Hay tardes en las que el toreo se mide por el arte, otras por el triunfo y algunas por la capacidad de resistir cuando nada ayuda. La vigesimoquinta de San Isidro perteneció a esta última categoría. El encierro, falto de fuerza, poder y transmisión, fue dejando pasar los minutos entre embestidas inacabadas y expectativas frustradas hasta desembocar en una conclusión inevitable: la emoción no llegó por la bravura ni por la calidad, sino por el riesgo. Y ese riesgo llevó el nombre de Clemente.

El francés firmó el episodio más importante de la tarde frente al quinto, un toro que tampoco regaló nada. Antes de que sonara el primer olé ya había puesto de su parte lo que el animal no parecía dispuesto a ofrecer. Se fue a portagayola, más allá de la segunda raya, y estuvo a punto de ser arrollado en una apuesta que ya anunciaba el tono de su actuación. Después, en la muleta, se mostró firme, asentado y decidido a buscar donde apenas había. Encontró dificultades por el pitón derecho y todavía más por el izquierdo, donde el toro desarrolló peligro y exigió una entrega absoluta. Allí llegaron los pasajes de mayor mérito de toda la corrida. Muletazos construidos desde la verdad, tragando y aguantando cuando el animal pedía precisamente lo contrario. La faena terminó de la peor manera posible: una feísima voltereta que dejó al torero herido y camino de la enfermería con evidentes signos de una cornada importante que más tarde se confirmaría que no fue a mayores. El público reconoció el esfuerzo con una ovación que supo a reconocimiento y recogió su cuadrilla.

Hasta entonces, Clemente ya había dejado constancia de su disposición con el sobrero de Montalvo que sustituyó al titular devuelto. Un toro de escasas fuerzas pero con cierta calidad en sus embestidas, al que cuidó con inteligencia y paciencia. Lo llevó a media altura, le dio tiempos y consiguió algunos naturales estimables, aunque las continuas pérdidas de manos y la falta de motor del animal terminaron por ahogar cualquier posibilidad de despegue. Fue una labor seria y responsable, tan meritoria como condenada por la condición del toro.

Si alguien logró construir los pasajes de mayor pureza técnica fue Uceda Leal. Especialmente con el cuarto, el único ejemplar que salió con algo más de ritmo que sus hermanos. El madrileño encontró en el pitón izquierdo la vía para expresar un toreo profundo, de mano baja y buen gusto. Hubo naturales largos y bien trazados, con la serenidad propia que caracteriza al madrileño. Sin embargo, el toro nunca terminó de romper hacia adelante. Su sosería acabó apagando una labor que, con un animal de mayor transmisión, probablemente habría alcanzado otra dimensión. El silencio final resultó tan injusto para el torero como coherente con la frialdad de lo sucedido.

Su primero ya había marcado el camino que seguiría la corrida. Sin fuerza desde salida, frenado y protestado por los tendidos, nunca tuvo capacidad para sostener una faena. Tuvo nobleza, pero fue incapaz de completar los viajes. Uceda intentó acompañarlo en sus embestidas y administrarlo, aunque pronto comprendió que el esfuerzo no tenía recompensa posible.

Tampoco encontró materia prima Pablo Aguado para desplegar su concepto. El sevillano dejó detalles de exquisitez con el capote, especialmente en las chicuelinas de respuesta al quite de Uceda en el tercero, pero la corrida nunca se puso de su lado. Ni el tercero ni el sexto tuvieron entrega suficiente para permitir una faena con argumento. Ambos llegaron al último tercio sin fuerza, sin celo y sin emoción. Aguado dejó algún muletazo aislado de trazo suave, especialmente al natural en el sexto, pero siempre dentro de una sensación general de imposibilidad. Más que una actuación juzgable, fue un ejercicio de supervivencia artística frente a dos toros que jamás colaboraron.

La corrida acabó instalada en una sensación de oportunidad perdida. Ni los toreros encontraron un aliado ni los tendidos hallaron motivos para entusiasmarse. El encierro fue un desfile de animales nobles en algunos momentos, pero vacíos de poder, de emoción y de capacidad para transmitir. Faltó precisamente aquello que convierte una embestida en algo memorable.

Por eso, cuando cayó la tarde sobre Las Ventas, quedó la impresión de que el único argumento capaz de romper la monotonía había sido el valor. El de Clemente. El de un torero que decidió jugarse los muslos cuando el espectáculo parecía condenado a no dejar huella.

LA RESEÑA


Plaza de toros de LAS VENTAS (Madrid) – Corrida de Toros – Viernes 5 de junio || Vigesimoquinta de la Feria de San Isidro 2026

Entrada: Lleno de ‘No Hay Localidades ‘

Ganadería de JUAN PEDRO DOMECQ,

UCEDA LEAL (Sangre de toro y Oro)

  • Primer toro: SILENCIO
  • Cuarto toro: SILENCIO

CLEMENTE (Carmesí y Oro)

  • Segundo toro: SILENCIO
  • Quinto toro: OVACIÓN Y HERIDO

PABLO AGUADO (Maquillaje y Oro)

  • Tercer toro: DIVISIÓN DE OPINIONES
  • Sexto toro: SILENCIO

Incidencias: Iván García saludó una ovación tras parear al sexto.