Ovación con saludos tras aviso
Silencio
Oreja tras aviso
Bilbao tenía ganas de toros. Quizá esa fuese la primera noticia de una tarde que comenzó bastante antes de que se abrieran las puertas del coso. Los tendidos de Vista Alegre se llenaron hasta la bandera y los vomitorios no daban abasto mientras cientos de aficionados buscaban todavía su localidad, hasta el punto de que el paseíllo tuvo que demorarse unos minutos para permitir que la plaza terminara de acomodarse. Por un día, Bilbao recuperó ese ambiente de tarde grande que nunca debió perder. Después faltaba que el ruedo estuviera a la altura de lo que ya sucedía alrededor.
Y fue Roca Rey quien terminó encontrando la manera de prender aquella mecha. Lo hizo primero frente al tercero, el toro de mayores posibilidades de la corrida. El animal salió echando las manos por delante y sin terminar de definirse en el capote. Protestó en el primer encuentro con el caballo y apenas recibió un picotazo en el segundo, sin mostrar demasiado interés por la pelea.
El peruano se echó entonces el capote a la espalda y ejecutó desde los medios unas saltilleras muy ajustadas, rematadas con una larga. Fue el primer aviso de que quería llevar la tarde hacia otro terreno.
Brindó al público y comenzó por estatuarios en el tercio, pasándose al toro por alto antes de cerrar con el de pecho. El animal fue creciendo y apareció entonces un toro con transmisión, codicia y bravura, especialmente por el pitón derecho. Roca se enroscó con él y corrió la mano en series largas ante una embestida que repetía con emoción.
Por el izquierdo el toro redujo su recorrido, pero también allí encontró el peruano uno de los instantes que terminaron de desatar Vista Alegre: se cambió la trayectoria por la espalda en un muletazo de enorme ajuste en el que el toro llegó incluso a hacerle la zancadilla.
La plaza ya estaba metida de lleno en la faena. Con el toro más medido, Roca Rey apretó todavía más las distancias y cerró con circulares invertidos y pases por la espalda, llevando la emoción hasta el límite. Una buena estocada hizo rodar al bravo animal. La petición fue masiva, los tendidos estaban desatados y Matías González mantuvo el pulso desde el palco para dejar el premio en una oreja. El toro fue ovacionado en el arrastre.
El sexto confirmó que Roca Rey había decidido no permitir que aquella expectación se marchara de vacío. El toro mostró pronto su condición mansa, abandonando su jurisdicción para buscar el caballo que guardaba la puerta. Apenas se le señaló en el primer encuentro y en el segundo quiso empujar algo más, aunque únicamente con un pitón. Agustín de Espartinas saludó montera en mano después de un gran par de banderillas.
Roca volvió a echar gasolina sobre los tendidos. Brindó desde los medios y comenzó de hinojos en el tercio, toreando por alto y cambiándose el viaje por la espalda en un arranque vibrante. Después llegó una serie muy suave por el derecho. El toro tenía clase, pero necesitaba que lo gobernasen: había que dejarle la muleta puesta, engancharlo y evitar que su condición mansa lo sacara de la suerte.
Roca lo hizo y consiguió sostener la faena mientras hubo toro. Por el izquierdo apenas admitió dos viajes consecutivos y tendió constantemente a desentenderse.
Cuando el animal terminó aplomándose, el peruano volvió a jugar su última carta: la cercanía. Junto a tablas y con el viento arreciando, se lo cambió por la espalda a milímetros en una serie cargada de tensión. Incluso entró a matar sin muleta, imagen sorprendente para cerrar la actuación. La estocada quedó atravesada y necesitó un certero golpe de cruceta. Oreja tras aviso para Roca Rey, la segunda de una tarde que llevó su nombre.
Pero antes de que Roca encendiera Vista Alegre, Bilbao había reservado una de sus mayores ovaciones para Diego Urdiales. Roto el paseíllo, el público obligó al riojano a salir a saludar en reconocimiento a la gran obra que había dejado firmada en esta misma plaza la pasada temporada. Urdiales respondió invitando a Alejandro Talavante y Roca Rey a compartir el saludo.
La imagen tuvo algo de declaración de intenciones: plaza llena, tres toreros en el tercio y Bilbao reencontrándose con una liturgia de tarde grande.
Luego apareció el toro y devolvió la tarde a una realidad bastante menos emocionante. El primero se quedó muy corto en el capote y repuso sobre las manos. Apenas recibió castigo en dos encuentros en los que protestó por el izquierdo. Talavante quitó por delantales, aunque al animal ya le costaba completar los viajes por su falta de fondo.
Urdiales brindó a Enrique Ponce, presente en el callejón, y afrontó con la muleta un toro noble pero extremadamente medido de poder. Lo trató con la suavidad que exigían sus condiciones y fue construyendo los muletazos prácticamente de uno en uno. Por el izquierdo todavía se quedó más corto y repuso sin terminar nunca los viajes.
Dos tandas finales en redondo por el derecho fueron lo más rotundo de una labor en la que Urdiales tuvo que administrar más que exigir. Una estocada contraria fue suficiente. Ovación con saludos tras leve petición.
Todavía menos opciones encontró con el cuarto. El toro salió sin definirse y su falta de poder se hizo evidente muy pronto. Protestó en el primer puyazo, apenas fue señalado en el segundo y en banderillas ya arrastraba los cuartos traseros. Para entonces, además, un fuerte vendaval había comenzado a convertirse en otro adversario.
Urdiales brindó al público e intentó sacar al toro hacia los medios, pero el animal perdió los apoyos. Llegó muy mermado a la muleta, viniéndose andando y pasando de la misma manera. Apenas admitía dos viajes y obligó al riojano a intentarlo de uno en uno, fundamentalmente por el izquierdo.
Hubo voluntad donde no había toro, además bajo un viento que hizo todavía más ingrata la pelea. Una estocada levemente tendida puso fin al animal. Ovación con saludos tras aviso para Urdiales y pitos para el toro en el arrastre.
Si Urdiales tuvo pocas opciones, Alejandro Talavante prácticamente no tuvo ninguna. El segundo salió suelto, corto y reponiendo sobre las manos. Apenas se le señaló en el primer puyazo y volvió a perder las manos después del segundo sin haber recibido prácticamente castigo. Los tendidos comenzaron entonces a protestar una falta de raza demasiado evidente. Javier Ambel saludó tras parearlo.
Talavante intentó sobarlo y construirle una embestida que el toro no traía consigo. Lo mejor apareció pronto, al natural, en una primera serie con varios muletazos sueltos de buen trazo. Después llegó el viento con fuerza y convirtió la muleta en una veleta.
Cuando regresó al derecho, el toro ya se quedaba muy corto y embestía de manera rebrincada. Un pinchazo y una estocada contraria cerraron una faena sin posibilidad de continuidad. Palmas para Talavante y pitos para el toro en el arrastre.
Con el quinto ya ni siquiera hubo lugar para intentarlo demasiado. El toro salió echando las manos por delante, empujó por el derecho en el primer puyazo y fue medido todavía más en el segundo.
Llegó prácticamente sin picarse a la muleta, pero ni siquiera conservado tuvo nada que ofrecer. No pasaba y protestaba continuamente cuando Talavante trataba de meterlo en la franela. El extremeño comprendió pronto que prolongarlo carecía de sentido y tomó la espada. Una estocada algo tendida terminó con el animal. Silencio para Talavante y nuevos pitos para el toro.
Corrida de Victoriano del Río desigual y de escasa raza y transmisión en buena parte del encierro, con el tercero como ejemplar más completo por su bravura, codicia y emoción; el sexto tuvo clase, aunque acusó su condición mansa.


