QUÉ POCA MEMORIA TENEMOS (A RAFAEL RUBIO LUJÁN)

QUÉ POCA MEMORIA TENEMOS (A RAFAEL RUBIO LUJÁN)

La historia que voy a contar a continuación empieza hace ya muchos años. Demasiados quizá. Se remonta a aquel año 1992 en el que tantos y tan extraordinarios fastos orlaron de norte a sur nuestra geografía, poniendo a España de moda en todo el mundo (vamos, igualito que ahora).

Aquel verano, en el que también hizo tela de calor, porque eso no es nada nuevo y mucho menos en las calendas del sur, contaba en lo taurino con la consolidación de un torero que había firmado semanas atrás su primera salida a hombros por la puerta grande de Las Ventas y estaba llamado a ser uno de los grandes en la historia del toreo. Se llamaba Enrique Ponce y su historia era cuanto menos curiosa. Descubierto por una inteligencia privilegiada, la de Juan Ruiz Palomares, hecho un crío imberbe dejó atrás hogar y familia en Chiva para irse a vivir a Navas de San Juan, apostándolo todo a un sueño, el de ser figura del toreo. El mismo que acabó, y de qué forma, por cumplir.

En ese verano de 1992 hacía ya unos pocos años que Ponce se había hecho vecino de Navas, y creo recordar que ya tenía en propiedad “Cetrina”, así como una punta de ganado bravo. Con Enrique encaminado a ser figura del toreo empezó a conocerse una noticia que hacía pensar en un “remake” de lo ocurrido entre Ponce y Ruiz Palomares. De hecho los ingredientes eran casi idénticos. Por un lado un sobrino de Juan Ruiz llamado Juan Collado, y por otro un chavalín muy menudo, muy poquita cosa, pero del que hablaban maravillas por su desparpajo, sabiduría y soltura a la hora de torear. Era de Murcia, se llamaba Rafael Rubio Luján y aparecía en los carteles bajo el nombre artístico de “Rafaelillo”.

Aún le faltaban muchos años para ser mayor de edad, así que visto con los ojos de la sociedad actual esto puede sonar a barbaridad. Pero era lo que sucedía no hace tanto con niños que por dentro ya eran hombres y aceptaban que en esta vida nadie regala nada sin trabajo duro, esfuerzo y sacrificio. El caso es que aquel chiquillo hizo un viaje iniciático desde su barrio de El Carmen hasta Navas de San Juan. Años después contaba cómo, al subirse en el coche encargado de llevarlo a su nuevo hogar jienense, miró al balcón de aquel piso de la calle Cartagena donde hasta entonces se había desarrollado su vida y al ver a su madre y hermanos despedirse el mundo se le vino encima. Pero apretó los dientes y empezó a luchar por su sueño, aunque todavía no sabía que la profesión de torero puede llegar a ser, para algunas personas, una de las menos gratas y frustrantes del mundo si no se consigue llegar arriba.

Recuerdo la primera vez que lo vi torear. Era agosto de ese 1992 y el escenario fue la plaza portátil de un precioso pueblo de la campiña de Jaén que se llama Lopera. Como había otro “infante prodigio” por la zona que se apodaba “El Niño de Oro” hicieron pareja con los dos. De aquella tarde, además de la inteligencia ante los animales impropia de alguien tan menudo, se me viene a la cabeza que tuvieron que buscarle una caja de refrescos para que se subiera en ella y así poder ver a su compañero cuando toreaba, porque las tablas eran más altas que él.

El caso es que la fama de aquel chavalito fue creciendo, y su carrera como novillero sin picadores llegó a lo más alto una tarde, también de julio, de 1993 y en la plaza francesa de Mont-de-Marsan. Vestido de rosa y azabache le formó tal alboroto a un eral de Chopera que se entretuvo en cortarle el rabo. Tenía 14 años y seis días. El vaticinio de ser un prodigio iba fraguando. No había cumplido los 16 cuando debutó con caballos en aquella feria que Simón Casas, antes de autoproclamarse “productor”, se sacó de la chistera y que cada mes de febrero reunía en Nîmes a lo mejor de la novillería. Corría 1995 y entre aquella temporada y la siguiente estuvo presente en todas las grandes plazas con la vitola de novillero puntero. Además, con el sello de torero de arte, pinturero, con capacidad para resolver pero al que tampoco se atisbaba un valor exagerado, que tampoco hacía falta mostrarlo con las novilladas de lujo que solía lidiar. Como muestra, un botón, el año de su alternativa, 1996, toreó el 19 de mayo en Sevilla una de Torrestrella y apenas dos días más tarde se anunciaba con El Torreón en plena feria de San Isidro.

Sea por lo que fuere Rafaelillo no fue, con picadores, el mismo que había sido de becerrista. Podríamos decir que se durmió en los laureles. Y el tren, como tantas veces sucede, se le fue. Aunque todavía hubo fuerza para tomar una alternativa de lujo en su Murcia natal, con Enrique Ponce y Rivera Ordóñez para lidiar un lote de “El Torero”. Puro lujo. Pero después llegó el parón. Pocos contratos y alejados de aquellas ganaderías con las que se “disfrutaba”. La dureza se topó de frente con alguien que aún era casi un imberbe. Un banquillo, ese que Antoñete decía que o curtía o pudría, escenificado en una finca de La Carolina, la de su apoderado, donde a falta de contratos tocaba currar como un vaquero más. Un día detrás de otro.

De vez en cuando salía una fecha. Y ya, más maduro, procuraba que aquello no se le fuera por nada del mundo, aunque pocas veces notaba el trato amable que tuvo en su día aquel chiquillo que empezaba. Por ejemplo, indultó en la feria de Jaén de 1998 a un “Pedrajas” de Guardiola y nunca fue invitado a tentar a esa casa. Qué cosas. Así que no le quedó otra que seguir apretando uno contra otro y tirar p’alante. Tocaba ser yunque, y de qué manera, por si algún día llegaba la hora de convertirse en martillo.

Nada menos que siete años tardó en llegar la confirmación, también un mes de julio. El premio a estar bien en esa fue una de Hernández Plá en agosto. Todo eso sirvió para entrar en el San Isidro de 2004, aunque fuese con un corridón de Escolar. Y, así, tocó remontar poco a poco. Hoy “Barcial”, otro día una de “Palha”… ni un “dulce” pero tampoco ni un paso atrás. Hasta que, a base de “pantalones” volvió al circuito. No a ese en el que todos habíamos pensado que funcionaría, sino otro, mucho más desagradecido, el de las corridas duras, con una rivalidad todavía superior a ese otro de las mal llamadas “comerciales”, porque en este del toro más complicado la exigencia es estar bien cada día y, si se te va el pie, te mandan pronto a tu casa y que pase el siguiente… a ver cuánto aguanta ahí.

Pero Rafaelillo aguantó un año, y otro, y otro. Dando la cara siempre, bailando con la más fea, jugándose la vida cada día… y disfrutando del toreo cuando, muy de vez en cuando, salía uno para cuajarlo por otro palo. Una tarde de verano, un ganadero que tenía cosas muy buenas de Moura le regaló un toro. Lo lidió en zapatillas y polo de manga corta porque aquel obsequio había llegado de improviso y le pilló sin ropa adecuada y a muchos kilómetros de casa. Lo cuajó, y en uno de esos muletazos con reminiscencias del pasado volvió la vista hacia uno de los burladeros y exclamó, como soltando la rabia contenida en tantas tardes de miedo “ea, para que digan que Rafaelillo no sabe torear”.

Convertido ya en maestro de las duras, una tarde de julio ¡qué recurrente ese mes en este artículo! de 2019 un toro de Miura, “Trapajoso”, cárdeno y de hierro arriba, lo estampó contra las tablas en el primer muletazo. La impresión era que lo había partido en dos. De hecho, sufrió múltiples fracturas costales y vertebrales. No pudo reaparecer hasta marzo de 2021, y fue con una de Victorino. Volvió a reponerse, apretó dientes y de nuevo tiró p’alante. A Pamplona no volvió hasta 2022, y por lo menos tuvieron el detalle de ponerlo con una de La Palmosilla. Al año siguiente, también, pero ya en 2024 tocó de nuevo apechugar con la de Escolar. El premio a la oreja ganada fue otra de José Escolar, pero esta vez la suerte vino de espaldas. El cuarto de aquella tarde del 12 de julio le echó mano en la faena de muleta y, este sí, lo partió en dos, lesionando las costillas y las vértebras que ya habían sido machacadas seis años antes. Además, la presencia de un neumotórax disparó la preocupación en las primeras horas del percance.

Ha pasado justo un año y sólo Rafael Rubio Luján sabrá el calvario por el que está transitando. Personal y profesional. No ha podido volver a ponerse delante de un animal a causa de las secuelas que aquella brutal cogida le dejó. Su alma encastada, contenida en un cuerpo menudo, habrá pasado días de infierno y de dolor físico. Y a mí, que lo veo desde fuera, me duele, y mucho, lo pronto que algunos se han olvidado de su figura. Un año después la vida, y la Tauromaquia, como no puede ser de otra manera, continúan. Sin embargo echo de menos que, salvo algún medio regional (olé tú, Paco Ojados) pocos se hayan hecho eco de que hace justo un año uno de los toreros más honrados de los últimos tiempos estuvo a punto de entregar su vida en una plaza y todavía arrastra las consecuencias de aquella tarde.

No es justo, como tampoco lo es su circuito, que como escribíamos antes, es tan propenso a olvidar. Sentencia un refrán que “al que nace martillo, del cielo le caen los clavos”, pero Rafael Rubio Luján, la persona (tampoco el torero) no merece esto después de haberse entregado a carta cabal durante tantas tardes de toros. Ahí lo dejo.

P. S.: Muchas veces ha salido a colación el mes de julio en estos párrafos. Vamos con la última. Rafaelillo nació en julio, concretamente el día 16, festividad de la Virgen del Carmen. Así que, desde esta página le enviamos nuestro mayor deseo de felicidad, y no solamente para este día, sino para lo que el futuro le tenga guardado a este pedazo de torero… y de tío.