Pitos
Dos orejas
Silencio
Emilio de Justo terminó imponiendo su nombre en una tarde que tardó demasiado en romper. Su triunfo llegó frente al quinto, un toro burraco de Victoriano del Río que tuvo buena condición y al que el extremeño fue haciendo cada vez más.
Desde el inicio, De Justo entendió que la faena debía construirse desde el pulso y la suavidad. Fue metiendo al toro en la muleta, alargando sus viajes y dando profundidad a una embestida que respondió mejor cuanto más templado fue el trato. El núcleo de la obra apareció al natural, con muletazos de mano baja, trazo curvo y mucha expresión.
La faena fue creciendo al mismo tiempo que lo hacía el toro. Con la plaza ya entregada, De Justo todavía se guardó un último golpe de efecto sobre la diestra, toreando sin espada y enganchando al animal con los vuelos para llevarlo muy largo. La petición fue unánime y el palco concedió dos orejas.
Ya había dejado una actuación de interés frente al segundo. El toro tuvo más movilidad y permitió que De Justo se luciera de salida a la verónica y después en un galleo por chicuelinas. Con la muleta, el extremeño tuvo que imponerse a un animal que fue perdiendo fondo. Sobre la derecha dejó dos series de notable ligazón y profundidad, mientras que al natural el toro terminó rajándose. Una estocada de más de media al primer intento cerró la labor. Ovación.
Roca Rey volvió a poner la intensidad en una tarde que no siempre la tuvo. El tercero titular fue devuelto por falta de fuerzas y el sobrero, más basto de hechuras, ofreció movilidad pero salió muy suelto. El peruano encendió pronto los tendidos con un inicio por estatuarios y pases cambiados por la espalda.
A partir de ahí, fue ordenando la embestida sobre la mano derecha y sometiéndola por abajo al natural. Cuando el toro terminó rajándose, Roca Rey llevó la faena a los terrenos de cercanías y cerró entre los pitones, elevando la sensación de riesgo. Mató al segundo intento y recibió una ovación tras petición.
El sexto fue noble, pero careció de raza y transmisión. Roca Rey lo fue midiendo antes de ir apretando progresivamente las distancias. Cuando el animal terminó parándose, el peruano puso toda la emoción que faltaba desde la exposición, con los pitones rozando la taleguilla y un arrimón que levantó La Malagueta. Una media estocada le privó del trofeo. Silencio.
Alejandro Talavante cargó con el lote más deslucido. El primero fue un toro serio pero sin raza, agarrado al piso y sin continuidad. El extremeño trató de encontrar algún muletazo de buen trazo en los terrenos de tablas, pero terminó abreviando ante la falta de respuesta. Acertó con la espada al tercer intento. Silencio.
El cuarto tampoco cambió el signo de su tarde. Manso, rajado y sin entrega, apenas permitió que Talavante pudiera justificarse. El extremeño intentó abrirle los caminos por la derecha, pero pronto comprobó que no había materia. Optó por abreviar y fue despedido con pitos.
Corrida de Victoriano del Río bien presentada en líneas generales, pero desigual de comportamiento y con falta de raza en su conjunto; el quinto fue el toro de mayor calidad y posibilidades.




