella en tu propio pueblo, cuando todo tiene que ser a golpe de coche y kilómetros. Aun así, hay un puñado muy grande de aficionados repartidos por toda la geografía española que responden perfectamente a ese patrón. Meritazo el que tienen. Pero más todavía atesoran aquellos que, teniendo esa plaza de toros en su ciudad, sufren que por diferentes motivos esta tenga sus puertas cerradas.

Podría hablar de cualquier localidad en dicha tesitura pero, por pura cercanía, me vais a permitir que hoy dé altavoz y ponga en negro sobre blanco el caso de Martos. A tiro de piedra de Jaén capital, cuenta con bastante más de 20.000 habitantes y posee una plaza de obra de coqueta construcción, que fue inaugurada allá por 1964 con una corrida de Conde de la Corte que estoquearon nada menos que Jaime Ostos, Curro Romero y José María Montilla. Desde entonces, y hasta hace ya unos pocos años, todas las figuras del toreo hicieron el paseíllo en su feria, que solía estar compuesta por más de un festejo que siempre contaban con buena asistencia de público. Como anécdota curiosa allí, concretamente el 26 de agosto de 1979, debutó con picadores Juan Ramón Romero, hogaño alma máter de “Carrusel Taurino”, todo un referente en la radio taurina.

Así, hasta que un día, y debido a diversos factores que confluyeron en tormenta perfecta, Martos se quedó sin toros. Fue pasando un año, luego otro, después un lustro, luego una década… y dieciséis son las temporadas que se van a cumplir este próximo mes de agosto sin que un animal bravo haya pisado esa plaza. Algo así, evidentemente, habría reventado no sólo la afición taurina en la ciudad, sino dinamitado algo tan importante como es la transmisión entre generaciones, absolutamente necesaria para que una tradición perviva entre las gentes de un lugar.

Sin embargo, en Martos han protagonizado un remedo de aquella aldea de los cómics donde Astérix y Obelix resistían los ataques de las hordas de Julio César. La diferencia es que aquellos galos se reforzaban con la poción mágica salida de la marmita del druida Panorámix y los aficionados de Martos han sacado esa fuerza de otra fórmula indomable, la afición al toreo.

Viene esto a cuento porque hace unos años un grupito de “galos” marteños decidió que no era cuestión de dejar morir la tradición taurina que había en la ciudad y fundaron un Círculo Taurino. Empezaron con cuatro gatos (literalmente eran cuatro personas) y ya van camino de los 150 socios. Cada temporada organizan un puñado de actividades que tienen su culmen en la tertulia de invierno, y todo ello sin apoyo institucional alguno. Es más, han tenido que escuchar (y tragar) en varias ocasiones cómo desde la corporación municipal los trataban poco menos que con la punta del pie diciéndoles que Martos no era una ciudad taurina y que cómo pretendían equipararse a otros colectivos o fuerzas vivas de allí. Lo fácil ante tal tesitura hubiera sido tirar la toalla, no aguantar el poco aprecio mostrado hacia ellos y mandarlo todo a paseo. Nada más lejos de la realidad. Continuaron porfiando sin descanso, y consiguieron que cada año fuera creciendo el número de socios y la categoría de los eventos programados. Incluso en una ocasión llegaron a organizar un tentadero público en un recinto improvisado, montado con vallas de las que se utilizan en los encierros populares, al que acudió un gentío impresionante mostrando así que, lo dijera quien lo dijese, Martos era taurino.

Siendo todo esto una machada vistas las piedras en el camino que han tenido que ir sorteando, se queda en nada comparado con la que montaron hace apenas unos días. Se cumplía el décimo aniversario del Círculo Taurino de Martos, que así es como se llama la entidad y a su presidente, Miguel Ángel Mena, no se le ocurrió mejor idea que organizar una gala donde iban a ser homenajeados todos aquellos que habían protagonizado los diferentes actos celebrados a lo largo de la trayectoria del Círculo.

La idea, vista con cierta perspectiva, se antojaba una locura. En primer lugar, porque entre esa nómina había personas que ya se habían desvinculado del toreo, como por ejemplo Leopoldo de la Maza, que rigió la ya extinta ganadería del Conde de la Maza. Otros tenían que hacerse muchos kilómetros para estar en Martos un sábado de finales de invierno y sólo para estar presentes en una gala, careciendo del incentivo que para muchos es asistir a estos actos pensando que así ganan puntos para torear en esa plaza cuando se celebra su feria. Y luego estaba el factor público, porque el acto iba a ser a lo grande y con muchas sillas que llenar colocadas para la ocasión. Yo, la verdad sea dicha, tenía mil dudas al respecto, más aún cuando vi el imponente aspecto del salón donde se iba a celebrar la velada.

Todas, una detrás de otra, se me fueron despejando a lo largo de una maravillosa noche que reivindicó el toreo en una “aldea gala” como puede haber muchas en España. Para empezar, no cabía un alfiler en el recinto. Allí, llegados desde diversos puntos geográficos, estaban nombres como Octavio Chacón, Tomás Campuzano (que celebraba su cumpleaños ese mismo día) o David Galván, que vino únicamente para recoger su galardón, puesto que tenía 700 kilómetros por delante hasta Salamanca, donde tentaba a la mañana siguiente. Y, por supuesto estaba ¡vaya si estaba! Poli Maza, que no ha perdido ni un ápice de la socarrona ironía que siempre lo ha distinguido. Además de ellos, más, muchas más personas del toro, dando apoyo a unos aficionados ejemplares. Tanta repercusión tuvo aquello que incluso estuvieron presentes representantes municipales. Sí, los mismos de los que tiempo atrás estos “galos rebeldes” habían tenido que escuchar aquello de que “Martos no era taurino”.

Total, que la noche fue redonda. Tanto, que el propietario de la plaza barajó en público la posibilidad de, teniendo apoyo institucional, volver a dar toros. Pero sobre todo aquello fue una reivindicación ejemplar extrapolable a todas las ciudades que puedan estar atravesando esa misma situación. De hecho no pude por menos que pensar en que este es el camino a seguir para ellas. Resistid, alimentaos de esa poción mágica que es vuestra afición. Nunca desistáis ni dejéis que os digan que vuestro pueblo no es taurino. Sed como aquellos galos de la aldea que aguantaron los envites del ejército más poderoso del mundo y nunca se vieron doblegados. El que resiste siempre es el que gana, aunque para ello antes tenga que atravesar el desierto y a veces piense que nunca va a llegar al oasis. Hacedlo ¡por Tutatis!