El CerroJazo

El toreo como refugio

Ignacio Muruve
Columnista de Torolive

Ignacio Muruve

Caminar es avanzar en el sentido más estricto de la palabra. En cambio, el avance no va intrínsecamente ligado al progreso. Digo esto, señorías, porque añoro un pasado que no he vivido y detesto el futuro que se va a vivir. A mis veintiséis años de edad, esta sociedad y este momento que atraviesa el mundo son una losa pesadísima. Y esta realidad, que es una sombra que ni con la más resplandeciente luz se puede eliminar, sólo la afronto con el toreo de la mano. Como si este fuera un consuelo. Bien cerquita, siempre al alcance. El toreo —que no lo que le rodea— es el analgésico para un joven harto del odio de una época que es insoportable desde hace ya varios años. Lo último que deseo es que esta pieza sea una entrega de ego insospechado por parte de servidor, pero el sentir que deseo expresar tal vez solo tenga la vía de la persona.

De Ceuta a Maricarmen. De la Dana al ático. De un bando a otro, como una ráfaga de flechas que vuelan en el aire para herir a un rival en la guerra, todo un desfile de insultos, descalificaciones y las más indecentes vías del desprestigio. El uso de las desgracias para hacerse el gracioso en el estercolero de Twitter o para salir en la más alta cámara de Gobierno de España a ser hiriente con la falta de respeto por bandera. Por no mencionar la cansina vereda que se coge en estos tiempos para sacar sacar el fascismo a relucir en todos los ámbitos que se pueda. Y no pasa ná, que diríamos aquí abajo, en la bella Andalucía. La reflexión que este joven plantea directamente al aficionado es el refugio, sin mediación alguna, tras la densa capa que plantea el arte que nos mueve: el toreo.

Comencé a barruntar este estado actual que sugiero el pasado 14 de abril, jueves de preferia en Sevilla. Sobre el dorado albero con el que sueñan aquellos que disponen su vida al servicio del animal más bello del planeta, Morante compuso otra ópera, otra cima de su carrera. Como decía arriba, estos tiempos del frentismo y las faltadas constantes se viven desde hace tiempo y en medio de la celebración de una fiesta vital para Sevilla no se iba a borrar por arte de magia. A eso de las 20:15, la liberación de los pesares de este mundo cruel y la necesidad utópica de tener un botón para decidir cuándo volver a la insufrible realidad. ¿No sintieron de nuevo la impagable sensación de abstracción que provoca el toreo tras ver al cigarrero?

Algo parecido con lo de Pablo Aguado en esta última Feria de San Miguel. El poder de la naturalidad, don de incalculable valor en el toreo. Y a partir de ahí, de ese toreo suelto, sin ataduras y escrito con el pulso de los elegidos, todo es felicidad hasta que horas después la existencia real de lo que te rodea vuelve a ser protagonista. Ya sólo queda recurrir a lo mencionado: una habitación, un ordenador y la indeleble tranquilidad que proporciona la soledad. Vuelves a recurrir al toreo para saciarte y para inhibirte del estrés rutinario.

“Cuantas más prisas hay, más vídeos de toros veo, más artículos me leo y más quiero ver torear.”
El CerroJazo

Cuantas más prisas hay —algo que cohabita con el odio esta época— más vídeos de toros veo, más artículos me leo y más quiero ver torear. Y se lo traslado a todo aquel que lea esta columna. Háganlo, sean aún más aficionados. El toreo puede surgir como una forma de aislamiento casi inigualable de cara a eliminar de una tajada la tensión acumulada que dispone esta cansina actualidad. Con el añadido espiritual que cualquier disciplina artística intenta disponer cuando la belleza de la inspiración explota en manos del intérprete.

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Ignacio Muruve
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