Dice Sira Rego que hay que prohibir la entrada de menores a los toros porque el toreo es un espectáculo violento. Lo afirma la ministra de Juventud e Infancia de España, cuyo cometido principal debería ser velar por el bienestar real de jóvenes y niños, no utilizar su ministerio como altavoz ideológico.
Resulta llamativo que esta cruzada moral se proclame mientras descarrilan trenes en un país cuyo transporte ferroviario acumula fallos graves desde hace años. Un Gobierno que incentiva el uso del tren con descuentos dirigidos a los jóvenes —pagados, en última instancia, por padres y cotizantes— sin garantizar antes un sistema seguro y eficaz. Ha tenido que producirse un estruendo en la alta velocidad para que afloren problemas que la media y corta distancia arrastran desde hace lustros: descarrilamientos, condiciones indignas y una gestión impropia de un país que presume de modernidad. Pero de eso no se habla. Es más cómodo señalar a los toros.
Porque este Gobierno piensa antes en el voto que en la protección real de sus ciudadanos. Le corre más la cabeza que los pies. El objetivo no es facilitar un transporte seguro a los jóvenes, sino capitalizar electoralmente una medida vistosa, aunque irresponsable. Antes de incentivar viajes, convendría analizar por qué el sistema no funciona ni en sus líneas principales.
Para la ministra Rego, sin embargo, el problema prioritario es que los menores acudan a los toros. Un ministerio de Juventud que no mira a una juventud incapaz de independizarse, sin acceso a una vivienda digna, atrapada en la precariedad. Pero el foco no está ahí. Está en prohibir. Prohibir antes que facilitar. Prohibir antes que trabajar.
Según la ministra, que un menor asista a un festejo taurino fomenta el maltrato. Sin embargo, no parece preocuparle que el bono cultural pueda destinarse a videojuegos violentos donde se dispara y se mata. El criterio moral es selectivo. Y el sectarismo, evidente.
A Rego no le interesa el toro porque le incomoda lo que lo rodea: familias, jóvenes, niños, una cultura popular que sobrevive al margen del discurso oficial. Un mundo que conserva valores, tradiciones y una relación con el campo que a muchos les gustaría desmontar porque no encaja en su relato.
Tampoco le interesa que un niño vaya a los toros porque quizás al día siguiente su padre lo lleve al campo y le enseñe que España posee una de las mayores dehesas de biodiversidad de Europa, sostenida en buena parte por el toro y la caza. Una riqueza ecológica que cualquier otro país rentabilizaría y protegería con orgullo, pero que aquí se desprecia por puro complejo.
España no se avergüenza de su toro, ni de su campo, ni de sus tradiciones. De lo que empieza a avergonzarse es de un equipo de Gobierno incapaz de afrontar los problemas reales, un país cada vez más inseguro y una juventud sin futuro claro. La señora Rego tiene mucho trabajo pendiente en su ministerio. Empezando por aquello que da nombre a su cargo y no por aquello que sirve para tapar lo demás.

