Hace apenas unos días que acabó el largo serial de San Isidro y, por lo menos en mi caso, cada tarde a eso de las 18:55 siento cierta desazón, no por tener poco que hacer, que ojalá, sino porque me falta algo. Esa cita con la plaza y la feria más importante del mundo hace que el hábito se traduzca en costumbre, así que cuando llega la tarde siguiente a la que cierra el ciclo continuado de corridas algo se muere en el alma, aún con el convencimiento de que el tiempo pasa rápido y, relativamente pronto, la presentación del serial de San Isidro 2027 estará a la vuelta de la esquina.

Pero, a lo que vamos. Hace un mes aquella larga reflexión puesta en negro sobre blanco y titulada “Los hijos de la pandemia” intentaba poner en claro cómo aquella malhadada época hizo mella en la ganadería brava. Y, de paso, contar cómo los criadores que pudieron sobrevivir hicieron entonces una criba que estaba dando como resultado que desde el año pasado estemos viendo en las plazas un porcentaje de toros bravos absolutamente asombroso.

El recién finalizado abono de San Isidro ha reafirmado esta idea, porque desde el primer día, y fallando pocos, han saltado a la arena venteña toros muy importantes. Con otra particularidad que no conviene olvidar, y esa es que se han visto animales bravos para todos los gustos. Los ha habido que inundaron de satisfacción a esos aficionados que disfrutan viendo gatear rítmicamente a un toro intentando alcanzar la muleta; también salieron de esos que venden cara su bravura, y que cuando lo hacen regalan un caudal de clase y entrega. Y, por supuesto, dentro de las ganaderías denominadas “duras” hubo ejemplares que colmaron completamente los deseos de aquellos que se sientan en la cálida piedra venteña deseando ver la lucha, en el más puro sentido de la palabra, entre toro y torero.

Llegados a este punto sería conveniente hacerse algunas preguntas, por ejemplo: ¿cuántas “bravuras” hay?, ¿es lo mismo un toro fiero que un toro bravo?, ¿se puede equiparar el genio a la bravura?, ¿dónde está la vara de medir que haga oscilar la balanza hacia uno u otro de estos términos, que no necesariamente son contrapuestos entre sí?

Particularmente, y a lo largo de una trayectoria que ya va siendo dilatada, he llegado a la conclusión de que hay casi tantos tipos de bravura como aficionados que contemplan la lidia de un ejemplar bravo. Sin embargo la mayoría de, llamémoslo así, un bando y otro, el de los amantes del toro “duro” y los del “comercial” —cómo odio esta última palabra para definir a un animal bravo—, en esencia tienen un concepto similar entre los que forman parte de la misma corriente de opinión. Lo único que cambian son los matices, y ahí, en la variedad de ellos, radica la riqueza que, siempre dentro del respeto, suscita la diversidad de opiniones.

Esto es así entre los aficionados, pero también, no penséis que no, ocurre en el gremio de los criadores. Aquella sentencia de “no hay ganaderías, sino ganaderos” es, a mi entender, completamente acertada. La prueba es que divisas surgidas de un mismo tronco común no se parecen en nada a la vuelta de tres generaciones bovinas. Ahí están, por poner un ejemplo a bote pronto, las vacadas de “El Torero”, “Lagunajanda” y “Toros de Salvador Domecq”, que hace apenas veinte años eran una sola, creada, forjada y cincelada por aquel genio de la bravura que fue don Salvador Domecq y Díez. Hogaño, cada una tiene sus particularidades que la definen, y eso teniendo en cuenta que en los ancestros genealógicos de las tres confluyen idénticas líneas de vacas y sementales.

Es, por tanto, el carácter del propietario el que sirve para esculpir la personalidad de su ganadería. Hay otro dicho que afirma que los toros se parecen a quien los cría. Y también estoy de acuerdo, excepto en el caso de Fernando Cuadri pero claro, con ese Señor de Trigueros se rompió el molde, cumpliéndose el aforismo en un altísimo porcentaje de los demás. Como he tenido la fortuna de poder hablar con muchos criadores a lo largo de estas últimas décadas, eso me ha permitido comprobar hasta qué punto son diversos los matices a la hora de seleccionar. Los hay, por ejemplo, que tienen claro que el animal debe mostrar su bravura sobre todo en el tercio de varas, y a colación de esto recuerdo cómo Ramón Gutiérrez, ganadero de Navalrosal, contaba cómo en un tentadero de machos le habían pegado 17 puyazos a un eral. Otros, sin embargo, ven el paso por el caballo como un mero trámite y lo centran prácticamente todo en la duración que ese becerro/becerra tenga en la muleta. Ese concepto, el de duración, se empezó a buscar con ahínco hace no tantos años, lo mismo que la humillación y el galope. Si queréis comprobarlo sólo tenéis que poneros un vídeo de alguna corrida triunfal de principios de los ochenta y entenderéis enseguida este tema de los matices en la embestida. Y, de paso, os vais a quedar asombrados viendo cómo toros que en su época fueron considerados poco menos que cumbres hoy en día pasarían como uno más dentro de un festejo de éxito.

Hace no mucho empezó también a buscarse el “gateo”, que es un ritmo sostenido y mantenido hasta el final que permite soberbias obras de arte, pero que a la vez demanda de un torero grandioso para poner en valor ese tipo de embestida. Y, como curiosidad, de un tiempo a esta parte los ganaderos, sobre todo algunos de muy arriba, buscan gestos. Una colocación especial de cara en el embroque, una forma de volcarla al final de la embestida o una flexión síntoma de entrega total tras la muleta son pequeños —grandes— detalles muy tenidos en cuenta por ciertos criadores.

Otros, como ya hemos dicho antes, entienden que la bravura debe de ir por distinto camino, mucho más indómito, y levantar a los aficionados de sus asientos en base a resortes muy diferentes y bastante más incómodos para los toreros, todo sea dicho. Pero, y seguimos con las frases hechas, esta sí que debería ser de obligada aplicación: “el mejor aficionado es aquel al que más toros y toreros le caben en la cabeza”.

Llegados a este punto, y tras estas disquisiciones sobre la bravura, entiendo obligado mojarme. Y como hemos empezado hablando de la feria de San Isidro, a ella me voy a circunscribir. Para mí la bravura —en este caso mi concepto de bravura— viene representada por dos animales absolutamente excepcionales, que llegaron a Las Ventas desde la sierra de Madrid y desde los pagos extremeños de Mérida. Uno con el hierro de Victoriano del Río y otro con el de Jandilla. Se llamaron “Cantaor-79” y “Lacerado-93”, los dos de pelo negro y, curiosamente, ambos saltados al ruedo en cuarto lugar de las corridas celebradas los días 22 de mayo y 4 de junio, respectivamente.

“Cantaor” ha sido premiado, con toda justicia, como el más bravo del ciclo, pero en una feria donde se ha galardonado nada menos que a cuatro matadores como autores de la “mejor faena” —ozú qué derroche—, bien se podría haber distinguido a estos dos toros a la vez pero, ya se sabe, el toro no habla y el ganadero no puede hablar, así que siguen dándole un protagonismo secundario cuando es actor principal. “Cantaor” metió la cara con clase en el capote, empujó en varas y luego fue absolutamente excepcional en la muleta. Pero excepcional de verdad, sin un pero y con la fortuna de que Sebastián Castella lució su bravura en todo su esplendor.

“Lacerado” no tuvo la misma suerte. También se empleó en el capote y empujó en varas. Y en la muleta fue un torrente de bravura que se desbordó sobre todo por un pitón izquierdo de vacas, con un fondo que le hacía embestir mejor cuanto más sometido lo llevaban. Eso es la bravura, no sólo la capacidad de lucha hasta la muerte, que decía el viejo Juan Pedro Domecq, sino la de crecerse y no parar de venir a más. Pero a este toro, de hechuras finas como el coral que presagiaban su juego ya desde por la mañana, no lo pudimos ver, por lo que sea, igual que a “Cantaor”. Sin embargo, como aficionado me quedó la pena de que el palco, tan dadivoso a la hora de repartir trofeos y puertas grandes este año, no aplicase el mismo rasero con los toros y fuese cicatero con un ejemplar que también mereció la vuelta al ruedo póstuma.

Por cierto, la estirpe de “Cantaor” permanecerá, porque sus ganaderos le extrajeron semen post-mortem en el desolladero. Ignoro si pasó lo mismo con “Lacerado”, pero lo que sí tengo claro es que su bravura quedará en un rinconcito de mi mente de aficionado como botón de muestra indeleble de la excelencia que han llegado a conseguir los criadores de bravo de nuestro tiempo.