




Se bajaba el telón de una Feria del Pilar que, más que reconstruir, ha servido para apuntalar. Zaragoza termina 2026 con apenas cinco corridas de toros, una novillada y un festejo de rejones, después de meses de recursos, trámites y vaivenes que han terminado por desdibujar aquel pulso de final de temporada que durante tantos años tuvo La Misericordia. Al menos hubo toros. Que, visto lo visto durante buena parte del año, tampoco era poco. Pero esa no puede ser la medida de una plaza como Zaragoza.
La corrida de rejones que tradicionalmente ha servido para cerrar el ciclo pilarista tampoco alcanzó esta vez el lleno habitual. Hubo una entrada cercana, sí, pero faltó ese abarrote que durante años convirtió este festejo en una de las citas más seguras del abono. Tampoco ayudó un domingo de lluvia prácticamente ininterrumpida. Y ahí apareció, otra vez, la eterna cuestión de la cubierta.
Zaragoza fue una de las primeras plazas en presumir de ella y es hoy una de las pocas que puede presumir de haberla perdido. Con el cielo amenazando durante todo el día, no es difícil pensar que más de uno prefiriese evitar el desplazamiento hasta la capital aragonesa ante el riesgo de suspensión. Así están las cosas en el coso de Pignatelli.
En el ruedo, el festejo tuvo ritmo y momentos de interés, especialmente en manos de Diego Ventura y Duarte Fernandes, mientras Rui Fernandes dejó dos actuaciones solventes que volvieron a quedarse sin premio por culpa del acero.
El primero salió con brío y persiguió con alegría la grupa de Rui Fernandes desde los primeros compases. El portugués dejó dos rejones de castigo y comenzó después una labor muy templada, aprovechando la movilidad del toro para llevar siempre la embestida cosida al hilo de la grupa. Toreó a dos pistas, clavó con mérito batiendo al pitón contrario y construyó una actuación limpia y medida. El rejón de muerte, trasero, impidió que la labor encontrase recompensa. Ovación.
El segundo tuvo uno de los mejores ritmos de la corrida y Diego Ventura supo aprovecharlo desde el inicio. Tras pararlo con Trianero y dejar dos rejones de castigo, la faena tomó otra dimensión con Oro Negro. Ventura puso la plaza boca abajo llevando al toro a milímetros de la grupa en un vibrante toreo a dos pistas, con un temple extraordinario y haciendo que fuese el propio caballo quien acabara toreando la embestida.
Con Quitasueños cambió el planteamiento y acortó las distancias ante un toro que comenzaba a medir más. Allí llegó el riesgo, clavando al quiebro prácticamente en la cara y manteniendo siempre la intensidad. Dos rosas y dos banderillas cortas al violín pusieron el epílogo a una actuación que apuntaba a premio mayor. Lo redujo el rejón de muerte. Ventura necesitó hasta tres entradas para terminar con el toro y el balance quedó finalmente en una oreja.
Duarte Fernandes se fue hasta la puerta de chiqueros para recibir al tercero. El toro tuvo buen ritmo de salida y permitió al portugués colocar dos rejones de castigo antes de ir construyendo una actuación que creció conforme se acortaron las distancias. Los mejores momentos llegaron con Potosí.
Duarte apostó decididamente por los terrenos del toro, clavó en la misma cara y permaneció después varios instantes muy cerca, haciendo piruetas en la cara del toro y llevándolo toreado a dos pistas. Hubo pureza, exposición y riesgo en una labor de mucha entrega. Con Ojovivo colocó las cortas y cerró una actuación que había llegado con fuerza a los tendidos. El acero volvió a restar limpieza al desenlace, aunque el balance terminó siendo de oreja.
Más reservón resultó el cuarto, segundo del lote de Rui Fernandes. Lo paró con Ritz y fue dándole forma a la faena poco a poco, especialmente cuando apareció Quito. Con él dejó dos buenas banderillas y apostó por la cercanía, dejándose llegar mucho al toro hasta la grupa y aguantando unas arrancadas que obligaban a entrar cada vez más en sus terrenos.
Con Iceberg dejó las cortas y culminó con un meritorio par a dos manos. Otra vez, el rejón de muerte se cruzó en el resultado: pinchazo primero y rejón bajo después. Ovación para Rui Fernandes.
Hasta los 659 kilos se fue el quinto, segundo del lote de Diego Ventura. El sevillano lo paró con Oro Negro y colocó dos rejones de castigo antes de sacar a Quirico, con quien llegó uno de los momentos de mayor mérito de la tarde. Ventura se dejó llegar muchísimo al toro, firmó una gran monta y clavó arriba dos banderillas de notable exposición.
El animal, algo crudo hasta entonces, comenzó a apretar con más violencia a caballo y caballero y ensució por momentos una faena en la que Ventura tuvo que tirar de recursos. Con Lío y Bronce buscó registros diferentes, destacando una banderilla ejecutada sin cabezada.
Después, con Fouto, dejó tres rosas ante un toro que había reducido mucho sus prestaciones y estaba ya prácticamente parado. La suerte suprema volvió a complicarlo todo. Ventura pinchó dos veces y tuvo que meterse de verdad en los terrenos del toro, llegarle muchísimo y acortar al máximo para conseguir finalmente enterrar el rejón.
La tarde se cerró con Duarte Fernandes y un sexto ante el que volvió a mostrar disposición. Dejó dos rejones de castigo y, con H-Quiebro, apostó por las distancias largas, dando terreno al toro para provocar las arrancadas y buscar después la reunión.
Sin embargo, lo mejor llegó con Ojovivo, caballo con el que elevó el tono de su actuación y dejó los pasajes de mayor intensidad. El rejón de muerte hizo guardia y emborronó el final, pero la faena había llegado a los tendidos y la petición terminó encontrando respuesta en el palco. Oreja para Duarte Fernandes en el último toro de la Feria del Pilar.
Y ahí terminó Zaragoza y la temporada taurina 2026. Una temporada reducida a la mínima expresión y una feria que ha servido, sobre todo, para poder decir que La Misericordia volvió a abrir sus puertas. No es poca cosa después de todo lo sucedido, pero tampoco puede convertirse en el listón de exigencia para el futuro. Queda por delante un invierno que promete movimiento. Y queda, sobre todo, mucho trabajo. Trabajo para recuperar festejos, para devolver continuidad al calendario, para arreglar de una vez la cubierta y para sacar a una plaza histórica del ostracismo en el que se ha ido instalando durante los últimos años.


