Chimpón. Sumidos aún en el jet lag de los farolillos, lo ocurrido se torna memoria en una nebulosa de pañuelos blancos, gintonics, clarines, volantes y cornadas. La Iª Feria de Abril d.G (después de Garzón) ya ha expirado, sin dejar a nadie indiferente por el camino.

Empezar hablándoles de Morante se hace ya costumbre, y a pesar del éxtasis causado por enésima vez por parte del cigarrero en los tendidos de Sevilla, en los que tuve la suerte de encontrarme, se me hace hasta cansino seguir escribiéndoles sobre él. Hasta hablarles. No pasó un día sin que, al llegar al Real de la Feria, hubiera quien me mentase su nombre. Y no crean que le estoy cogiendo tirria, créanme. Yo mismo me arrojé como uno más al albero de la Maestranza para procesionar con él hacia donde quisiera (o pudiera) su parroquia, que a pesar de tornarse legión, no fue capaz de sobreponerse a una “autoridad” completamente incompetente. No le estoy cogiendo manía, no. Simplemente no sé qué más decirles ya. Las palabras son limitadas, las frases se terminan. Lo que él hace no.

Escribirles más sobre Morante es hacerles más visible mi ingenuidad, de la que soy más consciente a cada lance que promulga. Él, ya más venerable que muchos beatos, no torea: predica. Pretende dejarnos un legado, que no es otro que el de la Tauromaquia en sí, sin dejarse nada. Y no creo que logremos ser conscientes del todo. Ni los que estaban, ni los que han ido llegando. Sólo espero que tenga una pronta recuperación, y que a su maldita cornada, la peor, la de la cabeza, no se le salten los puntos de nuevo.

Precisamente de tabacos se habló en las barras de las casetas con recurrencia la pasada semana. No fue para menos: los dos toreros más relevantes (uno por ser el que manda en esto y el otro por mediático, ustedes sabrán quién es quién) del escalafón pagaron su tributo en sangre. Ambos pudieron salir mucho peor parados, menuda temporada se nos hubiera quedado. Será que a Dios le gustan los toros. Y que los empresarios se hartan de rezar.

No sabría decirles con certeza si bajó en demasía el trapío de los animales presentados respecto a los de la temporada pasada en el coso del Baratillo, lo que puedo asegurarles sin miedo a equivocarme es que pisaron su redondel animales indignos para el mismo. Se puede llegar a entender que el empresario deje cierta cancha a los ganaderos para que hagan lo suyo y tiren antes de reatas que de misiles (yo prefiero las pavías de bacalao igual que El Pali que en Gloria esté), pero sin faltarle a Sevilla. Ahora bien, a la vista está que a priori, esta manera de plantear las cosas en lo ganadero funciona, y si no, fíjense en el juego de los toros de esta Feria. Ahora bien, por mí, que Núñez del Cuvillo y Juan Pedro Domecq no vuelvan. Vaya fiasco. Honores, eso sí, al Parralejo (un año más), Fuente Ymbro, Santiago Domecq, Talavante (menuda novillada para los chavales), y les diría incluso Matilla, pero non parlo il sicilianu por mucho que embistan. Habrá que baremar la presentación de cara a la próxima temporada, pero balance con luces muy reseñables.

Y los jóvenes, ¡benditos jóvenes! Fabio Jiménez y Aarón Palacio son el gusto, el toreo fundamental que aunque necesite pulirse apunta cosas tan grandes. Víctor Hernández estuvo más que a la altura de una tarde en la que, si no era protagonista en un principio, demostró su hambre por serlo, con el estoicismo tomasista por bandera, impresa su personalidad. Aun siendo novillero,de todos estos noveles, quien más impacto causó en mí sin duda fue Emiliano Osornio. El mexicano mostró un poso y un sabor prácticamente inauditos en el escalafón inferior. ¿Cómo vas a ser gitano habiendo nacido en Toluca? El bronce brota donde le da la gana. Algo tenía que tener este muchacho para que el mismísimo Curro Vázquez se fijara en él. Hay futuro, hay ilusión. Hay que seguir a estos toreros.

Novedades aparte, hay otros que han podido reafirmar lo que ya sabemos. David de Miranda, que tiene un hambre desmesurada. Bien es cierto que necesita aún cierto poso, no pude evitar verle algo acelerado con el mejor toro de la Feria, “Secretario”, de El Parralejo, que embestía como un maldito tejón. Toro de vacas, si me preguntan. De los de verdad. Ese hambre le bastó para abrir la Puerta del Príncipe por segundo año consecutivo. Diego Urdiales, por su parte, dejó una de las faenas del serial, de la que pocos se quisieron enterar en esa misma tarde. Con razón es el torero de Romero. Si hubiera nacido en Triana hubieran tocado hasta las campanas de la Giralda, pero así de ombliguista es el sevillano promedio una y tantas veces. Queremos justicia.

Con Borja tengo sentimientos encontrados. Ha toreado estupendamente, pero le ha faltado la rúbrica de la espada. Arrea que pone a temblar a cualquiera del escalafón, pero sus posibles triunfos terminan por diluirse. Se encontró con dos tardes exigentes, pero tardes en las que podría haber descerrajado la Puerta del Príncipe por lo que tuvo entre manos, y no lo consiguió. Debe redondear. Le queda Madrid, ojalá no le pese, porque tenemos a un posible mandón de esto frente a nosotros. Por otra parte, no puedo evitar sentirme un tanto decepcionado con Aguado y Ortega. Ojalá cada uno de ellos tuviera la mitad de hambre que los Jiménez, Miranda, Escribano, Hernández y demás. Nos frotaríamos las manos. Sería injusto negar el mérito de sus maneras en esto del toreo, al igual que no sería coherente admitir que con el rodaje adquirido en estos años se han provisto de mayor cuajo y poso.

Pero qué quieren que les diga, de detalles no se vive. Rara vez los veremos acartelarse con un hierro que se salga del sota-caballo-rey, y aunque no les pida una de Miura, qué quieren que les diga: denotan falta de ambición. Si de verdad quisieran –ya no les digo mandar en esto, sino darle máxima expresión a su toreo– se apuntarían a otro tipo de corridas, ni mucho menos toristas, pero que ofrecen oportunidades. Claro que de vez en cuando sale el toro que molesta, pero ¿acaso no es mayor la dicha cuando sale el que te pone a torear?

No quiero banquillo para ellos, ni mucho menos, pero quiero que muerdan de una vez por todas. Tienen aptitudes para ser el futuro taurino de nuestra ciudad, que tan necesitada estará cuando nos falte José Antonio.

En definitiva, esta Feria ha dado mucho que hablar. El modelo de Garzón, empresarialmente, funciona (no recuerdo tantos llenos o casi llenos en muchos años). El aficionado, salvando ciertos puntos a mejorar, está más contento. Ahora que el empresario sevillano ha tomado las riendas de esto, y con la cancha suficiente para maniobrar, se debe progresar más aún de cara a la próxima temporada. Si quiere, puede hacerlo. Ojalá que quiera. Porque cada vez más somos los que queremos ver toros. Los que queremos hablar de toros, los que queremos aprender de toros. Qué pena que se haya acabado la Feria, con lo que hemos hablado de toros en ella. Gracias a Dios que aún nos quedan los recuerdos, y las barras de bar. Ah, y albero en los zapatos.