La Feria de San Jorge 2025: cuatro tardes para medir el pulso a La Misericordia

La Feria de San Jorge 2025: cuatro tardes para medir el pulso a La Misericordia

La Feria de San Jorge 2025 dejó en Zaragoza un ciclo desigual, intenso por momentos y áspero en otros, en el que la afición pudo tomar el pulso real al momento que atraviesa la plaza. Cuatro festejos marcaron un recorrido completo: desde el impulso de la novillería local, pasando por la seriedad del toro, hasta la crudeza de una última tarde que acabó convertida en un auténtico vía crucis ganadero y organizativo.

El mano a mano local que abrió la puerta grande a Palacio

La feria arrancó con el choque más esperado: el mano a mano entre Aarón Palacio y Cristiano Torres, ambos maños y con ambiente. La tarde tuvo lo que el público buscaba: verdad, empuje y perfiles distintos.

Palacio confirmó que lo suyo no es casualidad. Tres orejas, dimensión de novillero rodado y capacidad para templar sin perder expresión ante una novillada noble de Hnos. Sandoval que, pese a falta de mayor empuje global, permitió ver faenas compactas, especialmente a su primero y tercero. La plaza se levantó con el novillo de la jotica en último lugar, al que Palacio saludó de rodillas y al que mató de estocada hasta la bola tras un tercio de varas muy ovacionado de Manuel Jesús «Espartaco».

Torres estuvo intenso, firme y entregado. Esculpió tres faenas distintas y de alto voltaje emocional, pero la suerte suprema le negó una tarde grande. Cortó una oreja al tercero y pudo haber salido en hombros de haber acertado con los aceros. Fue, sin duda, la gran confirmación de que la novillería aragonesa atraviesa un momento dorado.

Villamarta trajo seriedad… y también frenos

El segundo festejo puso sobre la arena a Villamarta y a una terna contrastada: Paco Ureña, Ginés Marín y Fernando Adrián. Si algo quedó claro desde el principio fue la seriedad del encierro, con cuajo, defensas y presencia, pero con desigualdades internas que marcaron el desarrollo del festejo.

El más perjudicado fue Adrián: un gran toro en segundo lugar le abrió las puertas del triunfo, pero el mal uso de la espada apagó la petición de oreja. En el quinto, inválido y protestado, no tuvo opción.

Ureña, siempre en su sitio, se estrelló con un lote que no tomó vuelo en ningún momento y acabó con la tarde a contrapelo.

Marín, en cambio, firmó los muletazos de mayor clase del festejo: su faena al sexto, especialmente al natural, puso al público de acuerdo y dejó una vuelta al ruedo que supo a poco.

La novillada de Montealto: monte y arena pero sin raza

El tercer capítulo del ciclo fue el más anticlimático en lo artístico: Montealto llegó a La Misericordia y se apagó pronto. Mansedumbre, falta de raza y embestidas sin entrega marcaron el tono. Ni Marco Pérez ni Javier Zulueta pudieron desplegar su mejor concepto, salvo en un caso excepcional: «Puchero».

Ese sexto utrero, bravo en varas y con transmisión, se fue para arriba en la muleta de Zulueta, que brilló sobre todo al natural. Tras ser alcanzado al entrar a matar, el sevillano se levantó y paseó una oreja de ley, mientras el novillo se fue aplaudido. Fue el único destello de una tarde pesada que exigió afición y paciencia en los tendidos.

Marco Pérez, que debutaba en Zaragoza, dejó voluntad y dignidad, pero su lote no quiso pelea. Una vuelta al ruedo fue su balance.

La tarde final: bronca, mansedumbre y un cierre bochornoso

La última tarde fue la más difícil de narrar y la más amarga para la feria. Tras rechazarse la corrida titular de Julio de la Puerta, el coso terminó lidiando ocho toros del mismo hierro salmantino (Castillejo de Huebra y José Manuel Sánchez), con devoluciones, mansedumbre y escenas impropias de una plaza de primera.

El encierro fue una mansada de manual, sin clase ni entrega, con toros devolviéndose, entrando y saliendo de corrales y provocando hasta tres avisos y desarmes reglamentarios que dejaron la tarde al borde del caos. El episodio más duro llegó cuando el sexto, devuelto, tuvo que pasar por encima del cadáver de su hermano muerto en el túnel. Una imagen que en plena plaza de Zaragoza dejó una herida en la mirada del aficionado.

Con Galván se fueron los tiempos al límite y los avisos al máximo; Borja Jiménez dejó la única faena seria del festejo al quinto; Barroso plantó cara en medio del desorden. Pero al final, la bronca fue inevitable: protestas, pitos y sensación de cierre amargo.