LA TAUROMAQUIA DE LOS EXTREMOS

LA TAUROMAQUIA DE LOS EXTREMOS

En el toro hay especialidad en tirar piedras sobre nuestro propio tejado. Deporte olímpico taurino. Pero además, se hace sin ir de frente y mirando a un lado cuando las verdades afloran con su simple existencia. Podemos tener a la izquierda un gran mal, un cáncer a medio y largo plazo, que si da dinerete y asoman los ingresos, ahí se queda hasta que ya sea insostenible o no sea rentable. Estamos en septiembre, y si bien agosto es el que hace a los toreros, parece que el que actualmente se deshace es el que destruye a los novilleros y ridiculiza a otros tantos matadores desembocando este conflicto en verdades varias.

Han circulado fotos de Salvador Herrero -novillero salmantino- lidiando y dando muerte a todo un torazo en una plaza de chapa de un pueblo perdido de la mano de Dios. Otras tantas de López Peregrino resultando corneado brutalmente en Arganda con otro pavo. A la par, siguen llegando las instantáneas de las figuras (y los que no son figuras) con toros supuestamente manipulados tarde tras tarde en un enorme porcentaje de plazas en las que trenzan el paseíllo. De un extremo al otro y tiro por que me toca.

Caben en este debate varias matizaciones. La primera, y que llama la atención, es cómo se unifican los problemas a la hora de confrontar opiniones. Cómo se borra la individualidad de los mismos. Al que achaca el tamaño del utrero se le echa en cara lo que matan los toreros (y sus toreros) y al que achaca lo que matan estos se les echa en cara las barbaridades que estoquean los novilleros en septiembre. ¿Es esto correcto? Es indiferente. Son dos situaciones que no deberían tener cabida en una tauromaquia en la que tanto se estima el discurso de la verdad, la meritocracia y demás caracteres que se convierten en pamplinas a la hora de la práctica. Por que no se practican. En este mundo del toro, hay poquita verdad.

«El verdadero lujo es acertar siempre con la medida: a la plaza de primera, toro de primera; a la de segunda, toro de segunda. Sin más.»

Como amante de la seriedad, reconozco que encuentro en el animal con trapío una belleza superior, una arrogancia inigualable, un poder de dimensiones inabarcables. Pero como aficionado a los toros, siempre estimo que el buen sentido de la medida esté presente en mis juicios, en mis cábalas y en mis decisiones. Señorías, se trata de sacar toreros, no de enviarles a la guerra antes de tiempo. El tiempo dictará sentencia, pero pongámosles las cosas medianamente fáciles sin renunciar a ese punto de exigencia. Nadie quiere que se renuncie a la seriedad, pero sí que se tengan unos límites. Aquí, uno que desea fervientemente que en Sevilla las novilladas sean novilladas y no becerradas de luces. Y que el toro, sea toro igualmente. Medida. Para todo.

En cambio, uno mira hacia el otro extremo y ve cómo se han normalizado las puntas redondeadas y se echa a temblar. Ya no sólo se ven en las figuras, todas, si no también en los carteles de los toreros que quieren ascender o que simplemente están instaurados en un momento de estabilidad. Sumar a esto el eternizado debate del trapío asumido en ciertas plazas de toros. Aún me río de la definición de “lujo” que se tiene en las altas esferas. “Es una corrida con lujo”. Eso con tal de no decir que es cómoda, que no molesta. El verdadero lujo es acertar siempre con la medida en referencia a lo que hay. A la plaza de primera, toro de primera. A la de segunda, toro de segunda. Sin más.

No creo que se trate de posicionarse. No debe ir de bandos ni de extremos más propios de campos de fútbol y no de un arte tan profundo como el toreo. Las tibiezas, a un lado. Aquí se trata de ser justos con unos y con otros. Ni los novilleros deben matar toros por utreros ni las figuras utreros por toros.