Hay despedidas que cuesta escribir porque, antes que las palabras, habla el corazón. Hay noticias que uno nunca está preparado para recibir. Noticias que llegan de repente, que te dejan sin capacidad de reacción y que cuesta aceptar incluso cuando sabes que son ciertas. La muerte de Gonzalo González ha sido una de ellas.
Todavía me cuesta creer que Gonzalo ya no esté. Que no volvamos a coincidir, a compartir una conversación o a encontrarnos en cualquiera de esos lugares donde el toro siempre terminaba siendo el protagonista. Se ha marchado demasiado pronto, de una manera inesperada y dolorosa, dejando un vacío difícil de explicar entre quienes tuvimos la suerte de conocerlo y, sobre todo, de disfrutar de su amistad.
Gonzalo era una bellísima persona. Un hombre del toro, de los de verdad, cuya vida estuvo ligada a una pasión que no entendía de horarios ni de sacrificios. Ha nacido en el toro y ha muerto en el toro.
Estas palabras las pronuncié al conocer la noticia. Y cuanto más pienso en ellas, más sentido cobran. Porque Gonzalo se ha ido en una plaza de tientas, en el campo, acompañando a su hijo Alejandro, rodeado de aquello que había formado parte de su vida desde siempre. Precisamente allí, donde tantas ilusiones había depositado y donde continuaba disfrutando de la tauromaquia junto a una de las personas que más quería.
Cuesta encontrar consuelo ante una pérdida así. Cuesta todavía más cuando hablamos de alguien joven, con tanto camino por recorrer y con tantos motivos para seguir disfrutando de la vida.
Pero hoy no quiero detenerme únicamente en la dureza de su despedida. Quiero recordar a Gonzalo como merece, por lo que fue, por lo que hizo y, sobre todo, por la huella que deja en quienes compartimos con él una parte de nuestro camino.
Toda su familia ha estado vinculada al mundo taurino. Gonzalo quiso ser torero y persiguió ese sueño con la ilusión de quien siente una vocación verdadera. Después se convirtió en banderillero y tuvo la oportunidad de formar parte de la cuadrilla de una figura del toreo como Manuel Caballero, siendo uno de sus hombres de confianza. Más tarde ejerció también como apoderado y continuó ligado a la profesión desde distintos ámbitos.
He tenido la fortuna de verlo actuar muchas tardes junto a Manuel Caballero. Recuerdo sus actuaciones, su entrega y esa manera de entender el lugar que ocupaba dentro de una cuadrilla. Porque el mundo del toro no se construye únicamente con quienes ocupan los titulares. También lo sostienen hombres que, desde la responsabilidad, la profesionalidad y la confianza de sus compañeros, contribuyen a que cada tarde salga adelante.
Gonzalo fue uno de ellos.
Con los años, Gonzalo encontró otra manera de seguir entregado a su pasión: enseñar. Como integrante del equipo docente de la Escuela Taurina de Albacete, trabajaba con los jóvenes que soñaban con abrirse camino en esta profesión. Transmitía conocimientos, compartía experiencias y contribuía a formar a quienes representan el futuro de nuestra tauromaquia.
Esa labor tiene un valor que merece ser reconocido. Porque enseñar esta dura profesión es mucho más que enseñar a ejecutar unas suertes. Es transmitir una cultura y unos valores, explicar una forma de entender el esfuerzo y ayudar a los jóvenes a afrontar un camino que exige sacrificio, disciplina, responsabilidad y una enorme fortaleza personal.
Gonzalo conocía ese camino porque lo había recorrido en primera persona.
Y mientras ayudaba a formar a otros toreros, vivía con una ilusión muy especial la evolución de su hijo Alejandro, que esta temporada había debutado con picadores y había protagonizado momentos importantes, entre ellos su salida a hombros en la Feria de Albacete.
Estaba volcado con él. Lo acompañaba y compartía de cerca cada paso de su formación. Quienes conocíamos esa relación sabíamos cuánto significaba para Gonzalo. En Alejandro se unían el orgullo de padre, la experiencia de quien había vivido el toreo desde dentro y la ilusión de ver cómo una nueva generación comenzaba a recorrer su propio camino.
Por eso resulta tan doloroso pensar en las circunstancias de su muerte. Se ha marchado acompañando a su hijo, compartiendo esa pasión que los unía y que tantas alegrías les había dado.
A Alejandro y a toda su familia quiero trasladarles mi cariño más sincero. No existen palabras capaces de aliviar una pérdida así, pero sí existe el afecto de quienes queremos estar cerca, acompañar y ayudar a mantener vivo el recuerdo de una persona tan querida.
Desde el Capítulo de Albacete de la Fundación Toro de Lidia también guardamos una deuda de gratitud con Gonzalo. Siempre que organizábamos actividades o actos, encontrábamos en él cercanía y disposición. Nos acompañó en numerosas ocasiones y nos arropó con esa naturalidad propia de quienes no necesitan protagonismo para demostrar su compromiso.
Nunca hizo falta pedirle que entendiera lo que estábamos intentando defender. Gonzalo sentía el toro y sabía lo que significaba trabajar para mantener viva nuestra cultura taurina y acercarla a la sociedad.
Por eso su ausencia también se sentirá en nuestro Capítulo, entre sus compañeros de la Escuela Taurina y en tantos rincones de Albacete donde el nombre de Gonzalo estará unido para siempre a una conversación, una tarde de toros o un recuerdo compartido.
Pero, por encima de su trayectoria profesional y de todo lo que aportó a la tauromaquia, me quedo con la persona. Con el amigo. Con esa bellísima persona que, cuando se marcha, deja tras de sí algo que no aparece en los currículos ni se puede medir con reconocimientos: el cariño de quienes la han conocido.
La vida nos enseña demasiado tarde que no siempre hay una última conversación, una despedida o una oportunidad para decirle a alguien cuánto significa para nosotros. Por eso debemos cuidar a las personas mientras están a nuestro lado, valorar su compañía y no dar por hecho que siempre habrá otra ocasión.
Hoy me habría gustado poder hablar con Gonzalo, compartir con él cualquier conversación y decirle, sencillamente, que me alegro de haber coincidido con él en esta vida. Que su entrega al mundo del toro merece reconocimiento y que su amistad ha sido un regalo.
No puedo hacerlo como me habría gustado. Pero sí puedo escribir estas líneas, recordar lo vivido y contribuir a que su nombre y su memoria permanezcan.
Porque los hombres del toro dejan su huella en las plazas y en las generaciones que vienen detrás. Y los buenos amigos dejan otra huella, todavía más profunda: la que permanece en el corazón de quienes han tenido la suerte de compartir la vida con ellos.
Nadie se va si permanece en el recuerdo, y Gonzalo va a permanecer en el recuerdo. Eso es lo que le ha vuelto eterno.
Descansa en paz, querido Gonzalo.
Hasta siempre, amigo.

