Recuerdo que, a mediados del verano pasado, cuando Julián López anunció que aquella sería su última temporada, y al mismo tiempo que Morante de la Puebla cortaba la suya debido a sus numerosos percances, más de uno – y de dos – se echaba las manos a la cabeza pensando en qué sería de la tauromaquia el día que ambos toreros faltasen. Y fue en ese momento cuando muchos de esos taurinos se dieron cuenta de que, por debajo del escalafón de matadores, había dos escalafones menores, pero no por ello menos importantes. Y es que esos dos escalafones, los de novilleros con y sin picadores, gozan en estos momentos de uno de sus mejores “estados de salud” en años.
El primero de esos dos escalafones, el más avanzado, está despertando cada vez más un importantísimo interés, gracias en parte a los distintos circuitos organizados por la Fundación del Toro de Lidia en común con distintos gobiernos autonómicos. Del circuito andaluz, el que me es más cercano, poco puedo decirles que muchos no sepan ya: Javier Zulueta, Mariscal Ruiz, Pedro Gallego, Gonzalo Capdevila, Manuel Jesús Carrión… Ya conocen los nombres. Tampoco les descubro nada si les doy una lista de los jóvenes participantes en las Novilladas de Promoción de la Maestranza de Sevilla, ni de las malagueñas que se celebrarán el próximo mes de agosto, ni de tantas y tantas otras.
No les voy a entretener demasiado con el escalafón de novilleros con caballos, puesto que doy por hecho que hay algunos de esos novilleros que ya son archiconocidos por la gran mayoría de los aficionados – recuerde, ¾ de entrada en la novillada monstruo de Olivenza el pasado marzo.
Es, sin embargo, el último de los escalafones del que más quiero hablarles: el de novilleros sin picadores. Porque es el menos conocido, pero me atrevería a decir que los que lo conforman son los profesionales —porque sí, son profesionales— los que más sufren en el mundo del toro. Chavales con no más de 18 o 19 años, que prefieren dejar atrás sus estudios, sus amigos, su vida, al fin y al cabo, para apuntarse a una escuela taurina o para, directamente, torear en los pueblos más remotos de nuestra geografía – háganme caso, yo soy de uno de esos pueblos que da dos novilladas en septiembre.
Y no se crean que, por ser menos conocidos sus nombres, no hay novilleros sin picadores con calidad y que torean con un gusto y una clase exquisita. Permitan que vuelva a utilizar las novilladas del pasado septiembre de mi pueblo como ejemplo; sobre la mesa cuatro nombres: Francisco Benito y Ángel Pérez la primera tarde, Dennis Martín y Julio Méndez la segunda. En la primera de las tardes, Ángel Pérez se tuvo que hacer cargo de matar los cuatro novillos tras resultar herido Francisco Benito en el primero de la tarde. En lugar de venirse a menos por la responsabilidad que caía sobre sus jóvenes hombros, Ángel Pérez cortó siete orejas y dos rabos toreando como los ángeles. En la segunda de las tardes, el arrojo de Dennis Martín y la mano izquierda de Julio Méndez – quien está triunfando en distintos circuitos este año – volvieron a hacer disfrutar a todos los que estábamos en las gradas de la plaza mayor del pueblo– “nuestra Españita”, como dirían muchos hoy en día.
Les acabo de dar unas simples pinceladas de lo que son actualmente los escalafones de novilleros. Pensándolo bien, se podría hablar también un día del “segundo escalafón de matadores”, esos 10 o 12 matadores de toros que tienen lo que hay que tener para mandar en esto, a excepción de la confianza de los empresarios, que prefieren hacer carteles con las mismas figuras de hace veinte o veinticinco años, pero desde luego, hablar de esos toreros da para varias columnas.
