
Toda la afición taurina está ocupada por seguidores de toreros tremendistas, de infames pegapases y de realizadores de faenas intrascendentes… ¿Toda? ¡No! Una selecta minoría, formada por los partidarios del toreo de siempre resiste, todavía y como siempre, al invasor.
Son estos mismos partidarios los que han conformado la Orteganeta, que a la usanza de las peñas taurinas clásicas – clásico, como todo lo relacionado con el maestro trianero – van a recorrer la geografía nacional, a lo largo y ancho de nuestro territorio, siguiendo no a un torero más, ni tan siquiera a un gran torero, sino a uno de los toreros más especiales de los últimos años, que apunta maneras desde sus inicios, y que ya desde los comienzos de la temporada pasada debe estar viviendo un auténtico sueño, puesto que sus comparecencias se cuentan por triunfos.
No me refiero a triunfos en lo numérico (aunque también los hay, y cada vez más) sino a triunfos sentimentales. Decía Alberto García Reyes que las estadísticas de Curro Romero no debían basarse en las orejas cortadas, sino en las camisas rotas. Lo mismo podríamos decir de Juan Ortega.
Una verónica por aquí, un delantal que, para el tiempo por allá, un natural que pone en pie al más exigente aficionado, una trinchera que provoca la ronquera del que va por primera vez a la plaza… El triunfo numérico es lo de menos, si tiene que llegar, que llegue, pero no voy a ser yo el que no pegue ojo si el maestro no corta los apéndices. Al revés, seguramente no pegue ojo rememorando aquel lance que se me ha quedado grabado.
Déjenme que le cuente una anécdota al hilo de lo anterior. Sábado de Corpus en Granada, Juan de Triana triunfa – una oreja en cada toro de su lote, bah, qué más dará –, deja un recibo a la verónica y un quite por delantales que imagino que no han acabado aún. Después de la corrida, me comentan que el maestro, en un hotel no muy lejos de la plaza, va a participar en una charla presentada por un conocido periodista. Por supuesto, allí que voy. El maestro sienta cátedra, nada nuevo, imagino. Salgo de la charla sobrecargado de información, y tras una ruta por los bares cercanos al hotel – la ocasión merecía una celebración a la altura – llego a mi casa, con el cansancio acumulado de una semana de feria que ya acaba y con algún que otro digestivo en el cuerpo ¿pues se pueden creer que no pegué ojo en toda la noche? Cuando estaba a punto de dormirme, me venía, como un flash, la imagen de ese delantal en los medios o de esa trinchera que me puso en pie. Cómo para poder dormir con algo así en mente…
¿Entienden ya por qué el movimiento Orteguista tiene cada vez más adeptos?
Espero que sí, porque yo no sé explicarlo mejor.
