Sólo sé que no sé nada
El otro día, en una plaza de tercera que ese día daba un cartel de primerísima, el azar, porque entre otras cosas cada día me encuentro más a gusto en el tendido y voy huyendo de los callejones, me hizo coincidir entre barreras y casi codo con codo con unos ganaderos de los de verdad. De esos que, además de llevar la solera en el apellido, la tiene también en el complicadísimo oficio de criar toros bravos. Un sabio del campo bravo, cuya divisa año tras año está en “top five” de la temporada y que, no me importa confesarlo, está entre mis favoritas. Tanto por el tipo de toro que ha conseguido como por el comportamiento que los define.
Por supuesto es uno de esos hierros cotizados de verdad, pese a lo cual su propietario no se vuelve loco dejando ciento y pico cuatreños, aunque podría lidiarlos sin el mínimo problema. Pero prefiere “limpiar” las camadas embarcando unas cuantas novilladas de erales, ninguna de utreros, porque no merece la pena tal y como está el mercado aguantarlos ese año de más, y dejar la flor y nata para las corridas de toros, donde su hierro es “estrella”.
Todo eso, con el mérito añadido de ser un hombre de empresa al que, probablemente, no le sobra ni un minuto al día, todo lo contrario y que, por tanto, tiene que apoyarse por fuerza en su equipo de hombres de campo. La cabeza de todos ellos es su mayoral, aunque en esta casa esa otra acepción de “conocedor” viene al pelo como en pocos sitios. Porque hay que ver cómo ese hombre conoce, no solamente cada cercado, cada toro, sino las formas de manejarlos para que no cojan el mínimo resabio en los cuatro (casi cinco) años en los que los está trajinando en el campo.
Tuve la fortuna (porque eso siempre es una suerte) de echar un rato de charla con él justo después del sorteo. Cuando le mostré el orden de lidia me radiografió de pé a pá la corrida. No solamente el comportamiento, porque también entró hasta en detalles de lo bien que habían hecho los lotes y en lo acertado de las cuadrillas al decidir qué toros iban a salir por delante. Por cierto, hizo un vaticinio: le gustaba especialmente el cuarto de la tarde, del que su instinto le cantaba que podía ser un toro de mucha clase.
Como digo, esa misma tarde mi lugar asignado por el delegado gubernativo se situaba justo al lado del que él iba a ocupar a lo largo de una tarde donde en la plaza no cabía un garbanzo. A pesar de ser la última corrida que embarcaba en el año, de que la plaza era de tercera, con el público entendido, pero amable, y de que había tres figuras en el cartel, con lo cual estaba prácticamente asegurado que iban a sacar todo el partido posible de sus toros, el gesto que traía justo antes de empezar el festejo, que siempre es amable en él, ya emanaba un halo de preocupación.
Y salió el primero, que a mí me pareció un toro de gran nobleza y buena clase. Me llamó la atención que a él sólo le pareció “facilón”. El segundo, que al igual que el que había abierto plaza era del guarismo adelantado y tenía los cuatro años recién cumplidos, sacó buena condición y poca fuerza, así que fue devuelto. Y el ganadero frunció el ceño, pero sin hacer ni un aspaviento ni un reproche a nadie, sólo que había atisbado una clase inmensa en un animal que se iba a quedar sin ver y, al tiempo, recordó que había estado a punto de meterlo en la plaza para tentarlo.
El sobrero era de otra ganadería. En realidad se habían cargado cuatro sobreros de dos vacadas distintas y diferentes a la anunciada, porque las figuras son así de caprichosas incluso para estas cosas y en plazas menores. El sustituto tenía mucha más presencia, y encima sacó temperamento. Acabaron dándole la vuelta al ruedo y José Carlos Martínez Sousa, productor y entrevistador de Carrusel Taurino, una persona que es pura clase y educación, le pidió permiso al ganadero, al del sobrero, para entrevistarlo, como reconocimiento al juego que había dado su toro, único que iba a lidiar esa tarde. Y el criador, que es un hombre joven, pero sobradamente preparado, declinó la entrevista porque la corrida no era suya, sino de otro ganadero, y le parecía una falta de respeto hacerse protagonista. Yo, que estaba cerca, pensé que siempre ponderamos (y con razón) la escuela de valores que tienen los que quieren ser toreros, pero ojo a la que atesoran los jóvenes ganaderos que se están forjando para un futuro inmediato.
A partir de ahí la corrida continuó triunfal. Al tercero, ya del hierro titular, no le quisieron dar la vuelta al ruedo, a pesar de que no hubiera estado de más y habría sido justo premio a su gran condición. Es más, llegaron a pedirle el indulto y, de hecho, cuando le preguntaron al ganadero su opinión me llamó la atención la forma de contestar: “Lo que quiera el torero”, fue su respuesta. El cuarto, ese que había cantado su mayoral apenas unas horas antes, sacó una forma maravillosa de colocar la cara y una obediencia bárbara, pero le faltó ese fuelle que muchas veces está reñido con la clase. Y el quinto, que era el único feo del encierro, embistió por dentro más de la cuenta y le hizo pasar un ratito al torero… y un mal rato al ganadero, que no sabía dónde meterse en el burladero. Viendo a escaso medio metro cómo sufría yo no podía dejar de pensar en lo difícil que debe de ser criar toros a ciertos niveles.
Los de la máxima exigencia de empresas y figuras, esas alturas donde en cuanto se te va el pie en forma de un toro que molesta más de la cuenta se olvidan de todo y hasta te echan una mirada que suena a sentencia. La misma que puede suponer verte al año siguiente relegado a otro circuito sin que nadie se preocupe por ti. Pero el ganadero, que para muchos es el culpable de casi todos los males de la fiesta, tiene que tragar lo que algunos ni se imaginan, y encima con el condicionamiento de que ni sus toros hablan… ni ellos pueden hablar. Y eso es lo que hay, lo que hubo, y lo que habrá. Todo lo demás es divagar sin conocer la realidad del campo.
Volviendo a la tarde que nos ocupa, quitado ese quinto la corrida fue eso que en México denominan como “exitosa”. Le dije al ganadero “¿tú eres consciente de que con un desecho tuyo se hace una ganadería”. Contestó tajante: “con un desecho no se hace ná”. Y caí en la cuenta de que quizá haya sido de los que, estando en la élite, él haya sido de los que menos vacas ha vendido para vida, aunque sí son bastantes los que se han hecho con sementales suyos, que son garantía casi segura de mejora.
A lo que vamos. Al finalizar aquello la gente estaba loca de contenta, sacaron a los tres toreros en hombros y en los corrillos alrededor de la plaza se estuvo hablando un buen rato de toros. O mejor dicho, de toreros. Porque pocos, sólo los buenos aficionados, se acordaban de la clase que había sacado el devuelto, de la importancia que tuvo el sobrero, de lo bueno que fue el tercero o de la calidad con la que embistió el cuarto. Se había cortado una espuerta de orejas, pero a pesar de ello, cuando la masa se tiró al ruedo para sacar a los toreros nadie se acordó de que sin toro no hay nada. Así que mientras en el albero se formaba un tótum revolutum, yo miraba cómo por el callejón iba andando, despacito, con su camisa remangada y su sombrero de ala ancha ese hombre, ese sabio del campo bravo, que a la una de la tarde me había regalado unos cuantos minutos de su tiempo enseñándome cosas.
Ese día aprendí no pocas. Y llegué a la conclusión de que, a pesar de que llevo desde que era un niño intentando saber, comprender y descifrar las claves del toro bravo, llegados a este punto, que ya es bastante avanzado en mi trayectoria vital, sólo puedo, sinceramente, decir aquello de “sólo sé que no sé nada”. O por lo menos ese fue el sentimiento que me embargó ese atardecer de principios de otoño en una plaza de cuyo nombre siempre me gusta acordarme, pero que hoy, al igual que el del resto de los protagonistas de esta narración, prefiero mantener en el anonimato, porque lo contado a lo largo de estas líneas perfectamente bien se podría extrapolar a lo que ocurre en muchas otras tardes de toros a lo largo de la temporada.



