Los toreros rezan. Siempre han rezado. Antes de vestirse de luces, en la capilla, camino del paseíllo, en el callejón con la mirada puesta en el cielo. La fe y el toreo llevan siglos entrelazados en España con una naturalidad que el que está fuera a veces no entiende, pero que el aficionado sabe reconocer. Hoy, esa relación tuvo su momento más alto en mucho tiempo: Ginés Marín se plantó ante el Papa León XIV en la Nunciatura Apostólica de Madrid y recibió su bendición. Para él. Para su familia. Con el deseo expreso de buena suerte del Santo Padre.
El matador, criado en Extremadura y extremeño donde los haya, llegó al encuentro con un obsequio pensado con la misma precisión con que se prepara una faena: una imagen de la Virgen de Guadalupe, la advocación mariana cuyo santuario original está en tierras extremeñas y que los españoles que cruzaron el Atlántico llevaron consigo hasta convertirla en uno de los símbolos de fe más poderosos del mundo hispánico. Una Virgen de su tierra, de su gente, para el hombre que dirige la Iglesia universal. Difícil encontrar un gesto más cargado de sentido.
La recepción, celebrada hoy en la sede diplomática de la Santa Sede en España, reunió a apenas cuarenta personas de distintos sectores del tejido empresarial y cultural del país. Una cita de formato pequeño y significado enorme, en la que el mundo de los toros tuvo un solo representante. Uno. Y fue Ginés Marín. No hace falta añadir mucho más para entender el peso de lo que eso significa para la Fiesta.
Hubo intercambio de obsequios entre el Pontífice y los asistentes, y en su intervención León XIV recurrió a una frase de San Agustín que bien podría firmarse desde cualquier tendido:
“Sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores.”
Promover la palabra de Dios, recordó el Papa, no es responsabilidad de unos pocos, sino de cada uno desde el lugar que ocupa. Desde el ruedo, desde la barrera o desde el tendido. Un mensaje que la afición, acostumbrada a exigir verdad y entrega, entiende sin necesidad de traducción.
Ginés Marín regresa a los ruedos con la temporada por delante y con algo que pocos matadores pueden decir que tienen: la bendición del Papa. En el toreo, donde la suerte importa y la fe acompaña, eso no es un detalle menor.
