



La corrida estaba prácticamente sentenciada desde el mismo día en que se anunció. Seis hierros distintos en un festejo que nunca fue concurso —aunque alguno, entre el lleno de los tendidos, llegase a preguntarlo— y a estas alturas de temporada componían una ecuación que invitaba a pensar más en una limpieza de corrales que en una corrida concebida con criterio. Y el resultado terminó confirmando buena parte de esos temores.
Animales grandones, cinqueños en buena parte, con síntomas de corraleados y hasta ocho toros atravesando la puerta de chiqueros a lo largo de una tarde en la que hubo prácticamente de todo menos una corrida con unidad, raza y continuidad. Los corrales, eso sí, quedaron limpios.
Tampoco estuvo especialmente acertada la afición de Zaragoza con El Mene. Iker Fernández llegaba al día más importante de su todavía corta carrera, y además lo hacía como torero de la tierra. Sin embargo, esta vez no se le trató como tal. Al término del paseíllo apenas surgieron unas tímidas palmas desde el tendido 5 reclamando ese reconocimiento que La Misericordia sí ha acostumbrado otras veces a dispensar a los suyos. Después sería precisamente él quien justificaría la ilusión.
El primero, de José Vázquez, fue el toro de su alternativa. El Mene lo recibió con una larga de rodillas en el tercio y después se estiró a la verónica con suavidad, cadencia y el mentón hundido. Tras una lidia sin excesiva historia llegó el momento de la ceremonia, con Morante de la Puebla como padrino. Ya con la muleta, brindó el primer toro de su carrera como matador a su padrastro, también apodado El Mene, y comenzó por bajo para llevárselo hacia los medios. Pronto dejó un natural suelto de mucha enjundia, aunque fue sobre la mano derecha donde encontró el mejor fondo del animal.
El toro tuvo una embestida alegre y enclasada, aunque condicionada por su justo poder. El toricantano supo reducirla con suavidad, sin violentarla, componiendo las tandas con naturalidad y sin acusar en ningún momento la responsabilidad de la ocasión. Más áspero fue el pitón izquierdo, por donde el toro viajó más descompuesto y mostró mayor genio al sentir la tela.
El Mene resolvió con madurez, asentamiento y verdad. Cerró la faena con unas manoletinas de enorme ajuste y, aunque pinchó en el primer intento, a la segunda enterró una estocada magnífica que terminó de poner el trofeo en sus manos. Oreja en el toro de su alternativa.
El segundo de la tarde abrió después uno de esos episodios que retratan por sí solos el desorden del encierro. Salió primero un toro de Zalduendo que, tras dar varias vueltas al ruedo, manifestó aparentes problemas de visión. Pañuelo verde.
A continuación apareció un sobrero de José Vázquez, más feo todavía: alto, acaballado, despegado del suelo y con mal estilo. Protestó en el caballo, perdió las manos y mostró una mansedumbre acusada de caballo a caballo. Tampoco duró. Segundo pañuelo verde.
El segundo tris, de Román Sorando, tampoco mejoró demasiado el panorama. Alto, degollado, escurrido de culata y muy despegado del suelo, mostró desde el inicio una mansedumbre evidente, huyendo de los capotes y provocando una lidia desordenada. Y ahí apareció Morante de la Puebla para arrancar lo que parecía no existir.
Siempre en la distancia corta, comenzó por la izquierda y consiguió dejar varios naturales sueltos de enorme categoría a base de colocación, disposición y pulso. El momento más rotundo llegó después sobre la diestra, en una serie en redondo de gran expresión que remató con un soberbio pase de pecho también en redondo. Fue una labor de mérito por la escasa materia prima, pero una estocada defectuosa cerró cualquier posibilidad de premio. Ovación con saludos.
Diego Urdiales tampoco encontró posibilidades con el tercero, de Victoriano del Río. El toro salió sin demasiada entrega, aunque permitió al riojano estirarse a la verónica con mucha categoría, especialmente por el pitón izquierdo. Después pasó por el caballo sin emplearse y llegó al último tercio frenado, sin finales y con genio cuando sintió la tela.
Urdiales buscó primero la mano derecha, pero encontró una embestida a media altura y sin continuidad. Por el izquierdo hubo todavía menos. En mitad de aquello comenzó a sonar una música difícil de justificar, decisión que provocó discrepancias entre los tendidos. El riojano volvió a la diestra y siguió buscando con paciencia hasta dejar claro que allí había muy poco. Pinchó antes de dejar una estocada contraria y escuchó un aviso.
Con el cuarto, de Garcigrande, llegó el momento más bronco de la tarde. El toro prácticamente no pasó por los capotes y tampoco mostró voluntad de emplearse en varas. El tercio de banderillas acabó cobrando un protagonismo inesperado, con parte del público coreando con evidente guasa los pares de Juan José Domínguez, que respondió entrando con firmeza y decisión.
Morante, ya con la muleta, no vio posibilidades. Macheteó al toro para sacarlo hacia fuera y, sin apenas intentar enseñarlo, se cuadró para entrar a matar. Un pinchazo y media estocada pusieron fin a una faena inexistente. La reacción de La Misericordia fue inmediata y contundente: pitos y fuerte bronca.
Que Morante no tuvo lote es evidente. Pero tampoco puede despacharse su actuación únicamente con esa frase. Quien dice ser necesario para el toreo, quien concentra buena parte de la expectación de una feria y provoca que miles de personas se desplacen y gasten dinero para verle, debe asumir también la responsabilidad que acompaña a cada paseíllo. En el cuarto apenas hubo intención de enseñar al toro. Y no todo vale. Quizá él y, especialmente, su entorno, deban medir mejor la estructura y los compromisos de temporadas tan exigentes. Porque la grandeza también se construye en tardes como esta.
El quinto, de Alcurrucén, tampoco dio ninguna opción a Urdiales. Alto, degollado y largo de viga, se frenó desde el inicio y llegó a la muleta sin clase, sin poder y sin terminar nunca las embestidas. Por el derecho pasó andando; por el izquierdo se quedó todavía más corto y apenas alcanzó los embroques. Urdiales mantuvo la disposición, enseñó al toro y agotó unas posibilidades que prácticamente no existían. Dejó una estocada desprendida y algo delantera y terminó con un certero descabello. Silencio.
El toro de Carmen Lorenzo que hizo sexto salió con mejor fondo y El Mene volvió a estar a la altura del momento. Lo recibió con dos faroles, remató el saludo con una buena media y una larga y después lo colocó en suerte por chicuelinas al paso rematadas con un farol. Brindó al doctor Carlos Val-Carreres y comenzó la faena con enorme naturalidad y torería.
Sobre la mano derecha dejó una primera serie de mucha suavidad, con pulso, despacio y llevando de verdad unas embestidas que mostraron clase. En uno de los remates llegó la voltereta: el toro le empaló por la taleguilla. El Mene se levantó sin mirarse. Y volvió a la cara con mayor raza si cabe.
Lejos de enfriarse, la faena creció en enteros. También el toro sacó mayor fondo con el paso de las tandas y el aragonés respondió con firmeza, cruzándose al natural, buscando constantemente el pitón contrario y asumiendo el riesgo ante un animal que amenazaba con colarse por dentro. Hubo verdad, hubo colocación y hubo una notable sensación de torero hecho para la exigencia.
El epílogo tuvo intensidad, con un natural de mucha categoría y un remate final que puso en pie a los tendidos. El premio estaba servido. Pero se escapó con los aceros. Pinchó en el primer encuentro, volvió a pinchar, dejó después un pinchazo hondo y terminó marrando también con el descabello. Silencio en el resultado, aunque la plaza había visto bastante más de lo que decía el marcador.
El Pilar afronta ahora su último capítulo con la corrida de rejones de este domingo, si el temporal lo permite. Asoma la incertidumbre con una Misericordia sin cubierta, pendiente de la meteorología ante la incapacidad de la Diputación de Zaragoza para resolver uno de los eternos problemas del coso.



