Cuando la feria parecía condenada a diluirse entre la mediocridad y el desaliento, Salento apareció para recordar qué es —y qué debe ser— una corrida de toros. El hierro de “Tuco hijo” y Mauricio González Rincón, herederos de la más pura prosapia Santa Coloma colombiana, cerró la Feria de Cali con honores ganaderos, salvando la categoría de la plaza y, por momentos, la fe de la afición.
Trapío serio, romana cumplida, bravura sostenida en los caballos y una nobleza exigente fueron las credenciales de un encierro cárdeno, parejo, bien presentado y con un promedio de 506 kilos. De salida fueron ovacionados todos salvo el tercero; en el arrastre, primero, segundo y cuarto recibieron palmas, y el sexto, “Mochuelo”, número 280, de 470 kilos, fue premiado con la vuelta al ruedo. El defecto común, el pando fondo. Todos fueron a menos, incluso el bravo cierraplaza, pero dejando huella.
Fue Santa Coloma puro: degollado, cuajado, encastado, sabihondo y con edad que, aunque presuntamente cuatreña, quedó envuelta en la polémica por la negativa de la empresa a cumplir el reglamento y exhibir la fecha de nacimiento de los toros, tal y como marca el artículo 33 del Reglamento Taurino Nacional.
Pero Salento no solo trajo toros: trajo memoria. La memoria de una familia, de generaciones que han escrito páginas gloriosas en Cañaveralejo. González, Piedrahita, Caicedo, Rincón… y, más atrás, la sombra señorial de Enrique de Queralt, conde de Santa Coloma. Abolengo, solera y resistencia ganadera en tiempos en los que la fiesta colombiana vive sus estertores, resistiendo desde parajes como el valle del Cocora.
Desde el Quindío llegaron, en última y oportuna hora, para rescatar la feria, justificar la categoría de la plaza y sostener el orgullo de una afición que, aun mermada en número —apenas un tercio del aforo—, supo reconocer la verdad del toro.
El sexto, “Mochuelo”, fue el epítome del encierro. No se dejó engañar ni de salida ni en los quites. Empujó con codicia en el monopuyazo, persiguió con fiereza en banderillas y, en la muleta, fue un toro bravo al toque, galopador, exigente, con motor y hambre de pelea. Pidió todo y no recibió casi nada. Cuatro tandas por debajo de su condición, sin mando ni rima. Hasta fue colocado de forma ventajista para una noria inmerecida. Cuando decidió pararse, ya había impuesto su ley. La estocada fue baja, eficaz e injusta; la vuelta al ruedo, tardía y casi expiatoria.
Mientras tanto, el ganadero resumía en un mensaje privado lo que la plaza ya había gritado: “Me gustaron el segundo y el cuarto”. Toros que desbordaron a sus lidiadores y pusieron a la plaza en pie con el grito más sagrado: ¡Toro! ¡Toro!.
Fue, en esencia, una corrida de toros más que de toreros, como debe ser. Del cartel trinacional, el colombiano José Arcila quedó en deuda. Luis David Adame se perdió en folclorismos con el segundo y se agarró al quinto con valor, matando recibiendo —bajo— para cortar una oreja con la complacencia de un palco recreacionista. Jesús Enrique Colombo, héroe europeo, optó más por el populismo que por el rigor. Aun así, los dos últimos cruzaron una Puerta Grande que otros, antes que ellos, habían merecido con mayor fundamento.
Murió la corrida. Murió la feria. Y la banda seguía tocando, como en el Titanic, mientras el barco se hundía tras chocar con el iceberg de la Ley 2385 de 2024, “No más olé”, empujado por el viento helado de la política.
LA RESEÑA
Plaza de toros de Cali (Colombia) || Quinta de la Feria de Cañaveralejo 2025
Entrada: Un tercio de plaza.
Se lidiaron seis toros de Salento, entipados, encastados, nobles, aunque de poco fondo. Al 6º “Mochuelo” se le dio vuelta al ruedo.
- JOSÉ ARCILA, silencio y división;
- LUIS DAVID ADAME, silencio tras aviso y dos orejas;
- JESÚS ENRIQUE COLOMBO, silencio y dos orejas;
Incidencias: Al término de la corrida, salieron a hombros por la “Puerta señor de los Cristales (dos orejas en un toro), Luis David Adame, Jesús Enrique Colombo y el ganadero Mauricio Rincón.

