Las modas, cuando se llevan hasta el extremo, acaban pesando. Y a veces, incluso, pasándose de frenada. La gala celebrada el pasado jueves en la plaza de toros de Las Ventas se pareció más a un desfile social que a un verdadero hito para el toreo o a un acto destinado a revalidar la importancia de la Feria de San Isidro, la más relevante de la temporada.
Fui de los que apoyaron la iniciativa desde el primer momento. El toreo necesitaba —y necesita— un gran acto social en Madrid, una cita que sirviera para reivindicar su presencia en la capital antes del inicio de la temporada, para templar el frío invierno y para que los toreros atendieran a los medios y reforzaran la imagen social de la Tauromaquia. La idea era buena. La ejecución, discutible.
El problema surge cuando se invita a medio escalafón, pero el protagonismo real recae únicamente en uno. Que en ediciones anteriores figuras sociales ajenas al toreo como Tana Rivera o Victoria Federica ilustraran el cartel de San Isidro podía entenderse como un intento de sacar la Tauromaquia de su encorsetamiento tradicional y proyectarla hacia la sociedad. Esa apuesta, aun con matices, era defendible. Pero lo que no lo es es perder por el camino la esencia.
Porque el cartel de la feria más importante del año lleva demasiado tiempo sin mostrar ni un pitón. Sin reflejar al verdadero eje del acontecimiento que se celebra cada mes de mayo en Las Ventas: el toro. Años de campañas desplegadas por toda Madrid en las que el toro ha desaparecido del relato visual. Se busca atraer a nuevas generaciones con ilustraciones modernas, pero ni debe ni puede hacerse a costa de ocultar lo verdaderamente taurino. No tenemos —ni debemos— avergonzarnos del toreo. Hay que mostrarlo y reivindicarlo, no esconderlo.
La preocupación aumenta cuando este año las dos ferias que sostienen la temporada, Sevilla y Madrid, han optado por ilustrar sus carteles con toreros en activo sin que apenas nadie haya alzado la voz. Que Roca Rey aparezca semidesnudo anunciando San Isidro transmite un mensaje tan claro como incómodo: el resto del escalafón parece importar poco o nada. Luego llegan los gestos que lo confirman, como el silencio absoluto hacia Borja Jiménez, al que no se concedieron ni cinco minutos durante la gala para hablar de su encerrona In Memoriam. Ha tenido que organizarse un acto aparte, el próximo 23 de febrero en la casa de Ignacio Sánchez Mejías, para reivindicar un cartel que, paradójicamente, carece de memoria por parte de quienes lo idearon.
Mientras tanto, en Sevilla, Morante de la Puebla ilustra el abono maestrante en el año de su anunciada reaparición con cinco tardes. Morante es, sin duda, protagonista. Pero los carteles no deberían ilustrarse con toreros en activo cuando existen suficientes figuras históricas a las que homenajear. En el año del fallecimiento de Paula, nadie parece acordarse del gitano de Jerez. Ni un gesto. Ni una memoria.
La empresa sevillana tuvo una oportunidad de oro para rendir tributo a dos genios ligados para siempre a la Maestranza, Paula y Álvaro Domecq, ambos fallecidos este año. Un cartel con ellos habría sido un acto de sensibilidad, memoria y categoría. Pero ni Paula ni Domecq venden entradas hoy en taquilla.
Y ahí reside el problema de fondo. El toreo se ha convertido en un mercadillo de intereses, poder económico y visión cortoplacista. El romanticismo ha sido sustituido por la cuenta de resultados. Prima quien más llena el cajón. Por eso se eligen las caras más reconocibles para el público generalista: porque ver a Roca Rey o a Morante en una marquesina genera más tracción comercial.
Esto ya no es muy distinto a cuando un niño compraba un cuaderno por el dibujo de su personaje favorito en la portada. Importaba más la estética que el contenido. La diferencia es que entonces había inocencia. Hoy hay una peligrosa falta de visión. Una sociedad en debacle y unos “taurinos” incapaces de pensar en el futuro porque solo saben exprimir el presente.
¿Y qué pasará cuando no estén ni Morante ni Roca Rey? Ya lo hemos visto este invierno: exprimir hasta la última gota. ¿Y después? Poco importa si el toreo se seca. Pan para hoy y hambre para mañana. Al resto del escalafón parece no importarle. Si plantaran cara, si no consintieran estos despropósitos, otro gallo cantaría. Porque conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿serían capaces de organizar un San Isidro completo o un abono maestrante solo con Roca Rey y Morante?
Probablemente no. El verdadero problema es que nunca todos dirían que no.

