Cuando se promulgó el último reglamento taurino con verdadero peso específico y funcionalidad en todo el territorio nacional (el de José Luis Corcuera, allá por 1992) todavía eran tiempos en los tenía muy destacado protagonismo un pequeño detalle que tenía que ver precisamente con el paso tiempo. Tanto, como que desde muchos años atrás era de una importancia supina para el público, y aún más para los toreros. Estamos hablando de los avisos.

El aviso, sí, ese recordatorio de que la faena se va extendiendo más de la cuenta y de que hay que matar al toro era, por lo menos en los aficionados de mi generación y no digamos en las anteriores, un asunto para nada baladí, puesto que ameritaba la actuación del matador el hecho de que no hubiese escuchado ninguno en toda la tarde. Es más, ellos mismos se vanagloriaban de pasar temporadas enteras sin que el pañuelo blanco apareciese para dar ningún tipo de recado presidencial. Si asomaba a la balconada del palco, que fuese para dar orejas, no para otra cosa.

Hay que tener en cuenta que, en aquella coyuntura de la que hablamos, también las faenas eran mucho más breves. Antoñete sentenciaba continuamente lo de “pronto y en la mano”, y no sé qué pensaría el maestro de Madrid si hubiera vivido un poco más hasta llegar a sufrir (sí, sufrir) algunos trasteos de innumerables muletazos, donde la cantidad prima sobre la calidad y el toro acaba molido a pases. Ese, y también la laxitud que progresivamente se ha ido imponiendo en el criterio del aficionado medio, ha hecho que los avisos sean tratados ahora mismo como algo menor, hasta el punto de que no pasa absolutamente nada si un torero se va a casa con tres o cuatro cosechados la misma tarde. Es más, en los últimos tiempos hemos tenido la ocasión de comprobar, no sin estupor, cómo ha habido “matadores” (lo escribo entre comillas y con ironía) que después de ver que un toro suyo volvía a los corrales tras escuchar los tres avisos aún tenían el cuajo de salir al tercio a saludar una ovación. Lo que no hace tantos años era considerada la mayor de las vergüenzas por la que podía pasar alguien vestido de luces, hoy en día se encara como si no hubiese ocurrido absolutamente nada ¿Se imaginan, verbigracia, a Antonio Bienvenida saliendo a saludar después del muy poco probable caso de haberse dejado un toro vivo? Claro, que más culpa que el torero tiene la gente, ya no hablo de aficionados, que regala ovaciones en tesituras que antes eran cuanto menos bochornosas para el coleta de turno. Y en esas estamos.

Pero, valga que el personal ya no tenga ni idea de lo que es un aviso, lo mismo que la inmensa mayoría desconoce que para un toro bravo existe la vuelta al ruedo, porque el taurineo se ha encargado de hacer una labor de zapa y triunfalismo desde hace años cuyos frutos se están recogiendo sus frutos en la actualidad y según la cual sólo cabe el indulto, así sin anestesia y “por el bien de la Fiesta”. Valga todo eso porque muchos de ellos no son aficionados de solera, sino gentes que se han acercado a esto como nuevos espectadores y bienvenidos sean, como siempre lo fueron.

Sin embargo, lo que no tiene justificación alguna es que los que hablan/escriben de toros, o sea, la prensa especializada, obvie por sistema y deliberadamente algo que figura en los diferentes reglamentos y que es llevado a rajatabla por los presidentes de todas las plazas importantes, y también en algunas de no tanto relumbrón pero con seriedad y sin jarana en el palco que rige el timón del espectáculo.

Los que, como yo, somos amantes de recopilar datos hemos observado cómo, de unos años a esta parte, en gran cantidad de crónicas taurinas han desaparecido por arte de magia los avisos que tarde tras tarde suenan. Y, una vez se puede pasar u olvidar, pero hay festejos que se saldan con cinco, seis o siete avisos, y en la ficha no hay ni rastro de ellos. Comprobado. Vergonzosamente comprobado.

A la hora de documentar este artículo he hablado con una compañera que maneja a la perfección la crónica futbolística, y mi pregunta ha sido si se suelen reseñar las tarjetas, amarillas o rojas, que el árbitro pueda mostrar en un partido. Su respuesta ha sido tajante al mandarme una ficha de un encuentro de liga donde, efectivamente, aparecen todas esas incidencias, sin dejar ni una atrás.

Sin embargo en gran parte de la crítica taurina esa ley hecha costumbre ha desaparecido, y la comparación es tan clara como si un periodista deportivo obviase, a posta, esas tarjetas sacadas por el colegiado. Conste que en determinados casos puedo llegar incluso a entenderlo, que no a secundarlo, porque aunque ya no tengan la trascendencia de antes, que en el resultado aparezcan avisos “guarrea” la imagen triunfal de la tarde de un torero. Y digo que puedo llegar a entenderlo porque determinados medios viven de la publicidad que los de luces se dignan concederles, así que hay que estar a bien con ellos, vaya a ser que el torero de turno o su apoderado se mosqueen y nos quedemos sin el banner, que cosas peores se han visto, literalmente.

Pero donde bajo ningún concepto puedo llegar a entenderlo en el caso de profesionales jóvenes que escriben en medios generalistas, alguno de ellos con antiquísima tradición taurina, y que por ello para nada tienen que “vivir del toreo”. Así que, estoy convencido, cando se sientan delante del teclado tienen decidido por su cuenta y riesgo, con premeditación y alevosía, que el aviso es intrascendente, así que no lo reseñan directamente porque no les sale de ahí. No hay otra explicación para, y como digo está comprobado directamente por alguien que es muy puntilloso con los resultados, “comerse” tardes de cinco y seis avisos… y dejarlas en ninguno. Enseguida iba a suceder eso en medios como 6Toros6 y, de hecho, quien fuese su director adjunto, Paco Aguado, es hoy en día de los críticos más absolutamente fiables a la hora de consultar el resultado en la ficha de una crónica que él haya escrito.

Más de uno, al leer estas líneas seguro que piensa que soy un carca, o un trasnochado. Puede que sea así, pero me preocupa el rigor que ha ido perdiendo todo con el paso de los años. Y además lo ha hecho a pasos agigantados. Hoy en día se protestan cosas como picar a un toro, algo que antes sólo se veían en “gaches”, y se aplauden otras que no hace tanto habrían sido censuradas. Se justifica el triunfo injustificado porque con orejas a porrillo parece ser que gana todo el mundo, cuando en el fondo no es así. Al fin y al cabo todo esto no es más que una cortina de oropel que maquilla muchas tardes que no aguantarían una crónica como esas que, vuelvo a nombrar el medio, porque en aquella época fue la mejor revista taurina del mundo, se escribían en la añorada 6Toros6.

Pero estos son los tiempos que corren, y aunque sólo nos quede el derecho al pataleo, por lo menos lo ejercemos. Hoy ha tocado con el tema de los avisos, como podría haber caído cualquier otro. Por cierto, queda dicho que algunos, incluso dentro de los profesionales de la crítica taurina, parecen opinar que esos avisos ya están fuera de lugar. Pues, si verdaderamente no sirven para nada, que los quiten, que los eliminen de todos los reglamentos. Pero mientras sigan en vigor, que los respeten. Empezando por los que hablamos/opinamos/escribimos de toros. Todo lo demás no será otra cosa que falsear la información. Aunque, visto como está el patio, tampoco, salvo muy honrosas excepciones, se notará demasiado…