El sistema que asfixia el futuro del toreo

El sistema que asfixia el futuro del toreo

El mal llamado —aunque quizá ya no tan mal llamado— “sistema” existe. Y negarlo no lo hace desaparecer. Al contrario: lo fortalece. Por eso no hay que ocultarlo, sino señalarlo y denunciarlo. Porque ese sistema, anquilosado en estructuras que ya no responden a la realidad actual, ha terminado por convertirse en un mecanismo que condiciona, limita y, en demasiadas ocasiones, asfixia el desarrollo natural del toreo.

Las recientes declaraciones de El Mene, en una entrevista concedida a Mundotoro, no hacen sino confirmar una preocupación creciente. El joven torero reconocía no tener definido su futuro inmediato y pedía únicamente la oportunidad de tomar la alternativa. Una situación que no es excepcional, sino estructural. Su caso, como el del también reciente alternativado Cristiano Torres, refleja el estancamiento al que se enfrentan numerosos toreros al dar el paso definitivo en sus carreras.

La alternativa, lejos de ser el comienzo de una progresión lógica, se convierte demasiadas veces en un punto muerto. Un reinicio en el que todo lo logrado durante la etapa novilleril parece perder valor. El sistema borra la memoria. Y, mientras algunos quedan condenados a la incertidumbre, otros acceden a oportunidades privilegiadas no siempre sostenidas por el mérito, sino por dinámicas internas que poco tienen que ver con el rendimiento en la plaza.

El problema de fondo es que el toreo carece de un modelo real de meritocracia. El escalafón, basado en cifras, no refleja la dimensión artística ni el impacto real de un torero. Puede liderarlo quien más festejos haya toreado, independientemente de la exigencia o la trascendencia de esos compromisos. Y, sin embargo, puede quedar relegado quien haya firmado las faenas más profundas o memorables de la temporada.

El toreo es arte, y el arte no puede medirse en números. Nadie cuantifica el valor de una obra de Velázquez en función de su frecuencia de exhibición. Su valor reside en su profundidad, en su verdad, en su capacidad de perdurar. En el toreo debería ocurrir lo mismo. Pero no ocurre.

En los últimos años, iniciativas como la Copa Chenel, impulsada por la Fundación Toro de Lidia, han tratado de corregir estas inercias, ofreciendo una plataforma real a toreros emergentes. La voluntad es incuestionable. Los resultados, sin embargo, han sido limitados por la resistencia estructural del propio sistema. Triunfadores como Isaac Fonseca, Francisco de Manuel o, más recientemente, Sergio Rodríguez, no han visto reflejado su mérito en una continuidad acorde a sus triunfos.

El caso de Sergio Rodríguez es especialmente significativo. Su actuación el pasado 12 de octubre en Las Ventas, compartiendo cartel con Morante de la Puebla Fernando Robleño, confirmó su capacidad y su proyección. Sin embargo, su nombre no figura en los carteles de San Isidro. Una ausencia que evidencia hasta qué punto los compromisos adquiridos se cumplen en lo formal, pero no en lo sustancial.

Mientras tanto, el foco sigue centrado en figuras consolidadas, cuya presencia es legítima y necesaria, pero que no debería eclipsar la obligación de construir el futuro. Porque el verdadero desafío del toreo no es sostener su presente, sino garantizar su continuidad.

Hoy, más que nunca, el acceso a las oportunidades depende en gran medida de factores ajenos al rendimiento artístico. La figura del apoderado, la posición dentro de determinadas estructuras y la capacidad de influencia pesan, en demasiadas ocasiones, más que el propio mérito. Y así, toreros con condiciones extraordinarias quedan relegados a la espera de una oportunidad que nunca llega.

Las consecuencias de este modelo no son solo individuales, sino estructurales. El abandono progresivo de plazas históricas es una de sus manifestaciones más visibles. El caso de Vitoria es paradigmático. Una plaza que durante décadas formó parte del circuito fundamental del norte y que hoy avanza hacia su reconversión en un espacio multiusos, tras años de inacción y falta de defensa por parte del propio sector.

Y, sin embargo, la afición sigue ahí. Santander, Bilbao o Azpeitia han demostrado recientemente que el interés existe, que el público responde cuando el espectáculo se construye con rigor y autenticidad. La base social del toreo permanece. Lo que falla no es la afición, sino el modelo que debe sostenerla.

Porque el mayor enemigo del toreo no siempre está fuera. A menudo, está dentro. En su incapacidad para renovarse, para reconocer el mérito y para ofrecer un camino real a quienes deben garantizar su continuidad.

Si el sistema no cambia, el toreo no desaparecerá de golpe. Se irá apagando lentamente. No por falta de toreros, ni de afición, ni de verdad. Sino por falta de oportunidades. Y ese es un final que el propio toreo, y solo el propio toreo, puede evitar.