Hace exactamente un año, el 2 de noviembre de 2025, fallecía en Jerez de la Frontera Rafael de Paula, a los 85 años. Se marchaba uno de esos toreros cuya dimensión nunca pudo medirse únicamente en estadísticas, orejas o Puertas Grandes.
Rafael Soto Moreno había nacido en Jerez el 11 de febrero de 1940. El barrio de Santiago, el flamenco y una determinada manera de sentir el arte quedaron ligados para siempre a una personalidad que trasladó al ruedo un concepto profundamente personal del toreo.
Debutó con picadores en Ronda en 1957 y tomó la alternativa en esa misma plaza el 9 de septiembre de 1960, con Julio Aparicio como padrino y Antonio Ordóñez como testigo, ante toros de Atanasio Fernández. Aquella tarde cortó una oreja a cada uno de sus toros.
Pero la carrera de Rafael de Paula nunca siguió una línea convencional.
El arte por encima de los números
Fue un torero de inspiración, de tardes imposibles y momentos capaces de permanecer durante décadas en la memoria. Su irregularidad formó parte de una figura que, cuando encontraba las condiciones y el estado de ánimo preciso, podía alcanzar una expresión artística difícilmente comparable.
Madrid conserva uno de los recuerdos más importantes de su trayectoria. En 1987, su faena a Corchero, de Martínez Benavides, en Las Ventas quedó instalada entre las grandes obras asociadas a su nombre. También Jerez y Vistalegre fueron escenarios esenciales para comprender la dimensión de un torero que hizo del capote uno de sus grandes lenguajes.
Su carrera estuvo además condicionada por importantes problemas físicos. Una dolencia en las rodillas, que le obligó a pasar numerosas veces por el quirófano, limitó durante años sus facultades, aunque no consiguió borrar aquella capacidad extraordinaria para crear belleza cuando aparecía la inspiración.
Un legado que permanece en Jerez
Se retiró definitivamente en el año 2000 en la plaza de Jerez. Dos años después recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, reconocimiento que situó también institucionalmente su figura en un terreno que siempre había trascendido la propia tauromaquia.
Cuando falleció, Jerez decretó luto oficial y el mundo del toro respondió con numerosas muestras de reconocimiento. Su funeral se celebró en la iglesia de Santiago, en el mismo barrio donde había nacido, acompañado por familiares, toreros, artistas y profesionales.
Un año después, Rafael de Paula continúa perteneciendo a esa reducida nómina de toreros cuya memoria no necesita de una temporada concreta para volver.
Porque Paula no fue únicamente aquello que consiguió. Fue, sobre todo, aquello que hizo sentir.
Y posiblemente por eso, doce meses después de su muerte, siguen apareciendo las mismas palabras cuando se recuerda su nombre: arte, compás, inspiración y duende.
Desde TOROLIVE recordamos hoy con respeto y admiración la figura de Rafael de Paula, un torero que hizo de la inspiración su seña de identidad y dejó una huella imborrable en la historia de la tauromaquia.
Un año sin Paula. Su arte permanece.

