Zaragoza ha dejado de pesar
Recuerdo seguir Zaragoza cuando todavía era un niño y vivía en mi Teruel natal. Canal Plus, los medios taurinos, las grandes figuras y una feria que realmente cerraba la temporada. Lo que ocurría en octubre tenía consecuencias. Quien triunfaba salía reforzado rumbo a América y quien llegaba como figura quería terminar el año aquí. Porque Zaragoza pesaba.
Hoy cuesta reconocer aquella plaza. Se dice que las figuras llegan cansadas a octubre, que la temporada pesa y que determinados nombres son difíciles de contratar. Puede ser. Pero durante décadas también llegaban cansados y querían estar. Por eso conviene hacerse una pregunta que va bastante más allá de una feria concreta: ¿qué ha ocurrido para que Zaragoza encuentre tantas dificultades para atraer a determinadas figuras, tanto en abril como en octubre?
No sabemos si existe una única respuesta. Lo que sí sabemos es que el problema ya no puede explicarse como una simple mala racha. La primera responsabilidad corresponde inevitablemente a la Diputación Provincial de Zaragoza, propietaria de La Misericordia. El resultado de 2026 está ahí: San Jorge desapareció del calendario y El Pilar quedó reducido respecto a lo que históricamente fue.
Todo ello después de un proceso administrativo complejo y una licitación marcada por un canon elevadísimo. Una administración tiene derecho a rentabilizar su patrimonio, pero también debería preguntarse hasta dónde puede apretar sin perjudicar aquello que pretende conservar.
Porque una plaza no puede medirse únicamente por el dinero que entra en las arcas. También hay que preguntarse qué temporada permite construir ese canon, qué margen deja para contratar figuras, qué inversión recibe el inmueble y qué proyecto se ofrece realmente al aficionado. Ese debate sigue pendiente. Pero el problema de Zaragoza no termina en el canon.
Durante los días previos al Pilar resultaba complicado encontrar en la propia ciudad señales de que estaba a punto de celebrarse una de las ferias taurinas históricamente más importantes de España. Apenas hubo presencia reconocible en calles, marquesinas, autobuses o tranvía. Y eso también importa, y mucho.
Llevamos años hablando de atraer nuevos públicos mientras, en ocasiones, ni siquiera somos capaces de contarle a nuestra propia ciudad que hay toros. Zaragoza cuenta además con un Ayuntamiento públicamente favorable a la tauromaquia. Sin conocer si existieron gestiones concretas para una campaña urbana, cuesta pensar que no hubiera margen para promocionar mejor el ciclo. Quizá, simplemente, faltó ambición.
La pérdida de peso también se percibe en los medios. Cada vez vienen menos medios nacionales a Zaragoza salvo en las tardes de mayor interés. La apuesta por las redes sociales ha sido importante y el trabajo desarrollado en ellas merece reconocimiento, pero una feria no puede apoyarse únicamente en ese escaparate. Las redes complementan. No sustituyen.
Una plaza que quiere recuperar relevancia debería facilitar que radios, periódicos, televisiones, portales y plataformas hablasen de ella. Zaragoza, sin embargo, ha ido perdiendo ventanas. El conflicto con Aragón TV llegó incluso a poner en duda durante un tiempo las tradicionales retransmisiones de las vaquillas, hasta que la reacción de los aficionados a buen seguro contribuyó a que finalmente siguieran adelante.
Y hubo además otro episodio apenas conocido: OneToro presentó una propuesta para retransmitir dos festejos de la Feria del Pilar, entre ellos la corrida de la alternativa de Iker Fernández ‘El Mene’, y aquella posibilidad tampoco terminó saliendo adelante. Puede haber razones legítimas detrás de cada decisión. Pero cuando una feria necesita recuperar repercusión, cerrar ventanas acaba teniendo consecuencias.
Y después está la propia feria. El Pilar 2026 dejó buenos momentos y nombres reforzados, especialmente los de tres toreros aragoneses: Cristiano Torres, Aarón Palacio e Iker Fernández ‘El Mene’. Es ilusionante que buena parte de las noticias positivas del ciclo hayan tenido acento aragonés. Pero Zaragoza debería aspirar a mucho más.
Debería seguir siendo ese final de temporada capaz de reunir figuras, generar conversación durante semanas, atraer aficionados de fuera, ocupar espacio en los grandes medios y convertirse durante varios días en una referencia nacional. Eso era Zaragoza.
Hoy, en cambio, confluyen demasiados síntomas como para tratarlos por separado: se han perdido festejos, se ha reducido El Pilar, cuesta atraer determinadas figuras, la promoción en la ciudad ha sido escasa, disminuye la presencia de medios y se desaprovechan ventanas de difusión.
No es una queja contra un único empresario, contra una sola administración, contra los toreros o contra la prensa. Es algo más preocupante. Es la constatación de que Zaragoza ha ido perdiendo peso mientras cada problema se explicaba de forma aislada. Y quizá ahí esté precisamente el verdadero problema.
Recuperar La Misericordia no consiste simplemente en abrir sus puertas durante una semana de octubre. Consiste en devolverle su sitio. Y para hacerlo habrá que empezar por reconocer algo que quizá resulte incómodo: no todo en Zaragoza ha sido tan perfecto como parecía.



