Hace más o menos 15 años desde que el Ministerio del Interior le pasó al de Cultura la patata caliente de los toros, que en esa época abrasaba. Decisión celebrada de manera casi unánime. Sin embargo, tres lustros después, en según qué plazas, véase Las Ventas, el requisito único y fundamental para acceder al palco presidencial, la máxima autoridad de un festejo, con permiso del toro, es ser un funcionario de alto rango de Interior. Y visto lo visto, cuanta menos cultura, más papeletas para subir a sacar pañuelitos. Hay honrosas excepciones, pero la norma general es la del desconocimiento. Los he llamado alguna vez mamporreros del sistema. Es lo que hacen cuando esconden el pañuelo verde para mayor gloria del empresario de turno y sacan el blanco sin atender a más razones que el populismo barato. Si triunfa el torero triunfamos todos. Es el eslogan de la tecnocracia que ha invadido la industria.

Ya saben que para consolidar una suerte de monopolio hace falta una regulación favorable, muchas veces conchabada. Podría ser el reglamento, pero se trata más bien de la interpretación de dicho reglamento, casi siempre a favor del empresario y no del aficionado. A favor del que gana y en contra del que gasta. Por descontado, la misión del empresario es ganar dinero porque esto es un negocio. Y en ese sentido, chapó. Han conseguido revitalizar el mundillo y volver a situarlo en el mapa del ocio. Para que salga el tercer toro de Fuente Ymbro del otro día tiene que salir también el primero. Y para que el aficionado esté en las plazas y no se extinga por defunción hace falta que llegue el público. El trabajo hay que hacerlo en el espectro más joven, fácilmente manipulable y con cerebros que son esponjas. El llamado sistema le ha metido a la afición un gol por la escuadra a la hora de arrimar al joven a su sardina. En Madrid hay iniciativas muy loables como la Asociación Chenel y Oro y la gente de la Asociación El Toro, que están entendiendo muy bien cómo atraer al público joven por la vía del conocimiento y sin descartar para nada la vía ociosa del espectáculo.

Y digo que es al joven al que hay que aleccionar porque al que ya dejó atrás la pubertad es difícil convencerlo de que una corrida de toros es algo más que una oportunidad de evadirse de su realidad, a menudo frustrante, y de intentar copular. Los que más la lían en Las Ventas no son los chavales jóvenes, no nos engañemos. Son esos rafamoras de 30-40 años, con toda la puestada, que tienen claro que el día que van a la plaza no hay nada más importante que su triste felicidad. Bien de vivaspaña, gafas acharoladas y prendas de talla prenatal. Los sufrimos cada día en cualquier tendido. Emergen de la nada, reses aprobadas en La Tienta. Si tienes mala suerte, te los encuentras entrando a tu sitio. Los podrás reconocer por un ritmo exaltado, frenético. Suelen llevar tobillos rasurados al descubierto. El puro para ellos es como las palomitas en el cine. No ha salido la alguacililla y ya está en la chusta. Cuando arranca la música se giran hacia ella y suelen contonearse. Se les derrama parte del cubata y el de al lado ya sabe que le van a dar la tarde. No se te ocurra pedirle silencio o respeto porque, a menudo, son gente maleducada y violenta. Para combatir su sed de gloria y triunfo debería estar el palco presidencial. Este tipo de público pide orejas a la mínima y, dado que está en la cima de la pirámide trófica taurina, pone siempre al presidente en un compromiso. ¿Hay que dar la primera oreja si hay mayoría de pañuelos? En Casas de Benítez, sí. En Madrid, jamás. Y puede decir misa un reglamento que va en contra del arte.

El reglamento hay que interpretarlo. De la misma manera que se puede conceder una oreja sin ningún problema cuando la petición parte de una minoría de aficionados que valoran una gran estocada, antaño merecedoras de premio. ¿Acaso no la merecía Urdiales? El presidente ha de velar por el prestigio y no dejarse llevar por las emociones. Su trabajo no es gestionar las segundas sino perpetuar el primero. Se les llena la boca de integridad cuando descabalgan multitud de corridas de toros en base a la opinión de unos veterinarios que del toro solo saben el IBAN del pagador. Casi siempre mal encarados y con la actitud propia de un fiscal en juicio sumarísimo. Cuando la plaza estalla en alegría desmedida, se suman a la fiesta a pecho descubierto en lugar de pedir que bajen el volumen, que están molestando al rigor.

No obstante, son también algunos aficionados los que abusan a veces del reglamentismo. Por ejemplo, con el asunto de las banderillas. Qué demonios importará si tiene en el lomo cuatro palos, dos o diecisiete. Si los banderilleros pasan en falso por un peligro manifiesto, ya sea por el comportamiento del toro o por el mal estado del ruedo, ¿qué sentido tiene jugar a las matemáticas porque al animal solo le cuelgan tres palitos y no cuatro? Otra cosa es el esperpento de Colombo, claro, que dejó cero unidades de banderillas. Podemos decir algo similar con la raya de picar. Si se le ocurre pisarla al picador, muchos estallan. La raya es un invento humano y en nada afecta al normal desarrollo de la lidia. A más de un picador lo manda el palco a sancionar, casi siempre por delito flagrante de negligencia profesional, casi lindando con el maltrato animal. También podrían hacerlo con esos peones y esos mulilleros que clavan a los pencos como si el tercero de turno fuera un piquete informativo. Si no da oreja no pasa.

Y así con multitud de cuestiones que forman parte de un festejo y que se han ido subvirtiendo con el tiempo, siempre o casi siempre por culpa de unos palcos que solo tienen pistola. Alguno estaría bien dando la salida en la carrera de 100 metros lisos, pero en los toros son un obstáculo más. El requisito principal y último ha de ser la designación de aficionados de reconocido prestigio como parte de la autoridad. Existen grandes funcionarios de Policía y excelentes comisarios que son aficionados y que dan lustre al palco. Hemos visto ejemplos en Valencia este año como la presidenta Bojó. En Madrid está el señor Sanjuán. Pero convendría que estén en el palco por su conocimiento y no por su pistola. De lo contrario, el tiro acabará saliendo por la culata.