Hace unos días, en realidad sólo unas pocas horas, tenía lugar la “presentación en público” de la nueva empresa de la plaza de Sevilla después de 93 años de omnipresencia (u omnipotencia) en La Maestranza de la familia Pagés y sus distintas generaciones (mira que hay que ser torpes para que te quiten a la niña más bonita del baile…).
La cita se resolvió con no tanta profundidad como algunos esperaban, aunque sí sirvió para bosquejar grosso modo lo que serán las líneas maestras de la temporada maestrante. En algunas de ellas hay que aplaudir sin ambages a José María Garzón, por ejemplo en el descuento del que ¡por fin! van a disfrutar los abonados y, sobre todo, en algo que a los aficionados al toro nos ha llenado de ilusión, como es la vuelta de La Venta de Antequera, que durante muchos años fue punto de encuentro para todos aquellos que querían conocer la presencia de los toros que días después serían lidiados en el albero sevillano. La verdad es que no sé la de años que esto lleva sin ocurrir, aunque mi memoria de adolescente se retrotrae a aquella corrida de Germán Gervás que sirvió para que en la preferia de 1985 tomase la alternativa el singular Antonio Camarena. Aquellos animales, nacidos en la sierra de Andújar, fueron desembarcados en la Venta de Antequera e incluso Telesur, filial por aquellas calendas de RTVE en Andalucía, hizo un pequeño reportaje del evento. Después de aquello, el compromiso de la familia Miura con la afición sevillana en alguno de los años ochenta les hizo llevar sus toros a la famosa Venta. Luego fueron pasando temporada tras temporada y, entre unas cosas y otras, no volvió a cuajar la idea de exponer las corridas allí. Por cierto, veremos a ver si después de tanto tiempo sin realizar lo que en tiempos fue costumbre Garzón, que supongo ya habrá tanteado el terreno con los ganaderos, no encuentra más obstáculos de los que imagina. Ojalá no sea así, porque ver esa Venta llena de toros será un espectáculo impagable.
Pero, como decíamos al principio del párrafo anterior, en la cita no se concretaron nombres, aunque por fuerza un par de ellos saltaron a la palestra. Uno fue el de José Tomás, ausente de Sevilla desde que la familia Canorea lo mandó simbólicamente a Senegal (mira que hay que ser torpes para ningunear a un tótem…). Garzón contestó al tema con absoluta sinceridad y quien haya visto alguno de los “festivales de luces”, que es como yo considero a las últimas corridas toreadas por el de Galapagar, convendrá en que sería casi milagroso que se enfrentase a competencia de plaza de primerísima y al toro de Sevilla. Aunque por soñar que no quede la cosa.
El otro gran nombre que se puso sobre la mesa fue, no podía ser de otra manera, el de Morante de la Puebla. Paradojas del destino, cuentan los mentideros que el primer gran valedor que tuvo José María Garzón a la hora de postularse a La Maestranza hace ya unos años fue José Antonio Morante Camacho, que por entonces no andaba muy a buenas con la empresa Pagés (torpeza al cubo…). Y ahora, cuando Garzón ha conseguido hacerse con el timón de la joya del toreo resulta que, a priori, no va a poder contar con el matador que, de estar en los carteles, se lo haría todo mucho, muchísimo más fácil.
Así que no es de extrañar que José María esté empleando toda su profesionalidad empresarial, y todas sus dotes de persuasión, para que Morante le diga “sí” a la temporada sevillana de 2025. De hecho, algunos rumores ya lo daban como seguro en esa fecha otrora emblemática que era el Corpus, teniendo en cuenta que la Feria de Abril de este año viene muy tempranera y, por tanto, sería demasiado pronto para la ansiada reaparición del de La Puebla, anhelada y deseada por tantos desde el mismo anochecer del pasado –e histórico- 12 de octubre de 2025.
Llegados a este punto habremos de convenir en que esa vuelta sólo será cuestión de tiempo. De que el reloj vaya marcando días, pero lo que todos tenemos seguro es que llegará. El problema es que el reloj de José Antonio Morante Camacho funciona a un ritmo distinto al del resto de los mortales. Y que durante estos últimos años quizá ha ido con la máquina más forzada de lo debiera.
No hay que olvidar, por ejemplo, aquella temporada de las 100 corridas, una cifra impensable hasta entonces en un torero de su corte, y que marcó su capacidad y su fondo, porque además de torear (y triunfar) en todo tipo de plazas, lo hizo anunciándose con todos los encastes actuales y con casi todas las ganaderías de primera línea, aunque si no me falla la memoria creo que su equipo de campo no llegó a embarcar, por ejemplo, ninguno de Cebada Gago, pero claro, es que los de “La Zorrera” son demasiado astifinos desde becerros…
Pero si mérito tuvo hacer cien paseíllos, mayor aun es conseguir, con 45 tacos y casi 30 de alternativa, convertirse en el máximo atractivo de todos los carteles de la temporada 2025 hasta el punto de que cuando llegó octubre sólo se hablaba de él. Es increíble para alguien que a principios de año y en aquella magnífica entrevista de Jesús Bayort para ABC dejaba entrever sus no pocas dudas, físicas y médicas, ambas anquilosantes, sobre lo que podría ser su temporada. Lo cierto es que no nos paramos a pensar en el grandioso mérito, pero mérito de verdad, que para una persona normal supone superar algo así, máxime para alguien que cada tarde tiene que enfrentarse a todo eso, y encima a la incertidumbre de los toros que le han tocado en suerte.
Por eso mismo lo de Morante en 2025 ha sido milagroso. Pero los milagros no ocurren con la frecuencia que los fieles quieren, ni mucho menos. Esta temporada pasada fue prodigiosa para él, empezando por romper aquella leyenda de que a los toreros de arte había que seguirlos veinticinco tardes para encontrárselos una. Morante le dio la vuelta a esa estadística como a un calcetín, y encima llenó plazas que no conocían un cartel de “no hay billetes” desde ni se sabe. Pero 2025 ya pasó. Hace un par de días Ignacio Muruve publicaba una entrevista con ese otro genio, en este caso de la brega y las banderillas, que es Curro Javier Amores donde contaba una interioridad de aquella postrera tarde en Las Ventas. Relata cómo Morante le decía a su cuadrilla “es que no puedo más, es que no puedo más, yo no puedo más”.
Así que aunque deseemos que llegue otro milagro en este 2026 (yo el primero) vamos a respetar el reloj de Morante. Y vamos a no pedirle una temporada tan intensa, ni en festejos ni regularidad, como las que estamos acostumbrados a verle últimamente. Si vuelve (que volverá) que toree cómo, cuándo y dónde quiera, que para eso se lo ha ganado. Y que lo haga sin presión, sólo para disfrutar y para volver locos a los que tenemos claro que Morante de la Puebla es uno de los mejores toreros de la historia. Pero mientras vuelve a ponerse un traje de luces (por cierto no se ha encargado ninguno nuevo, pero sí dejó tres o cuatro en la sastrería la temporada pasada pendientes de recoger) dejémoslo ser feliz a su manera, dejemos que su reloj, de momento, no marque las horas. Aunque si Garzón es capaz de convencerlo…nos pondremos a sus pies.

