Ni ha mediado febrero y ya sabemos, porque además han sido presentados en sendas y rimbombantes galas, los carteles de las dos ferias que, de verdad, marcan el pulso de la temporada. Abril en Sevilla y San Isidro en Madrid dan y quitan, no sé si tanto en como en un tiempo no muy lejano, pero mantienen la capacidad de impulsar la temporada de los toreros, sobre todo de aquellos que se encuentran en  unas determinadas circunstancias.

Por supuesto, esto no aplica para ese grupo que tiene las espaldas cubiertas, apoderados como están  por casas que controlan lo que en estos tiempos modernos se ha dado en llamar “el sistema”. A esos, como mucho, les puede afectar en el dinero a la hora de ir a ciertos sitios. Pero, en cuanto a número de contratos, ya me contaréis en qué le va a influir, por ejemplo, a los toreros de la casa Matilla triunfar o no en esas dos plazas. Para ellos, y en algún otro caso, como los matadores que Simón Casas tiene sn su zona vip de representación, es igual que las cosas salgan bien o mal, porque su puesto en el escalafón a final de temporada está más que asegurado, ya que su verdadera fuerza pase lo que pase reside en quién los apodera. Y si no, que se lo cuenten a “El Fandi”, que ha sido salir del ala protectora del trust empresarial salmantino y verse de un plumazo fuera de estos dos ciclos en los que era asiduo participante. Y de muchas ferias más, aunque su apoderado, Alberto García, ande ahora en trance de resucitar el cartel de banderilleros, el mismo que hace años –demasiados ya- salvaba los abonos por lo barato de su coste en comparación con la gente que metía en los tendidos. Claro, que el sustento de aquella combinación de los años ochenta eran toreros jóvenes (Mendes, El Soro, Morenito de Maracay y el icónico –y más curtido- Luis Francisco Esplá) que venían a por todo, y no ilustres veteranos con más de veinte años de alternativa, caso de Ferrera (que hasta hace poco se negaba a banderillear) el antes citado Fandila y Manuel Escribano, que aun siendo el más joven de los tres va a cumplir este año su vigésimo temporada como matador.

Pero no nos desviemos del tema. Sí hay un gran grupo de toreros a los que triunfar en Madrid y Sevilla les arregla, cuanto menos, la temporada. No la vida, que era lo que ocurría antes, pero sí el año. Aunque cada vez más ocurren casos tan sangrantes como el sufrido el año pasado con David de Miranda, a quien una Puerta del Príncipe no le sirvió ab-so-lu-ta-men-te para nada. Vamos, que si no es por aquella corrida televisada de Málaga con bastante seguridad David habría colgado ya el traje de luces. Una paradoja, la de que sirva más una televisada en agosto que un gran triunfo por abril y en Sevilla, que disecciona a la perfección cómo está esto. Por desgracia.

Como otra aberración hubiera sido – menos mal que ya se puede emplear la forma verbal en pasado- que David Galván no hubiera aparecido en los carteles de la Feria de Abril. Galván es de esos toreros a los que todo buen aficionado espera, y al que, expreso ahora mi opinión personal, sólo le falta un golpe de suerte en forma de toro embistiéndole de verdad en Madrid o en Sevilla. Un abrazo de la fortuna parecido al que Juan Ortega tuvo aquella tarde de agosto y plena pandemia en Linares, donde una corrida que en el transcurso normal de la temporada no habría tenido mínima repercusión sirvió para ponerlo en boca de todos y reafirmar la clase de torero que llevaba dentro. Lo dicho, hubiera sido aberrante que David Galván no hubiera hecho el paseíllo en La Maestranza, más aun viendo los “méritos” que algunos de los encartelados han hecho para estar ahí, bien sea por su sola inclusión, bien por el número de tardes en las que se ven anunciados.

Este último argumento enlaza con el título e idea principal de este artículo. Cuando llegaron los primeros avances sobre el ciclo sevillano empezaron a chocar varias cuestiones. No tanto el continuismo más o menos acentuado en las combinaciones de toros y toreros (los experimentos, con gaseosa y poco a poco) como las ausencias y presencias de algunos que no debían dejar de estar y de otros que nadie se explica por qué están. De los segundos no vamos a hablar, porque para gustos los colores y en esta vida cada uno se busca un enchufe donde sabe y puede, siempre que sirva para eso.

Pero de entre los ausentes dos nombres chirrían para cualquiera que tenga un mínimo de buen gusto. Son los de Curro Díaz y Ginés Marín. El primero, veterano ya en estas lides, mientras Ginés está a punto de cumplir diez años de alternativa. Ambos, con el denominador común de la injusticia que este año se ha cometido con ellos.

La intrahistoria de los despachos es muy enrevesada, muchísimo más de lo que cualquier aficionado de a pie puede llegar a imaginar. Literalmente. Y más en estos tiempos donde, en todos los ámbitos de la vida, la meritocracia ha pasado a un segundo, tercer o cuarto plano a la hora de ser premiada. Y, eliminado ese premio, los que sufren el castigo, aparte de los toreros, claro está, son los que cada día se sientan en el tendido de una plaza de toros, a los que se priva de ver a matadores que, caso de Curro Díaz, en quien voy a centrar la última parte de este artículo, andan en un momento dulce de su carrera.

Os prometo que no hay ni un ápice de paisanaje en lo que voy a relatar ahora. Recuerdo, en mi juventud, leer textos de ese maestro de la crónica taurina que es José Carlos Arévalo donde mencionaba un término que hogaño está en desuso. José Carlos hablaba de “faenas secretas”, y el año pasado, en Úbeda y ya a final de temporada, Curro Díaz protagonizó una de ellas. Fue ante un superclase de Daniel Ruiz la tarde que se encerró con seis toros de diferentes ganaderías. Su labor al de Daniel fue pura seda, perfecta en colocación, toques, distancias, alturas, temple, acople, medida… En definitiva, una delicia. Apenas dos semanas más tarde daba su otra versión en Jaén ante un “victorino” que había estado en los corrales de Las Ventas pero que finalmente no se lidió en la Feria de Otoño.

Esas dos tardes, y muchas más, marcaron su momento de torero cuajado, en plena madurez, de los que da gusto ver. De esos que te invitan a hacer kilómetros para verlos. De esos que rematan a la perfección un cartel porque además sus años de alternativa ya hacen que sean los encargados de ir por delante. Pues bien, nada de eso parece haberle servido al de Linares, torero muy del gusto de Sevilla pero para el que no ha habido hueco, ¡cachis en la mar!, con la de huecos que ha habido para otros que tienen las muñecas bastante más escayoladas que el Curro de Linares. Pero es que en Madrid más de lo mismo, tampoco ha habido forma –y parece que tampoco voluntad- de ponerlo en San Isidro. El reconocimiento a su trayectoria en esa plaza ha sido anunciarlo el Domingo de Resurrección –con todo el mundo pendiente de Sevilla- y con una corrida de Martín-Lorca/Escribano Martín  que será muy segura a las doce de la mañana y no se sabe cuánto a las seis de la tarde.

Sin embargo nos seguimos partiendo la camisa cada vez que un clásico retirado, por ejemplo –y es el primero que se me viene a la cabeza- el otro Curro de Linares (Vázquez) derrama sus gotas de añeja torería. Pero no sabemos –o no saben- apreciar a los que están en activo. Lo malo de esto es que el tiempo va pasando  y mientras tanto nos estamos perdiendo a este tipo de matadores, porque en los carteles sólo vemos con cuentagotas a espadas del corte de Curro Díaz, Uceda Leal o Morenito de Aranda que, como escribía antes, son perfectos para encabezar carteles de figuras. Como fue toda la vida. Menos, por lo visto, ahora. Malos tiempos para la lírica…y para la solera.

Por cierto, cuando estos toreros se vayan ya no valdrá lamentarse.