Me volví a acordar de Paula. Es irremediable. Jamás escuché a un hombre tan cabal y sencillo en el toreo. Son innumerables las ocasiones en las que, desde la orfandad moral que aún sustentan unos pocos, sus citas resuenan en mi cabeza. Jamás he vacilado con sus palabras y, cuanto más tiempo transcurre, más riñen con mi forma de afrontar el toreo y, por ende, la vida.
Fue en una noche de la pasada semana. Resultó complicada. Divagaba por las redes sociales con aquella premisa de ausentarse de lo acontecido y, tal vez, de lo que acontece. No pregunten cómo, pero caí en el canasto de uno del barrio de Santiago. Me abrió las puertas de su casa, atravesé el patio jerezano y me senté en una de sus flamencas sillas. Paula, como hará en la eternidad, esclarecía todo a su paso de aquella manera. En feria de Sevilla: bulería, altanería, gitanería y aquello que él denominaba “las cosas de las cosas”, que no es más que eso, alguna que otra cosa para las cosas de unos pocos. En el ruedo: unas rodillas de oro, un cante negro y la contrariedad sobre aquel invento nuevo de los trofeos y la judicatura. «¿Qué milagro se obra ahí cuando a ese torero se le reconoce su mérito sin cortar orejas?», sentenciaba Rafael. Entonces, suspiré aliviado.
«Pero cuando yo he cuajado un toro, con el capote y la muleta, lo he cuajado. Y había toros a los que les cortaba las orejas y los máximos trofeos. Y nunca me ha dado por decir que les he cortado el rabo. Es un lenguaje nuevo. Nuevo no, es un lenguaje de pamplina, de ignorante. Las orejas las cogen y tienen garrapatas, y las colas de los toros tienen moñigas. Y hacen este gesto que parece que se van a partir por la mitad».
Morante acababa de realizar la mejor faena que mis ojos, y los de muchos, vieron. La lidia completa. Una antología de la tauromaquia en un 16 de abril que opacará a aquel día 26 del año 23, lo nunca esperado. Unas muñecas rotas que acompasan la brega por Jerez, Ronda o Triana, en pies de plomo. Un instinto que hace lo propio con el corazón del asistente a dicho juzgo divino. Uno, dos y tres; tres banderilleros sobre el redondel. Un quiebro, una silla; tres pares pudieron ser. El cansancio de la austeridad. Una silla necesitó para hacer comprender cómo en aquel patio de Jerez, al igual que aquel genio roto que, por su propio peso en oro, no le dejaron ser él. Sentado; los demás, de pie, dijo cómo debía de ser. Que esto es del pueblo, que hay que dignificar los olés, cerrojazo a la puerta, a hombros con él que no hay nada más que ver y que se acabe la faena, como dijo y sentenció el suspiro en un ruedo de aquel gitano de Jerez.
Entonces comprendí lo de las moñigas y las garrapatas. No hace falta partirse por la mitad fuera del Real de la feria. Un suspiro por Paula, otro por Morante.

