La verdad necesita espacio. En todos los campos, empezando por el mediático. Frente al CSI de los taurinos, la libertad. El espacio. El que necesitan también los toros para que haya eso: verdad. Espacio, que no distancia. Darle sitio al toro. Y hacerlo, igualmente, desde todos los campos. Le tiene que dar sitio el torero cuando lo cita. El banderillero, de poder a poder. El picador, aunque ese solo lo hace en San Agustín del Guadalix. Y los taurinos, ese popurrí de profesionales y empresarios, también deberían darle sitio. Su sitio. Eso sí, perdamos toda esperanza.

Venimos de rematar Sevilla y de coronar la quinta feria del aficionado, la que organiza el Club Taurino 3 Puyazos. El orden de los verbos aquí sí alteraría el producto. En la feria de abril, si quieren, se ha coronado el populismo y la jauría ebria que ha colonizado este espectáculo, pero lo fundamental ha brillado, como siempre, por su ausencia. Morante aparte, vale. Le pedía dinero a mi padre hace 20 años para perseguir a Morante por España. Sé perfectamente lo que es ser morantista. Lo de ahora es más bien ser un devoto, un hooligan o un populista que un partidario del torero. Considero que le podrían haber abierto sin orejas la Puerta del Príncipe, pero detesto esa claque tan forzada e ignorante que justifica todo en base a emociones envidiosas. Esa legión de yonquis de los momentos históricos y de palmeros con pluma.

Lo peor de todo es que son ellos, el milagroso títere de los jóvenes, con los taurinos en despachos y redacciones manejando los hilos, los que vienen a llamar populistas a aquellos que disfrutamos con un tercio de varas y con una faena de cero muletazos. Resulta enternecedor ver a empresarios -de estos que tienen ganaderías, un almacén lleno de toreros a los que visten de cinturón de explosivos y oro y varias plazas para que vayan de Erasmus los matadores de su colega de SL- llevarse las manos a la cabeza porque cada vez haya más gente que se acerca a conocer o que se queda para siempre en 3 Puyazos.

Lo verdaderamente milagroso es que todavía consigan engañar a tantísimos benditos que pagan abonos y entradas carísimas para ver el mismo espanto de cada día, en la misma plaza y con los mismos semovientes. Te los llevas después a San Agustín del Guadalix y les explota el cerebro. Algo así como cuando te diste cuenta de que Baltasar era tu viejo y que Melchor y Gaspar delegaban en tu madre las competencias navideñas. Reconozco que fui el primero que vi altísimas dosis de populismo en la gente de 3 Puyazos. Y no diré que me alegré, porque mentiría, pero sí intuí cierta lógica en el porrazo que se pegaron el primer año, con la plaza vacía y el Batán reabierto; con un calor insoportable y unos torazos comiéndose a los caballos. Nunca es tarde para abandonar la estupidez: del taurineo también se sale.

La feria de 3 Puyazos es la que más ilusión me genera del calendario porque es la única en la que siento algo diferente. Las ganaderías más o menos las conocemos. Los toreros nos los sabemos de memoria. La experiencia de San Agustín no es tanto lo que se ve como lo que se percibe. Es una cuestión filosófica. Una vuelta al pasado. Quien guarda recuerdos se vuelve poderoso. Y la feria de 3 Puyazos no es más que un recuerdo. Hay quien lo quiere disfrazar de una rebelión contra el orden, pero no lo comparto. Son los okupas del gran palacio que abandonó la tauromaquia: la suerte de varas y la integridad. El culto al toro y el desprecio al taurino chupacirios.

No vamos a su feria en busca de orejas, grandes faenas o momentos históricos. Buscamos simplemente un toro que salga como la vaca lo trajo a la dehesa y que haga aquello por lo que se convirtió en un animal mitológico. Pelear primero contra el hombre a caballo y después buscarlo cara a cara, a pie, en el ruedo. El oro y el toro, con todas las letras. Y eso, por desgracia, solo lo vemos un fin de semana al año. Alberto Palacios y todos los socios del Club Taurino 3 Puyazos son nuestro rey Baltasar. No es populismo, es torismo. Y cada vez somos más.