“¡Qué mi luz sea tu reflejo!”, eso sería lo que el vestido del resucitado en La Maestranza seguramente le dijo cuando se estrecharon, punto y piel, el domingo donde todo comienza de nuevo, una vez más. De negro con bordado en gris pólvora clara – “¡O en ceniza!” – diría él, sobre sí mismo, cuando el creador hizo las presentaciones pertinentes. Aunque, para ser justos, el autor hizo honor a su Justo nombre y les confesó que su verdadera intención era esa: Ser Luz. La misma que nace cuando las mantillas se tiñen de blanco, cuando el polvo del muerto se vuelve abono fértil y cada herida de los cautivos es una grieta por la que se escapa la luz.
¡Benditas sean esas fisuras! En un mundo donde no hay lugar para el perdedor y cada llaga es cubierta, qué delicia da observar las cicatrices del alma de un artista… Siento que por cada uno de esos surcos que ellas dibujan se esconde una luminosidad infinita. ¿Imagináis el lápiz que un Algaba le dedicaba a esas, que no esconde, el de la Puebla? Bocetaría una estrella – de ocho infinitas puntas – sobre la que se multiplicarían otras, como si se fueran cristalizando, a varios grados bajo cero, unas entrelazadas sobre las otras y su reflejo sería tal, que te cegaría un instante, ¡justo un parpadeo! que te provocaría caer en un sueño breve del que no ibas a querer despertar.
Esta segunda piel cristalizada fue concebida cuando todavía el rocío acompañaba al sastre en las mañanas tempranas del incansable Madrid y curiosa es la mano que todo lo teje, cuando decide inspirar a ambos artistas en un mensaje común: Ser Luz. Aunque no de cualquier forma, escoge el día más luminoso del calendario y la ciudad que la muestra con tanta belleza; el día, el de la Resurrección; ella, Sevilla y él, un hombre que se confiesa tantas veces agotado por la vida. Entonces, si cada cristal de este vestido tiene como origen la checa ciudad de Bohemia, ¿crees que puede ser una simple casualidad? El vidrio más transparente del mundo sobre un espíritu libre. A ver si va a ser cierta la leyenda popular que cuenta que el traje de un torero vuelve su interior nítido a los ojos de quien le observa.

