Hace unos días, con el reciente fallecimiento de Jaime de Armiñán (q.e.p.d.), se me llenó la página de inicio de Twitter – o X, llámese cómo se llame – de algunas de las escenas más míticas de Juncal, una de las series que más veces he visto y que, al igual que el Belmonte de Chaves Nogales, intento disfrutar, al menos, una vez al año. No podía faltar, por supuesto, entre esas archiconocidas escenas, la inicial: José Álvarez Juncal paseando por la calle Betis y saludando a la Maestranza con aquella mítica frase: Buenos días, mi reina.
Después de aquel saludo, vendrían otras escenas inmortales, como la discusión con el ciego que pretende cruzar la calle, o la conversación con Búfalo acerca de la solemnidad de la muerte del toro, pero yo me quiero quedar con la primera, con ese peculiar saludo.
Porque ¿qué pensaría, si pudiera, el inmortal Juncal, si viera el nivel de degradación al que ha llegado su plaza, su reina? Orejas otorgadas sin ton ni son, Puertas del Príncipe abiertas por principitos, supuesto aficionados que van al tendido sin saber lo que es un natural, toros magníficos a los que se les niega la vuelta al ruedo, otros mucho peores a los que sí se les concede, pitos y abucheos a toreros cuando mejor están…
Y todo eso obviando el nivel ganadero que viene arrastrando la Plaza estos últimos años, con corridas de dudosa presentación – siendo optimistas –, que más bien parecen novilladas, y no toros para una plaza del nivel de la Maestranza.
Todo un despropósito, o un cúmulo de despropósitos, mejor dicho, que están convirtiendo a una de las plazas más importantes del mundo – además de la más bella – en poco menos que en una plaza de tercera, sin criterio ni conocimiento, en la que el verdadero aficionado se siente incómodo, fuera de lugar, extraño y extranjero.
¿Y cuál puede ser la solución?
Quizá ésta sea una pregunta para la que cada uno tenga una respuesta personal, puesto que todos, en nuestra mente, jugamos muchas veces a ser presidentes de plaza, apoderados, empresarios… incluso toreros o ganaderos. La cuestión es la que es; yo no sé si la solución pasa por unificar los criterios presidenciales, por presentar otro tipo de carteles, por dejar a ciertas ganaderías fuera del circuito de grandes ferias – alguna tiene méritos para estar un par de años en el exilio – o por fomentar una cierta educación taurina para evitar algunas situaciones lamentables de las que se ven año tras año, no tengo ni idea de dónde está la solución.
Pero lo cierto, y lo más grave de todo, es que el diagnóstico está ya hecho, la Reina de Juncal no es más que una pobre cortesana hoy en día, y urge hacer algo para evitar que se degrade aún más, hasta llegar a ser una aldeana más que es pisoteada sin miramientos.
