Dice “nuestro” presidente del Gobierno que España va como nunca. Todo depende del cristal tras del que se mire, realmente. Nunca antes fue la vivienda tan cara. Nunca antes la corrupción había salpicado tan intensamente a una legislatura en nuestra Era Democrática. Nunca antes se había visto tal incompetencia al mando, tal desigualdad en la vivienda, tal desvergüenza de la clase política. Pero España va como nunca, porque el IBEX está en máximos históricos.
Entretanto, el 2026 se despereza. Primeras ferias, como la de Valdemorillo, últimos coletazos de la temporada americana, Morante exaltando en su Puebla, goteo de festivales repartidos por nuestra geografía y una retahíla de carteles que van viendo la luz.
Quieren dejar a los enanitos toreros de patitas en la calle. Parece que esta vez sí que están dispuestos a conseguirlo, no como en aquella intentona que se quedó en un susto, susto que no generó apenas reacción en el sector. Bien es cierto que no es un espectáculo que goce de la popularidad que tuvo antaño, no obstante, es una tauromaquia más, la cual a pesar de ser cómica, no entiende de bromas cuando el de los rizos sale al ruedo.
Maximino Pérez, que tan bien ha sabido hacer las cosas en tan numerosas ocasiones (los resultados le alaban) sacaba pecho el otro día vía X (antiguo Twitter) de la ausencia premeditada de las televisiones en su Feria de Illescas, alegando el “atractivo presencial” de las citas. Porque, está claro, alguien que quisiera acudir a la plaza se quedaría en su casa en caso de que se televisaran, y si no, recuerden el dicho: “los toros se ven mejor desde el sofá”.
La América taurina también va como un tiro, si no, que pregunten en México D.F, que colgó su último “no hay billetes” gracias a Kanye West (no les miento, yo también hubiera ido). La relevancia de los festejos brilla por su ausencia, allá por donde las figuras van a pasearse y los pitones a rendir culto al bello arte del rejoneo, con puntas como mangos de sartenes antiadhesivas. Manizales intenta resistir el aliento sobre las ruinas de una civilización superior (hablo sobre las temporadas de los años 90, no sean malpensados), pero le cuesta la misma vida entre trabas y trabas. De Venezuela mejor ni hablar. Perú sigue como estaba.
Ah, y la bendita meritocracia. Los golden boys en el cartel, los partidos de viejas glorias, de casados contra casados y sus respectivas mujeres. El banquillo tiene que estar bien calentito, y no les hablo de los juzgados, que también con más de uno. Calentito también se lo llevan, como nuestros beatos mandatarios, y cómo no, a expensas del currela de turno.
“Necesitamos una revolución, en los ruedos y en los tendidos. Precios populares, leña en el ruedo, televisión pública a mansalva y toros para todos, pero de verdad. Que volvamos a ser un problema.”
¡Bendito sistema!
A lo que voy. No fijarse en lo bueno –que lo hay, siempre lo hay– sería pecar de un pesimismo radical, que rozaría el talibanismo. Pero de eso creo haberles hablado bastante. No todos queremos bailar el agua, algunos queremos progreso. Pronto, y en la mano. El pastel cada vez es más pequeño, no hay ciego mas que el que no quiere ver, y los guantazos por las migajas cada vez son más grandes. Debemos reaccionar, morder al inmovilismo. Necesitamos una revolución, en los ruedos y en los tendidos, o acabaremos como Barcelona, como Cali, como la México. Claro que cada vez hay más jóvenes en los toros, pero hay que ser conscientes del motivo. España vive ahora mismo un «pendulazo» reaccionario que, aunque puede traer progreso en algunos aspectos, también puede suponer debacle en otros. Ese pendulazo, de idiosincrasia eminentemente ideológica, usa nuestra Fiesta, la de todos, como instrumento político. Tal y como utiliza la religión (no estoy majara, hasta el Papa León XIV se ha pronunciado al respecto), la estética, las tradiciones y, en definitiva, la identidad de las personas.
No hay que permitir que eso ocurra. Y ojo, no creo que se deba hacer la guerra a dichos signos políticos (bastante tenemos ya con quienes nos quieren muertos). Pienso firmemente que hay que ser más listos que ellos. Ver este contexto sociocultural como una oportunidad, y aprovecharla. ¿Que me llenas las plazas de jóvenes por el viva España? Estupendo. Los pienso sacar de aquí con ganas de volver con más aliciente que el vaso –tan necesario en esto, no seamos puritanos– y sobre todo, educados en lo taurino. Todo lo contrario será pan para hoy y hambre para el mañana que mate las modas. ¿Cómo lo hacemos? Precios populares. Alicientes en el ruedo. Tauromaquias atractivas, pero no basadas principalmente en el ñoñerío (que habrá a quien le guste, y tiene que haber de todo), sino en la leña. Heavy metal. Televisión pública a mansalva. Toros para todos, pero de verdad. Que se asusten de veras con nosotros, que volvamos a ser un problema.
En definitiva: podemos sacar índices de audiencia, datos de abonados jóvenes, nombres nuevos que ilusionan en el escalafón, para sacarnos a relucir a todo lo que dé. Y eso siempre será necesario en la guerra contra el enemigo. Pero tenemos, todos y cada uno de nosotros, que ser conscientes. De que tenemos un deber. Defender la Fiesta, y déjense de eslóganes. Menos teoría y más práctica. Peguemosle una patada al inmovilismo.
Conquistemos.

