Javier Cortés volvió a firmar una tarde para guardar. En Alcalá de Henares encontró a ‘Rosador’, un toro de Julio de la Puerta de gran fondo y excelente condición, y juntos construyeron una de esas faenas que trascienden el resultado.
El toro tuvo ritmo, duración y una embestida que permitió al madrileño desplegar un toreo de enorme pureza. Cortés lo entendió desde el principio y fue componiendo una labor marcada por el temple, la naturalidad y un concepto clásico que encontró eco inmediato en los tendidos.
Hubo momentos de verdadera armonía. Series llevadas con las yemas de los dedos, muletazos largos y una expresión serena, sin brusquedades, en las que el torero dejó fluir una versión especialmente inspirada.
La faena fue creciendo al mismo tiempo que el toro mantenía su entrega, hasta desembocar en la petición de indulto. ‘Rosador’ regresó a los corrales y Javier Cortés paseó simbólicamente dos orejas y rabo.
Pero más allá de los trofeos, quedó la sensación de haber asistido a una obra de peso. Y no llega aislada. En apenas dos semanas, Cortés ha encadenado dos actuaciones de enorme calado en Villarrobledo y Alcalá de Henares, confirmando un momento de especial inspiración.
Alcalá ya tiene una nueva página en su historia taurina. Y lleva dos nombres: ‘Rosador’ y Javier Cortés.

