El aficionado continua flagelándose con multitud de procederes que siguen repitiéndose en este degenerado mundo del toro actual. El afeitado, la variedad de encastes, etc. Pero hay uno -y puede ser el más repetido en la rutina de las quejas- que salta a la palestra sin resaltar una serie de consecuencias posteriores que surgen si este tema se aborda y se trata. Y son consecuencias que nunca terminan de pasar al debate general en el que sí toman protagonismo otros aspectos. El relevo generacional y ese muro que el despiadado sistema establece con quienes están llamados, por formas, capacidades y actualidad, a ser el futuro más inmediato del toreo. Hasta ahí bien pero, ¿está el aficionado de hoy en día preparado para ello? ¿Está el que se abona -no el público- preparado para el salto absoluto de las perlas que aguardan las oportunidades?
En el toreo se suele repetir que cabe todo, pero es que en pleno siglo XXI da la sensación de que se han dejado entrar caracteres y conductas en las plazas que tal vez debieron quedarse fuera. El tiempo es implacable e impone su ley, y ahí queda la famosa frase de Ortega y Gasset, que cae como una losa sobre los hombros de la industria en la actualidad: «para saber cómo está un país, asómate a una plaza de toros». La impaciencia de la calle corretea desde hace tiempo por las bocanas de gradas y tendidos, y la necesidad molesta de esa inmediatez de las redes sociales y de este mundo tan conectado, brota sin mediación en las actitudes de muchos de los que asisten a las plazas de toros. De ahí las dos preguntas formuladas en la introducción de la columna.
El nuevo acto de rebeldía de Daniel Crespo en El Puerto tal vez le haya cogido por sorpresa a más de uno, pero seguro que no son de los que pagan una entrada. Más bien de los que las disponen. Verle disponiendo sus armas el pasado sábado frente a dos figuras y a un callejón repleto de mandamases y demás personalidades ávidas de poder ya forma parte de una rutina suya. Esa que estableció, el día de su alternativa, para intentar derribar el muro ya mencionado. Golpe a golpe, muleta en mano y con un romántico a su lado.
Imagínense que gracias a esta lista interminable de triunfos en su tierra lo ponen en Sevilla y en Madrid la próxima temporada, que es lo que merece. Sumémosle las deseadas opciones de que pase por la Feria de Abril y que confirme en San Isidro. Y además, en corridas de máxima categoría. Sus hierros de figuras, como compañeros las figuras y en días buenos. La expectativa, máxima con el portuense, se deshace en cierta desilusión con un lote de toros medios que no termina de aprovechar. Ojalá esta suposición no se de en el futuro y le veamos arriba por supuesto pero, ¿qué tipo de opiniones dispondría la afición actual sobre el tema? Considerar este problema como uno más importante de lo que realmente es a día de hoy sería un ejercicio de responsabilidad.
Si esto ocurre, cabe decir que el fuego del ruido exterior ha arrasado con la incomparable idiosincrasia del buen aficionado taurino. Ese que sabía esperar, que sabía juzgar en tiempo y forma adecuados. En definitiva, ese que no mandaba al destierro a las primeras de cambio, en el primer traspiés, a cualquier torero. Nunca despojaré de importancia a ningún problema que azote al toreo puesto que todos inciden directamente en el espectáculo, pero este, sin lugar a dudas, debería tomarse más en cuenta. No podemos pretender que triunfen los cerca de veinte jóvenes que están esperando el salto a las grandes ferias, si a las primeras de cambio se les corta la cabeza tras una mala tarde.

