Se autodenominan liberales, pero la realidad es otra: este gobierno prefiere levantar polvaredas que resolver problemas, y el toreo se ha convertido en su nicho favorito. Tras el fracaso de la ILP que pretendía tumbar la ley que defendía al toreo como patrimonio cultural, ahora apuntan a los enanos toreros, otra vez buscando polémica en contra del toreo.
La excusa es “proteger a personas con discapacidad” y “evitar la denigración en espectáculos públicos”. Pero, ¿alguien les ha preguntado a los protagonistas? No. Porque ellos mismos han declarado que no se sienten denigrados. Que su trabajo es digno, que les permite ganarse la vida honestamente y, sobre todo, que sirve para acercar a los niños y al público generalista al mundo del toro. Lo que molesta no es un daño real, sino que esos espectáculos funcionan como puerta de entrada a la tauromaquia.
El gobierno liberal que predica libertad ahora decide restringirla, y lo hace sobre quienes más contribuyen a que el toreo llegue a nuevas generaciones. Quieren apagar esa chispa, y nadie del sector da la cara. La Fundación Toro de Lidia hace su trabajo, pero más allá de ella, el gremio taurino sigue paralizado. Cada quien cuida su parcela, protegiendo sus intereses, y la defensa colectiva brilla por su ausencia. El resultado: los liberales no necesitan inventar amenazas; el propio sector se las facilita.
Este ataque tiene consecuencias mucho más profundas de lo que parecen. Los espectáculos cómicos no son simples shows: son la primera semilla que despierta el interés por la tauromaquia. Eliminarlos significa cortar uno de los canales por los que los nuevos aficionados descubren la fiesta. Es un paso hacia el fin de la afición, un paso que este gobierno liberal da con total impunidad porque la defensa interna es inexistente.
Recuerdo mi primera experiencia con la tauromaquia: el “Bombero Torero”, un espectáculo que mi padre me llevó cuando era pequeño. Aquel show no solo nos hizo reír; nos conectó con un arte que nos acercó a una tradición. Hoy, ese mismo vínculo está en riesgo, porque quienes deberían defenderlo esperan a que un político decida qué es aceptable y qué no.
El toreo ya no se defiende por sí mismo, se ha vendido a la política por comodidad y falta de unidad. Cada espectáculo eliminado, y cada paso atrás, es un retroceso que amenaza la continuidad de un arte que une generaciones y que debería ser autónomo. Si el sector no reacciona plantando frente a estos ataques, perderemos otra batalla. Y esta vez, frente a un gobierno que se dice liberal, la paradoja es aún más dolorosa: prometen libertad, pero recortan oportunidades y cercenan tradición.
El futuro del toreo depende de quienes lo vivimos, lo trabajamos y lo amamos. Y si no somos capaces de defenderlo, nadie lo hará por nosotros. Ni el partido de turno que dice respaldarlo, ni la burocracia que cree gobernar la cultura. La tauromaquia necesita acción, no discursos ni polvaredas políticas.

