Hay cosas que parecen imposibles. Pero no lo son. En absoluto. En realidad, son más fáciles de llevar a cabo que otras muchas que vemos bajo el prisma de la cotidianidad. Una de estas cuestiones, que se antojaba absolutamente imposible hasta hace no muchos meses, era que en Sevilla volvieran a ponerse de manifiesto los toros en la Venta de Antequera. Vamos, es que la última generación de la empresa Pagés que estuvo al frente de La Maestranza pienso que ni conocía realmente la ubicación de dicho lugar. Y al bueno de don Diodoro Canorea Arquero le vino de lujo que, creo recordar que por motivos de mantenimiento del recinto, los toros dejasen de exponerse allí. Claro, que aquellos eran otros tiempos, muy distintos a los actuales, en lo que al manejo del bravo se refiere. Pero de eso hablaremos más adelante.
Durante años hubo tres espacios que eran verdaderos edenes para los aficionados. Estaban situados en Madrid, Sevilla y Valencia, y todos llevaban por delante de su nombre “Venta de…”. Eran, respectivamente, la del Batán, la de Antequera y la del Saler. Allí, en tiempos donde era harto difícil el poder pisar una ganadería de lidia, la gente tenía la oportunidad de disfrutar, a pocos metros, de la presencia del toro bravo. Ese mismo del que, apenas días después, tendría ocasión de ver el juego que daba en la plaza. Yo, por edad, sólo he podido estar en la Venta del Batán. Hace ya muchos años de aquello, pero recuerdo los corrillos de aficionados haciendo apuestas entre ellos sobre qué toro embestiría y cuál no, tratando de auscultar en las miradas, hechuras y expresiones de aquellos animales cuál sería su comportamiento en la plaza. Se juntaban gentes de todas las edades, desde chavales muy jóvenes hasta insignes veteranos que llevaban escrita en sus ojos toda la historia de Las Ventas.
Hay que apresurarse a aclarar que en esa época, hablamos de hace más de un cuarto de siglo, la relación del aficionado de a pie con el toro bravo era muy distinta a la de hoy. Entonces no existían las visitas guiadas a ganaderías con la profusión de hogaño, que permiten a cualquier persona cruzar las cancelas de las fincas y visitar hasta el último cercado. En aquellos tiempos, o tenías amistad con un ganadero, o con los toreros que iban a tentar, o lo más cerca que podías ver un toro era de cercas para fuera, en las fotografías de las revistas o en reportajes de televisión. Nada más. De ahí ese halo de grandeza que emanaban no sólo esas tres ventas, santuarios del toro bravo, sino cualquier desenjaule, manifiesto o apartado público.
Sin embargo, a pesar de la grandiosa labor que aquello hacía entre la afición, poco a poco fueron cayendo una detrás de otra. Primero, la del Saler; luego, la de Antequera; y, finalmente, aunque pareciera increíble, la que siempre gozó de mayor caché, fuerza y arraigo popular, el Batán de Madrid. La dejaron morir de olvido, que es la peor muerte para algo que durante muchísimos años estuvo en el corazón de tantos y tantos aficionados. Las razones aducidas fueron, las más de las veces, peregrinas, mientras las temporadas iban pasando sin que las corridas de San Isidro apareciesen por la Casa de Campo porque, según parece ser, muchas circunstancias lo desaconsejaban. Eso sí, no hace tanto, en 2022, los “quijotes” de 3 puyazos volvieron a llevar los toros al Batán, que para esas alturas llevaba nada menos que 18 años cerrado. Y, posteriormente, algún ganadero ha consentido desembarcar sus toros allí, pero ha sido de forma puntual, y en determinado caso, no exento de picaresca, reservándose en el campo para traer, por detrás, los animales que verdaderamente tenía pensado lidiar. Ah, y por supuesto el Batán no ofrecía ninguna de esas circunstancias negativas que según parece impedían su apertura para, sin embargo, ser depósito de un puñado de sobreros que iban y venían de Las Ventas como si formasen parte de una excursión de chinos y que, en determinados casos pasaron en sus corrales incluso temporadas completas.
Llegados a este punto otra de las cosas que se deduce es que bastantes ganaderos están en contra de la exposición previa de los astados reseñados para las grandes ferias antes de su lidia. Uno de los motivos mencionados (sottovoce) es que si los muestran se crea un juicio previo hacia el trapío de los toros que, sobre todo en el caso de los que andan justos de presencia, puede jugar a su favor en el reconocimiento veterinario, argumento más que aceptable vista la intransigencia de algunos. Sin embargo, con los expuestos en la Venta de Antequera no ha ocurrido este problema, quizá porque en Andalucía existe la figura del señalamiento previo, merced a la cual el equipo que actúa la tarde de determinada corrida va a verla antes al campo. Por cierto, me cuentan que en algunos de estos señalamientos de este año se están produciendo auténticas escabechinas. Pero eso hace que luego los problemas en el reconocimiento de la plaza sean mínimos. Además y, curiosamente, hasta el día de hoy los animales más medidos de trapío que se han lidiado en la feria de Sevilla han sido la corrida de Garcigrande por Resurrección y, más aún, el sobrero de Murteira Grave que saltó el pasado domingo. Ninguno de ellos pasó por la Venta de Antequera.
Otros alegan que tanto trajín no es bueno para el toro. Tal argumento sería más que admisible en la época donde comienza este relato, hace 30 años, cuando el toro bravo era un animal mucho más “salvaje” de lo que es ahora mismo. En aquellos tiempos el becerro se manoseaba el día del herradero… y poco más, a no ser que sufriera algún accidente en el campo y hubiera que tratarlo. Si no era así, hasta el día del embarque no volvía a tener contacto directo con la mano humana. Hoy en día, desde que es becerro hasta el día que se monta en el camión ha pasado por vacunaciones, saneamientos, desparasitaciones, colocación de fundas y retirada de las mismas… en fin, una sucesión de manejos que le han quitado fiereza en el trato, curiosamente a la par que ha subido su bravura y duración en la lidia.
Hay otra parte que esgrime un argumento bastante peregrino, el de las bajas que se pueden producir por peleas en estos corrales situados en la ciudad. De hecho, las imágenes difundidas en X por Jesús Bayort de la pelea entre dos ejemplares de Fuente Ymbro parecen cargar de razón a quienes sostienen esta opinión. Pero… ¿acaso los toros no se pelean el campo? Sí, está claro que la extensión de un cerrado –y con ella la defensa de un toro pegado a la hora de huir- es mucho más amplia en la finca, pero también es cierto que en los corrales de cualquier plaza este espacio es mucho más reducido, y que también se pegan ahí, al igual que en el laberinto de cortinas y alares de cualquier embarcadero en cuanto empiezan a calentarse. Por cierto, se ha hablado mucho de esa pelea entre los pupilos de Ricardo Gallardo, pero nada de lo tranquilos que, al otro lado de esa pared, estaban los de Alcurrucén, con algún toro plácidamente tumbado como si estuviera sesteando en un cercado de “El Cortijillo”. Eso sí, de cara a otros años sería conveniente la instalación de sombras para los animales, porque cuando el sol aprieta en Sevilla… no es precisamente una maravilla para nadie.
Dicho esto, supongo que queda patente que quien escribe estas líneas es firme defensor de lugares como la Venta de Antequera o la del Batán. Entre otras cosas, porque la cercanía con el toro provoca que se le tenga respeto. Aún más del que ya de por sí despierta un animal bravo. Y hace, por lo menos a mí, tenerle una admiración superior al torero, porque viéndolos a pocos metros uno imagina lo que tiene que ser citar a un torazo de esos y verlo venir teniendo como defensa únicamente un trozo de tela… y el valor para pasarse aquello cuarenta veces por la faja.
Eso sí, si vuelven a abrir la venta del Batán, por favor, que esté tan limpia, curiosa y cuidada como la de Antequera, en la que, como diría uno de esos sevillanos con “aje”, se puede comer en el suelo. En todo caso, quien tenga capacidad decisoria sobre el tema debería imponer su autoridad, pensar de una vez por todas en el aficionado (hay que ver qué cosas se me ocurren) y tener claro que, siempre que sea posible, la presencia cercana del toro, nunca, jamás, debe hurtársele.

