La primera comparecencia de La Quinta en el abono dejó una corrida sin fondo, sin entrega y demasiado apagada para una plaza como Madrid. Sólo el sexto rompió de verdad hacia adelante y permitió que la tarde respirara. Mientras, Luque volvió a tragarse lo más ingrato del sorteo y Rufo encontró al final el único toro con alma de triunfo.
La corrida de La Quinta dejó esa sensación incómoda de las tardes que nunca terminan de arrancar. Una corrida espesa y por momentos desesperante, donde casi todo ocurrió a medias. Hubo nobleza, pero vacía, sin transmisión ni emoción. Toros que pasaban sin entregarse, embestidas desfondadas y una constante falta de raza que terminó pesando demasiado en el desarrollo del festejo.
Desde el primero empezó a verse por dónde iba a caminar la tarde. Un toro suelto, sin fijeza y siempre descomponiendo los muletazos con tornillazos y derrotes que impidieron a Perera encontrar continuidad. Quiso someterlo por abajo y llevarlo cosido en los medios, pero aquello nunca tuvo ritmo ni verdad suficiente para coger vuelo. Y el cuarto terminó de confirmar las malas sensaciones de la corrida: otro animal soso, descastado y sin una pizca de entrega. Imposible construir emoción así.
Daniel Luque fue seguramente quien antes entendió el tipo de corrida que tenía delante. Ya en el segundo dejó detalles de mucho gusto con el capote y buscó siempre empujar hacia adelante a un toro que se iba apagando poco a poco. El sevillano quiso hacer la faena que la corrida no permitía hacer. Y ahí estuvo gran parte de su mérito durante toda la tarde.
Pero fue el quinto el que terminó retratando definitivamente el envío de La Quinta. Un toro incómodo, de peligro sordo, que no humillaba con claridad, que medía mucho en el embroque y al que le costaba un mundo pasar. De esos animales que no dicen nada al tendido pero sí muchísimo al torero que tiene delante. Y Luque tragó una barbaridad. Aguantó miradas, parones y tornillazos hasta arrancarle incluso alguna serie de mucho mérito sobre la diestra, encajado de riñones y tirando del toro con una firmeza tremenda. Fue una labor de mucho más contenido del que pareció por momentos.
Hasta entonces, la corrida parecía condenada a irse apagando lentamente. Pero apareció el sexto y cambió el paisaje. “Carretero” fue otra cosa. El único toro del envío que tuvo dentro transmisión, humillación y esa inercia ‘gateando’ que permite al torero sentirse y expresarse.
Rufo lo entendió rápido desde el inicio por abajo, mandón y con intención, y a partir de ahí la faena creció mucho. El toro fue cada vez a más, gateando detrás de la muleta y entregándose especialmente al natural, donde llegaron los pasajes más rotundos de toda la tarde corriéndole la mano con largura. Ahí sí rugió Madrid porque por fin estaba ocurriendo algo de verdad. Había emoción, ritmo y conexión. Lo que la corrida había negado durante casi dos horas. La espada volvió a dejar todo en silencio cuando el posible trofeo parecía estar ahí. Y quizá eso terminó de resumir una tarde que siempre caminó cuesta arriba.
La Quinta hacía su primera comparecencia en el abono con expectación y dejó una corrida demasiado apagada para Las Ventas. Sólo el sexto salvo en el envío del hierro cordobés en una tarde donde Rufo encontró el único toro de verdad y donde Luque volvió a dejar ese poso de torero firme y poderoso que nunca se deja ir aunque delante no ocurra nada. Perera, mientras tanto, quedó atrapado en la parte más deslucida de una corrida imposible de encender.







