La América taurina ante el riesgo real de apagarse

La América taurina ante el riesgo real de apagarse

La situación de Colombia —y, en general, de la América taurina— es grave. Lo he subrayado en diversas ocasiones, especialmente durante el invierno, pero la insistencia no nace del capricho ni del dramatismo, sino de la constatación de un deterioro que ya no admite miradas de reojo. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el continente americano saciaba el apetito taurino de los meses invernales. En mi niñez, seguir los resúmenes de las ferias de México, Perú, Venezuela, Ecuador o Colombia era un ritual invernal que ampliaba el mapa del toreo. Hoy, en cambio, el panorama se ha ido cerrando con la misma velocidad con la que crecen las presiones políticas.

El descenso de festejos en América ha sido acelerado y continuado. Las decisiones legislativas, los vetos institucionales y los discursos de perfil ideológico han ido restringiendo el acceso de un pueblo a su propia cultura taurina. En México, donde el toreo ha sido históricamente un fenómeno masivo, crecen a la vez los índices de violencia, homicidios y suicidios. En Colombia, el presidente Gustavo Petro pretende clausurar definitivamente la tauromaquia mientras el país se sitúa, según informes internacionales, como el mayor exportador mundial de cocaína —con una calificación de 9,5 sobre 10— incluso por encima de México, cuyas redes de narcotráfico son tristemente conocidas.

En ese contexto, resulta evidente dónde están las prioridades reales. Petro tiene entre manos un problema de enorme gravedad y urgencia, y sin embargo dirige su mirada hacia un ámbito cultural que no solo forma parte de la tradición colombiana, sino que conserva un interés palpable. Lo demuestran las imágenes de la Feria de Manizales: la única feria colombiana que mantiene festejos consecutivos durante una semana completa y que, hasta su finalización hoy mismo, ha llenado los tendidos día tras día. Ese es el termómetro del interés social, más fiable que cualquier declaración o maquillaje mediático. También se celebró recientemente la feria de Cali, donde sin alcanzarse los mismos llenos, las entradas fueron más que dignas si se tiene en cuenta la capacidad de su plaza, superando las diecisiete mil localidades.

Pese a ello, Petro insiste en opacar el toreo mediante prohibiciones arbitrarias, en una cruzada cultural que contrasta con la magnitud del problema del narcotráfico. Es una paradoja difícil de justificar y que invita, como mínimo, a la reflexión sobre las prioridades del dirigente colombiano.

Pero no toda la responsabilidad procede de los gobiernos. La actitud del toreo español hacia América tampoco ayuda. Mientras los más modestos hacen el esfuerzo de cruzar el océano para sostener plazas como la de Manizales, algunas figuras deciden apartarse de estas ferias clave. Este año se esperaban con expectación los nombres de Roca Rey y Talavante, que finalmente quedaron fuera del cartel. Nadie duda de sus lesiones, pero cuesta no percibir una falta de esfuerzo para estar presentes en una feria que lo necesitaba. Más todavía cuando, en días previos a su compromiso, Talavante compartía en redes su asistencia a un concierto. Nada hay de reprochable en ello ni mucho menos, salvo quizá el descuido de lo que comunica una imagen pública en un momento delicado.

Las redes sociales son una herramienta útil, pero también un escaparate que exige coherencia. Cuando uno ocupa un lugar relevante dentro del toreo, la imagen y la responsabilidad pesan tanto como el capote y la muleta.

Manizales quedó desprotegida en lo que debía ser una feria de referencia, y volvió a evidenciarse algo que llevo tiempo señalando: España mira a América taurina con distancia, y sin esa implicación será difícil mantenerla viva. El resultado es visible: la reducción de festejos es abismal año tras año. Y basta una breve mirada al pasado para subrayar la magnitud de la pérdida. No hace tanto, los inviernos se vivían pendiente del “otro lado del charco”, donde las noticias y los festejos formaban un oasis cuando la temporada europea descansaba. Hoy apenas queda Aguascalientes, Guadalajara y alguna excepción aislada.

Qué pena pensar que aquello que nos alimentó un invierno tras otro se esté desvaneciendo entre prohibiciones, indiferencias y prioridades mal resueltas. América taurina se apaga, y cuando llegue el momento de lamentarse, quizá ya sea tarde.