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Antonio Vázquez Ruano · 1951–2026
Hay hombres cuya importancia en el toreo nunca se mide únicamente por las veces que aparecen en un cartel. Antonio Vázquez Ruano fue uno de ellos.
Nacido en Linares en 1951, perteneció a una familia profundamente unida a la tauromaquia y durante décadas fue mucho más que el hermano del maestro Curro Vázquez. Fue su compañero de camino, su hombre de confianza, su veedor y una de las piezas esenciales alrededor de una carrera construida desde la sensibilidad y el conocimiento del toro.
Antonio también quiso ser torero. Vistió su primer traje de luces en 1968 y dos años después se presentó en la plaza madrileña de Vistalegre, dentro de aquellos festejos nocturnos de la Oportunidad que tantas ilusiones concentraban. Entre ambos momentos sufrió una grave cornada de una vaca durante un tentadero que le mantuvo alejado de los ruedos durante cerca de dos años.
La profesión terminaría llevándole por otro camino.
No sería el centro del ruedo donde Antonio encontraría su sitio definitivo, sino en el campo. Allí desarrolló una de las capacidades que terminarían definiendo su trayectoria: ver el toro. Interpretar hechuras, comportamiento, expresión y posibilidades. Una tarea alejada del gran público, pero decisiva para cualquier proyecto taurino.
Con los años se convirtió en uno de los veedores más reconocidos del sector. Su criterio adquirió prestigio entre toreros y profesionales y le permitió trabajar alrededor de distintas figuras y estructuras empresariales. Siempre desde una concepción muy concreta del toro: armonía, expresión, seriedad y posibilidades para que pudiera surgir el toreo.
Su vinculación con Curro Vázquez fue, sin embargo, mucho más profunda que cualquier relación profesional. Ambos compartieron prácticamente una vida entera alrededor de la tauromaquia. Una imagen resume buena parte de esa historia: el 5 de octubre de 2002, en Vistalegre, fue Antonio quien cortó la coleta a su hermano en el día de su despedida.
Dos décadas después todavía permanecían juntos en algunos de los momentos más especiales. El pasado mes de mayo, Antonio estuvo presente en el homenaje tributado a Curro en Las Ventas, donde la Comunidad de Madrid descubrió un azulejo dedicado al maestro. Allí volvió a ejercer de memoria viva de una trayectoria que había conocido desde dentro, desde los años difíciles hasta los grandes triunfos.
Del campo al apoderamiento
La experiencia acumulada alrededor del toro llevó también a Antonio Vázquez al apoderamiento. A lo largo de los años estuvo vinculado a las carreras de distintos profesionales, entre ellos Matías Tejela, Alberto Aguilar, Andrés Palacios, Iván García, Fermín Espinosa ‘Armillita’ o Cayetano Rivera.
Pero su nombre quedó especialmente unido durante la última etapa de su vida a Pablo Aguado.
Antonio acompañaba al sevillano desde su etapa como novillero, iniciada en 2015, y lo hacía además junto a su hijo Fran Vázquez. Aquello convertía el proyecto en algo más que un apoderamiento: era también una transmisión generacional de conocimientos, códigos y una determinada manera de comprender la profesión.
Padre e hijo compartían viajes, plazas y campo. Antonio había encontrado en Fran la continuidad de una vida dedicada al toro y en Aguado un concepto artístico especialmente cercano a su propia sensibilidad.
Precisamente hacia el campo se dirigía cuando ocurrió el accidente ferroviario de Urda. Viajaba hacia Andalucía para continuar realizando una de las labores que mejor conocía: visitar ganaderías y estudiar toros de cara a la próxima temporada.
Después llegaron dos días de incertidumbre. Horas de búsqueda, informaciones contradictorias y esperanzas que fueron cambiando a medida que avanzaba el tiempo. Finalmente, este viernes 30 de octubre, su familia recibió la confirmación oficial de su fallecimiento.
Una vida detrás del toro
La historia de Antonio Vázquez permite entender también la importancia de quienes trabajan lejos del reconocimiento inmediato.
El veedor observa cuando todavía no existen carteles. Recorre kilómetros, compara animales, escucha al ganadero y piensa en el torero. Muchas veces su trabajo únicamente se percibe meses después, cuando se abre una puerta de chiqueros y aparece un toro que alguien vio antes en mitad de una dehesa.
Ese fue durante décadas el territorio profesional de Antonio.
Su figura pertenecía a una forma de vivir el toreo basada en el conocimiento, la discreción y la confianza. Una generación de taurinos que entendió que detrás de cada tarde existe un trabajo silencioso que comienza mucho antes del paseíllo.
Fue torero sin terminar de serlo, hermano inseparable de un maestro, apoderado, veedor y padre de otro profesional al que transmitió todo aquello que había aprendido durante más de medio siglo alrededor del toro.
Quizá ahí resida su verdadera dimensión.
El accidente de Urda se lleva a uno de esos hombres que rara vez ocuparon el centro de la fotografía, pero sin los que resulta imposible comprender todo lo que ocurre alrededor de una plaza.
El mundo del toro pierde a un profesional profundamente respetado. Curro Vázquez pierde a su compañero de toda una vida. Fran, a su padre y maestro. Y Pablo Aguado, a uno de los hombres que mejor conocía su tauromaquia.
Queda el recuerdo de Antonio en el campo, mirando toros. Probablemente sea ahí donde mejor pueda explicarse quién fue.
TOROLIVE · En memoria

