No parece que haya pasado tanto tiempo, pero hace ya seis años de aquella pandemia que cambió el paso al mundo entero. Y, por supuesto, afectó a todas y cada una de las actividades que hasta aquel día de marzo en que el gobierno optó por algo parecido a “sálvese quien pueda”, encerrándonos a todos en un confinamiento que a ratos rozó lo absurdo en su normativa, desarrollábamos con lo que hasta entonces era verdadera normalidad, y no la “nueva normalidad” (vaya términos se acuñaron para enmascarar la realidad) a la que nos abocaron apenas semanas más tarde.

Sufrieron todos los sectores, absolutamente todos. Pero, quizá por conocimiento más cercano, estimo que uno de los que peor lo pasó fue el de la ganadería brava. De pronto aquello se paró, y encima no lo hizo progresivamente, sino en seco, sin dar tiempo a tomar medidas que pudieran paliar, aunque sólo fuera un poco, el batacazo económico que les llegaba. Sin lugar a dudas, en todo el ámbito de la Tauromaquia fueron los ganaderos, sobre todo aquellos que basaban su mercado en la lidia de corridas de toros, quienes soportaron el peor trago. Y explico los motivos.

El toro bravo, cuatreño o cinqueño lleva, como su nombre indica, cuatro o cinco años en el campo, de los cuales por lo menos los dos últimos es cuando causa un gasto verdaderamente elevado a su criador. Esas dos temporadas postreras, sobre todo la última, es cuando las ganaderías de postín hacen el esfuerzo definitivo para que un animal llegue perfectamente rematado a una plaza de categoría, tanto en trapío como en perfectas condiciones físicas y sanitarias. Eso, hablando en plata, cuesta una pasta, a la que hay que añadir las bajas (que en algunas vacadas no son pocas) producidas en las peleas, porque cuando el toro se encuentra fuerte y hecho hay días que se pone a la gresca hasta con su sombra.

Pero, hete aquí que en marzo de 2020, cuando todo ese gasto estaba hecho, cuando todo estaba preparado para empezar a embarcar Valencia, el mercado quedó en vía muerta. Se esfumó. Es más, durante bastantes semanas las informaciones que nos daban eran tan alarmistas que parecía que ese año no se iba a dar ni un solo espectáculo taurino. Así que una inversión de casi cinco años hecha en multitud de casas ganaderas se iba al garete. Las decisiones (y consecuencias) inmediatas fueron absolutamente horribles y, en algunos casos, dantescas. Porque, que a nadie se le olvide, el toro bravo es un “producto perecedero” y tiene “fecha de caducidad” marcada por el momento en que cumple seis años.

Así que llegó una reducción de animales en las ganaderías que, salvo en muy contados casos, fue brutal. Muchas vacas que hasta entonces habían sido vientres en su hierro viajaron camino del matadero, incluso acompañadas de la última cría parida, apenas un becerro que todavía estaba mamando de sus ubres. En primera persona las he visto cargar, al igual que camadas casi completas de erales, utreros y toros, algunos vírgenes, con destino a la muerte infame que para un animal bravo es el perno en la oscuridad de un oscuro destazadero. Otros tuvieron más suerte, o menos desesperación por parte de sus ganaderos, y por lo menos se les dio la oportunidad de ser tentados en el campo, quedándose como sementales los que dieron un juego excepcional.

Hablo de desesperación ganadera, y para comprender este término hay que ponerse en la piel de esos hombres que ya sufrieron la crisis de 2006 o la inmediatamente posterior de 2009, donde el precio de mercado cayó por los suelos, mientras el de las materias primas y la mano de obra necesaria para mantener una explotación ganadera no hacían más que subir. Muchos tiraron la toalla, hastiados, en aquella tremenda criba, así que los que afrontaron la pandemia después de haber vivido anteriormente aquello tomaron rápidamente medidas drásticas, sobre todo los que viven la ganadería como actividad y sustento económico principal. Otros, con la cartera mucho más holgada, lo cual hacía que no tuvieran que depender del campo para salvar las cuentas, aguantaron mejor e incluso algunos lograron no eliminar ni un solo ejemplar de los cercados.

Pero fueron los menos porque casi todos, en mayor o menor medida, redujeron el número de animales en sus respectivas explotaciones. Eso, que en primera instancia es un drama, con el paso del tiempo ha significado, sin embargo, algo positivo (lo único de todo aquello) cuyas consecuencias empezamos a vivir ahora, seis años después, cuando están lidiándose las primeras camadas hijas de los animales supervivientes de aquella escabechina.

Hasta que no hemos empezado a ver en las plazas esos animales que nacieron a partir de la primavera de 2021, y sobre todo en el otoño e invierno siguiente, productos de los primeros lotes de cubrición hechos durante y tras la pandemia, todo eran incertidumbres sobre qué pasaría. Lo que sí estaba claro es que el número de ejemplares con destino a las plazas o al festejo popular iba a ser menor, lo cual beneficiaría al ganadero porque, no nos olvidemos, la Tauromaquia, como cualquier actividad lúdica, se rige por la ley de oferta y demanda. Al bajar la primera indefectiblemente los precios subirían, como así ha sido, lo cual supone ¡por fin! un balón de oxígeno para el gremio ganadero. Pero ese contar con menos efectivos en los cerrados supone, a la vez, un inconveniente, sobre todo en las grandes ferias, reflejado a la hora de poder encontrar y sobre todo igualar un número de toros suficientes y con el trapío adecuado para asegurar que haya cuantos menos problemas mejor a la hora del reconocimiento. Y ese es un melón que todavía está por calar.

Lo que sí más o menos todos intuíamos es que, hecha la reducción, los ganaderos se habrían quedado con la crème de la crème, o sea, sólo aquellos animales de nota, reata y hechuras impolutas, imposibles de quitar de ninguna de las maneras. Y acertamos en la intuición, porque hay que ver la cantidad de animales bravos de verdad que llevamos vistos no sólo en la temporada 2025, sino en esta de 2026. Es impresionante el porcentaje de toros que embisten en cada corrida, y no hablamos ya de plazas menores, sino en ferias de gran categoría. Ahí está el recién terminado ciclo abrileño de Sevilla, que ha dejado un puñado de animales para el recuerdo que, a su vez, han propiciado faenas inolvidables. Pero es que acabada la feria andaluza ha llegado San Isidro, sin lugar a dudas el fielato más exigente, el más complicado para cualquier ganadero, donde triunfar no es ni mucho menos algo fácil ni al alcance de cualquiera.

Pues bien (estas líneas se escriben horas antes de la novillada de “Montealto” que se lidiará el martes 12 de mayo) en cada una de las tres corridas de toros jugadas hasta ahora han salido toros muy importantes. A saber, el día de Núñez del Cuvillo saltó un superclase llamado “Ganador” (reata de la mejor línea de sementales de la casa) que sirvió para “resucitar” a Talavante, pero es que después de él salió uno tela de encastado, de pelo jabonero y llamado “Encumbrado”. El domingo la de “La Quinta” decepcionó, pero en sexto lugar vimos un ejemplar que valió por toda la corrida. Se llamó “Carretero”, era cinqueño y, como anécdota, se trataba del toro que habían dejado de sobrero en Bilbao, allá por agosto pasado, el día que se indultó a “Tapaboca”. Por último Conde de Mayalde se entretuvo en echar dos lotes para abrir la puerta grande, con un animal estrella que atendía por “Enarbolado”, y que fue uno de los toros de los que nos acordaremos cuando llegue la hora de hacer balance de los mejores de la temporada.

Ese es el legado que están dejando “Los hijos de la pandemia”, pero que nadie olvide de que todo esto se lo debemos a que un puñado de valientes, que son los ganaderos, no buscaron el camino fácil, que habría sido deshacerse de todo cuando venían tan mal dadas. Al contrario, perseveraron, sufrieron, perdieron (sobre todo dinero) y finalmente sacaron a flote lo que es una forma de vivir a través de una maravillosa pasión que no es otra que criar toros bravos. Vaya para ellos mi infinito respeto y reconocimiento.