Torolive con la firma de Parrado

El presidente de Villanueva

Luis Miguel Parrado
Columnista de Torolive

Luis Miguel Parrado

Vaya por delante que, en toda su vida, quien escribe estas líneas sólo se ha sentado en un palco en dos ocasiones y, ambas sin capacidad decisoria alguna, ostentando el “cargo” de asesor. Además, de aquello hace ya una pila de años, y si la primera fue en un festejo de rejones de cuatro novillos y en plaza de tercera, la otra tuvo lugar en una plaza portátil donde se celebraba una novillada sin caballos. Las dos, por sendos compromisos de los que no me pude escabullir.

Valga esta intro para declarar que ni por todo el oro del mundo querría ser presidente de un festejo taurino, y menos aún en los tiempos actuales, donde desde medios de comunicación con mucho calado en el gentío se ha ido vendiendo la idea de que el único camino para la supervivencia de la Tauromaquia pasa porque todos los días se corten una espuerta de orejas, ya sea por lo civil o por lo criminal, y si se pueden indultar dos toros, que sea mejor que uno. Tendencia que es inversamente proporcional a la de tener aunque sea una mínima exigencia con lo que allí ocurre, que por supuesto no puede ser la misma en una plaza de fuste que en un pueblo de tantos como dan toros y que, por otra parte, son sustento y cimiento de la Tauromaquia más popular.

Una de esas localidades, que además cuenta con una plaza de toros preciosa, es la jiennense de Villanueva del Arzobispo, donde hace un par de semanas se celebraba una corrida de toros cuyo cartel era estelar: Diego Ventura, Roca Rey y David de Miranda. Villanueva, que siempre tuvo fama de buena plaza entre el empresariado, llevaba unos años en los que no cogía el paso. Pero de un tiempo a esta parte la entente entre el Ayuntamiento y la empresa ha dado como fruto un lleno detrás de otro, siempre y por supuesto, a la sombra de las figuras del toreo que se anuncian. Nada nuevo ni distinto a lo que ocurre en otras muchas plazas de España.

Y, como pasa siempre que los mandones del escalafón están en el cartel, el tipo de toro que se lidia es a modo, que para esos los veedores de los que están arriba son los mejores en lo suyo. Aunque dentro de ese “a modo” también se pueden embarcar animales que aunque tengan las caras toreras estén bien comidos y con su remate, que así ocurrió en Villanueva con los de Guiomar Cortes Moura y Victoriano del Río.

En fin, a lo que vamos, que allí faltó poco para que se pusiera el “no hay billetes” y el ambiente, no podía ser de otra manera, era de fiesta. Así que, menos al primero, y porque Ventura falló repetidamente con el rejón de muerte, a todos los toros se les cortó, cuanto menos, una oreja. Las espadas viajaron certeras, y el listón, que era el de una plaza de tercera categoría, hacía que todo fuese discurriendo según lo que casi siempre se prevé en estos casos.

Pero hete aquí que fue casi en el “tiempo de descuento” cuando aquello se salió completamente del guión establecido. Ocurrió en el sexto, frente al que David de Miranda había cincelado una faena muy a más, que caló definitivamente en los tendidos durante un final explosivo, dejándose llegar muchísimo los pitones en una absoluta demostración de sitio y autoridad. Las dos orejas eran seguras, pero en el primer envite pinchó y en el segundo la espada quedó caída. Hubo petición unánime de la primera oreja y, como marca el reglamento, el presidente la concedió, porque para eso “es del público”. Pero en la segunda el usía se empeñó en darle seriedad al asunto y, pese a que la plaza estaba repleta de pañuelos blancos demandando ese segundo trofeo, él tenía claro que no lo iba a conceder. Es más, sin aspavientos a pesar del jaleo que se estaba formando, pero sí con un gesto muy explícito, dejó claro a quien lo quiso entender que la no concesión estaba motivada por la defectuosa colocación del estoque.

Y no le dio la dichosa segunda oreja. Los improperios hacia su persona se oyeron en Villacarrillo, que es otra localidad, muy taurina por cierto, que se encuentra a una decena de kilómetros, mientras en la plaza las opiniones se dividían (ya sabéis, aquello de que unos se acordaban de su padre y otros de su madre). Pero el presidente mantuvo firme su postura y, de paso, marcó un precedente, una especie de “jurisprudencia” para cuando en el futuro concurran circunstancias parecidas. Y, así, seguramente cuando el año que viene pase algo similar la gente ya protestará menos, y al siguiente sólo lo harán cuatro de esos que no se enteran ni del clima. Además de, por supuesto, esos otros que viven (literalmente) de dorarle la píldora permanentemente a los toreros y cada vez que pasa una de estas atizan con el repertorio ese de “robo”, “atraco” y demás, como si en vez de una corrida de toros estuviesen viendo un capítulo de “Curro Jiménez” (por cierto, os recomiendo el titulado “El campeón de Almería”).

“Se trata, en definitiva, de volver a educar progresivamente a los públicos.”
Torolive con la firma de Parrado

Volviendo a lo serio se trata, en definitiva, de volver a educar progresivamente a los públicos. De “enseñarles” cuál es el nivel de cada plaza, que no todo vale, que es necesario mantener ese mínimo de exigencia del que hablábamos al principio. “El animal más manso del mundo es una oveja… y necesita un pastor” me decía hace muchos años un empresario taurino que alcanzó cierta fama en la década de los setenta. Esa figura metafórica es la de presidente, verdadero encargado de velar por los intereses del aficionado pero, al mismo tiempo, también lo es de que aquello no se convierta en un desmadre donde todo vale.

Esta aseveración no sólo es válida para plazas de tercera, como Villanueva, sino para otras de superior categoría, incluso últimamente de primera, donde en los últimos años nos hemos acostumbrado a ver cómo, por ejemplo, se dan orejas con espadazos caídos, en base a un baremo que nunca antes había existido. Como si lo único que importase a estos espectadores de nuevo cuño es que el toro caiga cuanto antes, dándoles igual todo lo demás. Y eso, para qué nos vamos a engañar, lo perciben perfectamente los toreros, y a más de uno se le nota a la hora de perfilarse cómo ya va buscando el “rincón de Ordóñez”, aunque parece que con el tiempo el rincón se ha ido convirtiendo en sótano.

Cosas así suceden, perdón por la redundancia, hasta en plazas de primera. Y yo, aun a riesgo de parecer un abuelo cebolleta, no puedo por menos que recordar nombres de presidentes que le dieron categoría al palco que ocupaban y, al tiempo, verdadera importancia a los trofeos que concedían. En la historia quedan hombres como Luis Espada, Juan Lamarca, el sevillano Delmiro Salazar (que se despidió como presidente de La Maestranza) con Vicente Barrera saliendo de novillero por la Puerta del Príncipe, y, más recientemente, el de mujeres como Anabel Moreno en Sevilla y Ana Belén Álvarez en Granada, dos de los mejores presidentes (perdón por no usar el puñetero lenguaje inclusivo) que han disfrutado esas plazas, cada una acorde a la exigencia del coso que les tocaba regir.

De todo eso me acordaba el otro día viendo al presidente de Villanueva mantener su criterio sin importarle echarse a la gente encima. En contraposición, ese mismo día, en la otra punta de la provincia de Jaén, otro presidente elegía el camino de perderse en una orgía de orejas, supongo que para hacer bueno aquello de que es por el bien de la fiesta o pensando que para qué se va a enfrentar con nadie, que también se lo he oído a alguno. Y cuando le escuché esa última frase a un señor que es presidente de plaza de segunda pensaba que, si su filosofía es esa, para qué leches se sube al palco, aparte de para aparentar…

En fin, que el otro día, en esa preciosa placita que es Villanueva cavilaba en que no todo está perdido. Por cierto, el presidente de Villanueva del Arzobispo, en el que personifico a todos y cada uno de aquellos que se suben a un palco con criterio y voluntad de hacer las cosas bien, se llama Álvaro Setiey, y no os vayáis a pensar que es un malaje o un “estirao” de esos que van de perdonavidas con la cara larga. Al contrario, es un pedazo de aficionado. De hecho, en el cuarto toro no se pensó ni un momento darle el rabo a Diego Ventura, que bordó el toreo sobre un caballo que hace cosas inverosímiles y se llama “Quitasueños”. Pero esa es otra historia.

Firma de Luis Miguel Parrado

Luis Miguel Parrado
Columnista de Torolive

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